Lunes 29 de mayo de 2017,
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11 de septiembre

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Aquél
día, primero de los 17 años que duró la dictadura militar en Chile, no
sólo caía muerto en combate un hombre de la estatura moral y política
de Salvador Allende.

Opinión


“A Salvador Allende,
que por otros medios trata de obtener lo mismo”.
Ernesto ‘Che’ Guevara.

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Salvador Allende

Podríamos
decir sin temor a equivocarnos que el neoliberalismo, justificacion y
práctica de la fase más salvaje y criminal del ya de por sí criminal y
salvaje capitalismo, no encuentra mejor efeméride para expresarse como
sistema-mundo que condena a la humanidad toda a repetirse una y otra
vez en un mañana sin futuro que el doble 11 de septiembre que nos
regalaran los calendarios de arriba en 1973 y 2001.

La mayoría
de los medios propagandísticos que se autonombran de comunicación, en
especial los electrónicos, dedicarán muchas horas y bytes
del espectro electromagnético que tienen en concesión para “recordar”
sólo la segunda de aquestas fechas: la del trágico ataque por parte, se
dice sin haberlo comprobado a cabalidad, de la organización talibán Al Qaeda contra las llamadas Torres Gemelas que alojaban la sede mundial del World Trade Center, en Nueva York.

El 11 de septiembre de 1973, Estados Unidos, paladín principal
de las dudosas bondades del neoliberalismo, puso fin a la ‘vía chilena
para el socialismo’
La democracia económica estuvo acompañada de la
democracia política y social abriéndose la puerta para que amplios
sectores populares ejercieran plenamente libertades y derechos
Pero
no es del tan manoseado y al mismo tiempo nada claro 11S, caballito de
batalla de los sectores más retrógrados de la derecha estadounidense
para seguir en el Poder, de lo que deseamos hablar; sino del otro 11 de
septiembre, aquél en que las Fuerzas Armadas chilenas, al mando de los
comandantes en jefe del Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada y el
general director de Carabineros, los felones Augusto Pinochet, Gustavo
Leigh, José Toribio y César Mendoza, atacaron el Palacio de La Moneda.

Aquél
día, primero de los 17 años que duró la dictadura militar en Chile, no
sólo caía muerto en combate un hombre de la estatura moral y política
de Salvador Allende; también se cancelaba la construcción de un
gobierno popular, promotor y defensor de derechos colectivos, custodio
de libertades sociales y garantías individuales, partidario de la no
intervención, respetuoso de la soberanía y la autodeterminación de los
pueblos y garante de un Estado de Derecho con la justicia, la libertad
y la democracia verdaderas como premisas. Aquél día se daba, pues, por
inaugurado el neoliberalismo.

Allende, siempre bajo el mandato
de su pueblo, había impulsado una reforma estructural a una ordenación
legal cuyos postulados -para decirlo con sus palabras- reflejaban un
régimen social opresor: “Nuestra normativa jurídica -decía-, las
técnicas ordenadoras de la relaciones sociales entre chilenos,
responden hoy a las exigencias del sistema capitalista […] Nuestro
sistema legal debe ser modificado […] Del realismo del Congreso
depende, en gran medida, que a la legalidad capitalista suceda la
legalidad socialista conforme a las transformaciones socioeconómicas
que estamos implantando, sin que una fractura violenta de la
juridicidad abra las puertas a arbitrariedades y excesos que,
responsablemente, queremos evitar”.

Fue con ésa nueva relación
jurídica que el pueblo chileno y su mandatario, el compañero Allende,
entendió que “una estructura económica caracterizada por la propiedad
privada de los medios de producción fundamentales, concentrados en un
grupo reducido de empresas en manos extranjeras y de un número ínfimo
de capitalistas nacionales, es la negación misma de la democracia”.
Así, el cobre, el hierro, el acero, el salitre, el yodo, la banca y
empresas industriales, distribuidoras y de servicios fueron
nacionalizadas.

La democracia económica estuvo acompañada de la
democracia política y social abriéndose la puerta para que amplios
sectores populares ejercieran plenamente libertades y derechos
políticos, colectivos, religiosos, de expresión, de asociación, que
tuvieron, entre otras características, la participación abierta de las
mujeres.

Se trabajó intensamente para garantizar el acceso
universal a la salud y la educación y se modificaron leyes de previsión
o seguridad social; se emprendió una reforma agraria que lesionó al
latifundio mediante la creación de Consejos Campesinos, Centros de
Reforma Agraria y Centros de Producción operados por los propios
trabajadores del campo; se promulgó una ley indígena que en lo
fundamental emanó de los propios pueblos indios; se articuló a las y
los trabajadores de la ciudad en una Central Única y se les sumó al
gobierno, y se impulsó “la voluntad rebelde, pero constructiva -como
dijera de nuevo Allende-, de los jóvenes de mi patria”, para comprender
que “revolución” no es una palabra, que el socialismo no se impone por
decreto porque es un proceso social en desarrollo (permanente, nos
diría Celia Hart recordando al viejo Lev) y para emprender su doble misión histórica: “actuar y prepararse para actuar”.

Sin
embargo, el 11 de septiembre de 1973, Estados Unidos, paladín principal
de las dudosas bondades del neoliberalismo, puso fin a la “vía chilena
para el socialismo” y dejó dicho que no permitiría el andar de quienes
habitamos en su “patio trasero” otras rutas que no fuera la de seguir
siendo colonias suyas. Falta lo que nuestros pueblos todavía tengan que
decir al respecto; falta, como dijera Marcos, lo que falta.

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Fotografía

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Sobre el autor

Egresado del Centro Universitario de Teatro de la U.N.A.M. con estudios superiores en Actuación y diplomado por el Centro Morelense de las Artes en promoción y gestión cultural. Incursioné en las artes escénicas en agosto de 1990. A partir de 1993 alterné mi quehacer teatral con la promoción cultural y la docencia. Paralelamente, también desde 1993, he colaborado para diversos medios de comunicación impresos y electrónicos, y he trabajado con instituciones de defensa y promoción de derechos humanos de segunda generación.

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