Sábado 03 de diciembre de 2016,
Bottup.com

2 de octubre no sé… ¿qué?

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A cuatro décadas de impunidad en México

No es lo que pasó, pasó,
o lo que pasó, pasa hoy.
No es dizque de donde vengo,
ni quesque pa’ donde voy.
Soy un sesentayochero,
Sesentayochero soy.


Desde el reproductor, la voz de Lalo “El Guajolote”
se escapa por entre las rendijas de las pequeñas bocinas que custodian
la pantalla del ordenador; no lo hace sola, la acompaña una su
carnalita que suele habitar la garganta de Enrique Ballesté, aquél que escribiera que “eso de jugar a la vida, es algo que a veces duele”.

¡Qué viva el culto a la pesadilla y la vocación de
fracaso! No vaya a ser que (…) recordemos que hace 40 años en este país asomó la
posibilidad de construir un mundo nuevo y mejor
Mejor el llanto, las veladoras en las plazas, los poemas lúgubres y el performance
sanguinolento; que la alegría, la fiesta y la reflexión de lo que se
hizo bien entonces para repetir la experiencia

Con
las manos encima del teclado y la mirada sobre el monitor, leo y releo
la que hubiera sido la última entrega del artículo que había escrito
sobre el noveno aniversario de La Jornada Morelos, ahora que la autocensura ocupa en casa un lugar privilegiado junto a la intimidación y el asesinato de periodistas en manos del narcotráfico; la cancelación de propaganda gubernamental para golpear la economía de algún medio incómodo; el cierre de ediciones radiofónicas o, de plano, el despido de sus conductoras
cuando la dignidad anida en su palabra, y el secuestro con patente de
corso expedida por una Corte, que dice ser Suprema y dice ser de
Justicia, de periodistas honestas.

No tiene sentido ocupar un espacio, privilegiado sin duda, para quejarme por enésima vez
de algún formador o formadora que cambia impunemente los títulos de mis
artículos, los pasa por la guillotina de su ignorancia o prefiere
guardarlos en el cajón de su ineptitud y falta de oficio periodístico,
que publicarlo; sólo porque mi pluma señala la mentira, la hipocresía y
la contradicción sistemática de un movimiento y un su líder que se
dicen de izquierdas mientras callan ante la militarización, el despojo,
la calumnia, la represión, el hostigamiento, las sentencias a cadena
perpetua y el asesinato de hombres y mujeres cercanos a los pueblos
indígenas zapatistas; no tiene sentido.

Mejor aprovecho que el
patetismo y esa pulsión de muerte que se destila hasta en nuestras
canciones rancheras ha hecho del 2 de octubre el día nacional del
derrotismo nuestro.

¡Qué viva el culto a la pesadilla y la vocación de
fracaso! No vaya a ser que la memoria se sacuda el melodrama con que Televisa y TV Azteca
nos estupidizan y recordemos que hace 40 años en este país asomó la
posibilidad de construir un mundo nuevo y mejor en asambleas
multitudinarias de estudiantes, maestros, padres de familia y
trabajadores; en brigadas de información que hacían del volanteo, la
canción y el teatro armas más peligrosas que las bazucas y las
bayonetas, porque sembraban conciencia; en manifestaciones que
protagonizaban lo mismo mujeres gigantas con niños a cuestas que
burócratas insumisos.

Mejor el llanto, las veladoras en las plazas, los poemas lúgubres y el performance
sanguinolento; que la alegría, la fiesta y la reflexión de lo que se
hizo bien entonces para repetir la experiencia. Mejor el terror, el
miedo soplando en la nuca diciendo: “no hables, no cantes, no bailes,
no escribas, no te quejes, no protestes, no te organices, no salgas a
la calle, no tomes la plaza”; que descubrir que el preso político de
hace cuatro décadas se convirtió en funcionario de gobiernos priístas
(es decir, criminales), asesor de administraciones panistas (léase,
fascistas) o legislador perredista que cuando no comete “errores
tácticos” vota por leyes que ni siquiera ha leído.

¿Y si mejor no? ¿Qué si opto por pensar en “El Sebas” llegando la tarde del 27 de agosto de 1968
al zócalo capitalino con el corazón latiéndole tan fuerte que pareciera
que no le cupiera en el pecho, y no en las tanquetas que unas horas más
tarde saldrían de Palacio Nacional para arrasar con él y todos sus
compañeros? ¿Qué si decido recordar a Alfonso gritando al día
siguiente: “no vamos, nos llevan”,
cuando el DDF lo obligó a dizque desagraviar una bandera que se atoró
en el asta poniéndose de luto, y no a los trabajadores de limpia
intentando lavar la sangre que el 3 de octubre servía de alfombra en la
Plaza de las Tres Culturas?

Prefiero, mil veces, imaginar a Lucía, hermana de lucha de Olivia “La Güera” Ledesma, marchando en silencio
la tarde del 13 de septiembre asida a su inseparable bastón; que a los
curas que cerraron a piedra y lodo la iglesia de Santiago Tlatelolco
para que no entraran quienes buscaban guarecerse de las balas el 2 de
octubre; traer a la memoria a Nicolás gritando ¡Viva México!  en Ciudad Universitaria junto con Heberto Castillo, que mirarlo de nuevo secuestrado en Lecumberri como veo ahora a Nacho del Valle en el penal del Altiplano, o escuchar al Edupoz
y al Topo guitarra en ristre y canto en astillero, que verlos
perseguidos por los soldados de un ejército que se dice mexicano a tan
sólo diez días de que comenzaran las Olimpiadas.

Eso prefiero…


Cada vez menos pequeños,
cada quien su cada cual;
de utopías y de sueños
vamos cargando un morral:
somos tzotiles-defeños
en Tlatelolco y Acteal.

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Sobre el autor

Egresado del Centro Universitario de Teatro de la U.N.A.M. con estudios superiores en Actuación y diplomado por el Centro Morelense de las Artes en promoción y gestión cultural. Incursioné en las artes escénicas en agosto de 1990. A partir de 1993 alterné mi quehacer teatral con la promoción cultural y la docencia. Paralelamente, también desde 1993, he colaborado para diversos medios de comunicación impresos y electrónicos, y he trabajado con instituciones de defensa y promoción de derechos humanos de segunda generación.

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