Crónicas de un viaje a Bolivia. Calama: un comienzo de película

( 15 Valoraciones ) Diego Vargas Gaete

El paisaje del trayecto me recuerda al inicio del 'Planeta de los simios' e imagino a Charlton Heston hudiendo sus pisadas en la arena

Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores

Corro la cortina, descubro el desierto chileno y lo primero que se viene a mi cabeza es el inicio del 'Planeta de los Simios'. Me imagino a Charlton Heston hundiendo sus pisadas en la arena mientras el sol le achicharra la nuca y su trajecito de viajero espacial lo hace sudar como pollo a las brasas.

A bordo del microbús todos duermen. Yo hace rato no concilio el sueño. Prefiero mirar el borde del camino: kilómetros de arena y un magnífico celeste acechando en el cielo. Así hasta que un cartelito verde, en Antofagasta, me indica que Calama se acerca.

En poco tiempo más sabré que, tal como ocurría en Poltergeist, Calama está construída sobre un montón de cadáveres

A propósito, en poco tiempo más sabré que, tal como ocurría en 'Poltergeist', Calama está construida sobre un montón de cadáveres. Nadie lo dice a viva voz, pero ésa sería la explicación de por qué a pesar de sus casi 140.000 habitantes y los millones de dólares que llegan a revolotear desde la cercana mina de cobre de Chuquicamata, Calama sigue opaca como si aún fuera un pueblo trágico perdido en medio del desierto.

Sin embargo, para no adelantarme a los hechos, debo indicar que Marina se despierta y durante un par de segundos es 'Nova', la chica muda y de pelo revuelto que acompañaba a Heston en sus aventuras. Pero Marina habla. Y no poco.

- Cuando lleguemos a Calama nos vamos donde Ange y Claudio.- me dice al abrir del todo sus ojos.

- No les avisamos.

- Tú no les avisaste. Ellos nos esperan.

Discusión cerrada. Nokaut a lo Balboa.

Claudio y Ange viven en Calama y acaban de ser padres. Por eso, apenas llegamos a su casa y Marina conoce a la pequeña Sofía, no deja de tomarla en brazos y de preguntarme por el nombre que le pondríamos a un retoño imaginario. Quiero decirle Pancracio o Dorotila, pero no conozco a toda su parentela. Entonces, para no herir susceptibilidades, me hago el desentendido y tras cenar permanezco en la mesa junto al padre de Ange: don Manuel Cortéz. Él es un periodista radicado hace décadas en Calama, y al saber de nuestro viaje me permite atisbar algunos de los secretos de la ciudad.

Habla pausado el señor Cortéz cuando me explica que en Calama, por extraño que parezca, hay una calle cuyo nombre recuerda a un héroe de guerra boliviano que disparó sin tregua a soldados chilenos. Para entender esto se debe recordar que la ciudad, antes de la llamada guerra del Pacífico (que en realidad no tiene nada de pacífica y va desde 1879 hasta 1883), fue tierra de Bolivia y el solitario francotirador se llamó Eduardo Abaroa. Se supone que la sangre escapaba a borbotones de su garganta cuando el contingente chileno le pidió la rendición. Su respuesta fue un célebre: !Qué se rinda su abuela, carajo ! Abaroa, por cierto, cayó muerto en el acto.

En Calama, por extraño que parezca, hay una calle cuyo nombre recuerda a un héroe de guerra boliviano que disparó sin tregua a soldados chilenos

Don Manuel, como si rindiera honores al caído, se queda en silencio un instante. Luego retrocede a un pasado más remoto y me indica que Calama nació como un tambo donde descansaban los viajeros encargados de transportar metales preciosos en una época sin fronteras. Muchos de estos aventureros fueron asaltados y asesinados cuando dormían. A lo largo de los siglos sus huesos se acumularon y a veces hoy afloran en los patios y jardines de la ciudad. Esa energía, según el decir popular, sería la causante del fenómeno 'Poltergeist' mencionado hace unas líneas.

Las horas pasan y al escuchar la voz de Don Manuel recuerdo la película el 'Gran Pez' y me doy cuenta de que el desierto -ese anillo de arena que estrangula y alimenta a la ciudad- invita al calameño a crear y explicar lo invisible. La materia prima es infinita: salitreras cuyas puertas susurran los pasos de quienes ya se marcharon; choclos calameños que según la tradición anclan por siempre a la ciudad al que los prueba; carretas cargadas con plata que se enterraron hace siglos y todavía son buscadas por un par de soñadores.

Relatos que vale la pena escuchar mientras la noche se apodera de Calama y la preciosa Sofía duerme como si el mundo entero guardara silencio. No tan lejos Marina, me observa y luego le pregunta a Ange qué se siente al tener un hijo. Mañana partiremos a Uyuni, Bolivia. El viaje recién comienza.

Por Diego Vargas Gaete.

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