Escrito por Diego Vargas Gaete Jueves, 18 de Febrero de 2010 18:47

Junto a un grupo de turistas recorren el salar de Uyuni, mientras comienza la búsqueda de la esencia del viajero
Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores
Si el salar de Uyuni es un mar de sal, los barcos serían las Toyotas Land Cruiser que avanzan de un lado a otro repletas de turistas.
El capitán de nuestro barco/camioneta se llama Manuel y su cargamento es un par de norteamericanos, dos francesas, un argentino y la parejita de chilenos que vamos en la última corrida de asientos.
Nos dirigimos hacia la 'Isla del pescado'. Los norteamericanos hablan de San Pedro de Atacama, su próximo destino. Conocen al dedillo precios, días de permanencia, distancias y sitios de interés. Marina los escucha y me recuerda que nuestra siguiente parada será en Potosí, la ciudad construida a mayor altura en el mundo.
El más sociable del grupo es Matías, el argentino. Viaja solo. Por eso, a toda costa, ha intentado acercarse a las francesas. Ya paramos al comienzo del salar y allí todos quisieron fotografiarse dando saltos. El causante de tal fenómeno debió ser el paisaje de fondo: un interminable suelo blanco que casi chocaba con las nubes. El asunto es que Matías, tumbado en el suelo o de pie, hizo méritos para atrapar los mejores brincos de las francesas. Uno de los norteamericanos, también, comenzó a lanzar patadas y el otro intentó capturarlo en el momento exacto en que el robusto artista marcial golpeaba a un enemigo imaginario.Si el salar de Uyuni es un mar de sal, los barcos serían las Toyotas Land Cruiser que avanzan de un lado a otro repletos de turistas
Llegamos a una formación rocosa acechada por la sal: la 'Isla del pescado'. Allí estacionan todas las camionetas y cientos de turistas prueban el almuerzo de carne, papas y ensaladas incluido en cada tour.
Matías, mientras comemos, nos pregunta si sabemos qué es un viajero. Él trabaja como fotógrafo y en su pasaporte figuran los timbres de Tailandia, Croacia, etc. Ante nuestro silencio el argentino explica: "El viajero huye de la planificación, camina sin prisas ni prejuicios y hace suyo todo lo que observa". Las francesas lo escuchan atentas. A mi no se me ocurre qué decir. Luego, como si fuera una casualidad, Matías les pregunta a las chicas si tienen novio. Una está comprometida. La otra no. Desde ese instante el argentino concentrará sus esfuerzos en la soltera.
Después de comer, pagamos la entrada para recorrer el pequeño circuito de la isla. Subimos por la ruta y alcanzamos una meseta. Se aprecian espigados cactus y al fondo las montañas con las que colinda el salar. Decenas de fotografías se añaden a la memoria de mi cámara.
La camioneta retorna a Uyuni. Otros vehículos pasan en sentido contrario cargados de nuevos turistas.
En el pueblo, los norteamericanos se bajan en la estación de trenes. Nunca supimos sus nombres. Matías invita a las francesas a beber. La soltera acepta, la otra no se decide. Marina y yo nos alejamos por la avenida principal. Turistas por todas partes. De pronto me doy cuenta que soy uno más de ellos.
Marina entra a beber café a un restauran y yo prefiero seguir caminando. No sé hacia dónde voy. Sólo quiero alejarme de las camionetas y de esa torre de Babel que poco a poco se apodera de Uyuni.
Al fondo de la avenida diviso una reja. El silencio flota en todo el cementerio. Alrededor de las tumbas descubro a personas rezando a sus deudos. Soy el único extranjero. Aquí reposan Frígido López, Francisca Luna de Chambi, Constancia Choque y tantos otros cuyas voces susurran que por primera vez me asomo al verdadero Uyuni. Entonces pienso que si quiero ser un viajero debo recolectar los pequeños trazos que vaya conociendo: un puñado de nubes, la risa de la vendedora de papayas o las cruces oxidadas de un antiguo cementerio.
Regreso a buscar a Marina. Su rostro está pálido.
- Todavía no podemos ir a Potosí.- me dice en cuanto me ve.
- ¿Por qué?
- La altura. Me siento mareada, parece que tengo puna.
Cambio de planes. Nos vamos a Oruro.
Artículos anteriores:
Precrónicas de un viaje a Bolivia
Crónicas de un viaje a Bolivia. Calama: un comienzo de película
Crónicas de un viaje a Bolivia. Rumbo a Uyuni
Crónicas de un viaje a Bolivia. Alojados en Uyuni

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