De luces y sombras

Redacción Bottup - Enviada especial

( 5 Valoraciones ) Olga Moya Martorell

 

ENVIADA ESPECIAL

Nos llevaron a una pequeña caseta algo elevada desde la que era muy fácil contemplar alrededor. Se oían tambores acercándose al compás de una multitud pisando fuerte sobre la tierra del camino

Sierra Leona. Me gusta llegar a mis destinos de noche. Así, las sombras me permiten intuir sin conocer y sigo manteniendo mis ganas en vilo hasta la mañana siguiente, hasta que el amanecer me arranca del sueño y me lleva de la mano hasta una nueva realidad.

El chief del pueblo -el poder no político, sino social, el que tiene el verdadero respeto por parte de la comunidad- nos dirigió unas palabras en timini

Mis ganas se mantuvieron intactas mi primera noche en el hospital. Conocimos poco más que el comedor y las habitaciones mientras el resto del recinto restaba en la oscuridad. Dormí. Dormí bien -soñando más de la cuenta, cosa que acostumbra a pasarme cuando estoy de viaje-. Y a la mañana siguiente, la luz y las prisas por lanzarme a África me zarandearon hasta hacerme despertar. Y la vi. Ya no sólo la intuía como lo había hecho la noche anterior. Su silueta se materializaba ante mí. Y era perfecta -dentro de su imperfección-. Me emocioné. El síndrome de Stendhal volvía a jugar conmigo como ya hiciera en Roma o en India al ver cosas que no esperaba ver. Estaba en África. Y las palmeras, los niños jugando a la pelota, los sonidos de cánticos lejanos y los nativos andando de aquí para allá, no daban lugar a confusión. Y la luz -sobre todo la luz-. Esa luz africana que hasta que no te la bebes, no la puedes comprender ni imaginar.

Pero lo mejor todavía estaba por llegar. Tras el desayuno -en el que conocí a algunos hermanos de la Orden así como a diferentes trabajadores del hospital- nos tenían una sorpresa preparada. Antes de llegar a ello, debo aclarar que no he viajado sola hasta aquí. La fortuna quiso que haya coincidido en espacio y tiempo con personalidades muy importantes dentro de la vida de San Juan de Dios en relación a este país. En primer lugar, el hermano Fernando, coordinador del Programa de Hermanamiento con el hospital de Sierra leone que, además, vivió 20 años ejerciendo de médico aquí. También han viajado conmigo Oriol y Rubén -los tuteo porque tras haber compartido desayunos, excursiones y bromas, no creo que les pueda importar-, director de Obra Social y director médico, respectivamente. Y por último Marta, representante del departamento de economía y finanzas; y Montse, co-coordinadora del programa juntamente con Fernando Aguiló. Como veis, estoy muy bien acompañada. Y el recibimiento que estaban a punto de darnos, no era por mí, sino por todos. Y por el hermano Fernando -al que tienen un enorme cariño- en especial.

El síndrome de Stendhal volvía a jugar conmigo como ya hiciera en Roma o en India al ver cosas que no esperaba ver

Nos llevaron a una pequeña caseta algo elevada desde la que era muy fácil contemplar alrededor. Se oían tambores acercándose al compás de una multitud pisando fuerte sobre la tierra del camino. Y de repente, allí estaban. Todos. Médicos y enfermeras. Familiares de pacientes y gente del pueblo. Voluntarios. Limpiadores. Cocineros. Y niños -de nuevo, muchos niños-. Bailaron danzas tradicionales al ritmo de los jambés mientras nosotros mirábamos boquiabiertos. La gente se acercaba a saludarnos, a darnos la mano, a pedirnos fotos. Una mujer repartía una mezcla de cierta planta sagrada con aceite para atraer la buena suerte. Alguien enmascarado y disfrazado -si me preguntarais de qué, yo diría que de tótem- daba vueltas sin parar. El chief del pueblo -el poder no político, sino social, el que tiene el verdadero respeto por parte de la comunidad- nos dirigió unas palabras en timini. Un médico lo tradujo y añadió otras palabras más. Los niños miraban curiosos. Los adultos sonreían. Nosotros no dábamos crédito. Aquello era una verdadera fiesta. Y es que, en realidad, había mucho que celebrar.

Y la noche se hizo día. Y la luz ganó a la oscuridad. Y yo comprendí de golpe dónde me encontraba. En el epicentro de un pueblo que agradece como sabe que alguien se haya preocupado por traer salud y esperanza hasta este rincón olvidado, de un país que no cuenta, en un continente condenado a agonizar.

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