Sábado 10 de diciembre de 2016,
Bottup.com

Palabras, palabras, palabras

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A los trece años si querías
que los mayores te escucharan tenías que recitar de memoria los nombres de los
jugadores del Betis o ser capaz de bromear sobre una mala jugada del equipo
contrario, preferiblemente el Sevilla

Opinión

“Comprendí
que las palabras no eran sólo palabras, que no a todas se las lleva el viento,
porque algunas son sólidas como rocas y otras más rápidas que un huracán, que hablar
no es solo referirse a lo que pasa, es también lo que pasa y lo que hace que
pasen determinadas cosas”

Así eran las cosas en mi soleado barrio
junto al Benito Villamarín. Así eran excepto en mi casa, en la que se hablaba
de política y literatura. Yo tenía un hermano cinco años mayor y un padre que
se pasaba el día leyendo y escribiendo.

 

Las conversaciones literarias
de sobremesa con mi hermano versaban sobre Valle-Inclán, Faulkner o Zola; sobre
el Jarama o el Castillo y las discusiones políticas sobre Azaña, Marx o Bakunin.
En ese ambiente, tan ajeno a las sanas costumbres deportivas de mi barrio,
sabía que de nada me valdrían los conocimientos futbolísticos. Si quería “tocar
bola” tendría que leer.

 

Me leí de un solo trago ‘el
Castillo’ de Kafka. Contra todo pronóstico no se me indigestó. Desde luego no
era un libro de aventuras como los que había leído hasta entonces. Parecía un
acta notarial de las dificultades que se le acumulaban al señor K sin que éste
pudiera hacer nada por evitarlo, lo cual resultaba agobiante.

Nada que ver con
el deslumbramiento que me produjo un año después la selva chilena de Neruda en ‘Confieso que he vivido’. Volviendo al Castillo, sentí una mezcla de admiración
literaria -era extrañamente fácil de leer por lo bien escrito que estaba- y de
pena. No me daba pena el protagonista sino el autor.

 

Desde muy pronto comprendí
que las palabras no eran sólo palabras, que no a todas se las lleva el viento,
porque algunas son sólidas como rocas y otras más rápidas que un huracán, que hablar
no es solo referirse a lo que pasa, es también lo que pasa y lo que hace que
pasen determinadas cosas.

Una sencilla sugerencia de mi hermano o de mi padre, podían
hacerme cambiar de actitud o experimentar nuevos puntos de vista sólo por la
confianza que tenía en sus palabras y en las lecturas que me recomendaban. Mi
padre me prescribió Azorín para corregir mi tendencia barroca a la subordinación
y me habló de Zola cuando vio despuntar en mí el germen de la rebeldía social. Era
difícil acertar con ellos, porque no había una respuesta acertada. Lo que más
valoraban era una opinión propia y una buena defensa,

 

“Para mi madre, en cambio, las palabras tenían un sentido
instrumental. Estaban al servicio del amor y también del humor; si no, no
servían”

Hablo de ellos, de mi
hermano y mi padre, porque pertenecían completamente al dominio de la palabra,
escrita y hablada. Para mi madre, en cambio, las palabras tenían un sentido
instrumental. Estaban al servicio del amor y también del humor; si no, no
servían.

Conocí otros ejemplos de
palabras-acción: las órdenes de mi sargento en la mili que se obedecía sí o sí,
los poemas de amor que inducían a un sutil movimiento de atracción o las
recetas. Una receta médica o de cocina sólo pide que se sigan sus pasos.

Los
textos prescriptivos son así, se acatan o se dejan. Otra cosa son los
resultados: un potaje de garbanzos o el remedio de una otitis. Olvidar las
infinitas cualidades de las palabras conduce a problemas de comunicación entre
los seres humanos. Como psicólogo sé que hay palabras como puños y palabras como
caricias, palabras como navajas y palabras como besos, porque trabajo
diariamente con sus consecuencias.

Pero leer no es exactamente
comunicarse ¿o sí? Leer, como todas las cosas importantes de la vida, encierra
su propia paradoja. Leemos en soledad pero siempre en compañía o en referencia
a otros.

“Hay personas oscuras pero no
somos cajas negras, vivimos en nuestro propio laberinto, pero no somos ratas de
laboratorio […]. Somos actores y dramaturgos de nuestras vidas”

Hay un enfoque científico
que se empeña en estudiar al ser humano como una caja negra de la que sólo se
pueden conocer los input y los output. Pero la literatura se ocupa
primordialmente de lo que ocurre dentro de la caja. Ilumina con metáforas
brillantes su supuesta oscuridad, llena de aventuras, de acciones y emociones
su presunta quietud.

 

Hay personas oscuras pero no
somos cajas negras, vivimos en nuestro propio laberinto, pero no somos ratas de
laboratorio y aunque padezcamos un empacho de razón no somos computadoras.
Somos actores y dramaturgos de nuestras vidas.

Inventores de una trama y unos
personajes que tienen que jugar su destino en un escenario hecho con otras
tramas y otros personajes. Pero si queremos saber cuál es nuestra verdadera
identidad, tenemos que escuchar la voz del narrador, esa voz que despierta con
la conciencia de las palabras, que ni en sueños se interrumpe aunque se exprese
en imágenes, y que sólo calla, suponemos, con la muerte. Estamos hechos de
materia narrativa, por eso nos gusta leer.

 

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