Domingo 04 de diciembre de 2016,
Bottup.com

A una madre que podrías ser tú, a un padre que podría ser yo

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OPINIÓN / Aún se dan muchas situaciones donde las instituciones que deben velar por los derechos de diferentes colectivos no realizan su labor

Sigo viendo por las calles a niños desamparados y usados; no por sus madres, sino por la pobreza y mafias que no tienen reparo alguno en utilizarlos para sacar unas monedas de lástima a costa de estos involuntarios mocosos, desatendidos, sucios y explotados infantes. Infantes que siguen siendo mercancías manipuladas, no sólo por esos próximos que los utilizan y les coartan tantos y tantos derechos inherentes al ser humano y a la infancia; sino por ende, por los que deberían velar por ellos; en este caso Servicios Sociales y los Departamentos de Igualdad e Infancia, que haciendo la vista gorda en no pocas ocasiones, se desmarcan de estos marginados e incómodos ciudadanos errantes, como si estuvieran en tierra de nadie, en ‘aguas internacionales’, escabullendo así su verdadero cometido: proteger a estos niños sin distinción ni frontera o excepción alguna. Sencillamente banalizan estos casos cual si no pasara nada.

Servicios Sociales y los Departamentos de Igualdad e Infancia hacen la vista gorda en no pocas ocasiones, escabullendo así su verdadero cometido: proteger a estos niños sin distinción ni frontera o excepción alguna

Sigo siendo consciente de no infrecuentes casos de pequeñas víctimas apartadas de sus familias y secuestradas en guettos institucionales, denominados centros de menores, donde no es extraño que la prepotencia de quienes firman no pocos falseados o polucionados informes, muchas veces producto de subjetivas y cínicas opiniones nada contrastadas y a veces viciadas de ciertos rasgos narcisistas, le confieren un poder casi absoluto y sobre todo, muy dañino para la familia y esencialmente para el desarrollo armónico y emocional del menor, que a menudo no considerado como parte esencial y activa, ni siquiera se le atiende en sus demandas y en sus emociones y apego hacia su núcleo familiar.

Las sacrosantas instituciones tienen el poder graciable omnipresente de ‘secuestrar’ a niños y esperar a que las familias afectadas demuestren que las primeras se equivocaron. No importa que pasen meses e incluso años sin el calor, afecto y roce familiar de estos niños, a veces demasiado jóvenes como para tener aún una referencia de apego fundamentalmente materno, dado que son quitados de los brazos de madres con apenas unos años, cuando no meses (Recuérdese el caso de la niña ‘Piedad Orotava’, e incluso el reciente de los niños de una conocida), lo que les condena a estos principiantes de ciudadanos muy dañados al grave peligro de desposeerlos de unos vínculos familiares enraizados y sólidos, que podrán dar lugar a unos déficits afectivos y emocionales muy marcados y a menudo tan frágiles, en un futuro inmediato, que coartará en gran medida su adecuado desarrollo personal, anímico y afectivo-emocional, en no raras ocasiones empujándoles a desórdenes y enfermedades psiquiatrícas, gracias, como antes expresaba, a puras y crueles intervenciones subjetivas, prepotentes e impersonales, basadas en batallas personales contra determinadas familias y egos enfermizos o patológicos de quienes rubrican ciertos informes.

Sigo observando como, nada excepcionalmente, se siguen maltratando a pacientes y clientes pasivos a estar granjerizados en las llamadas residencias de la Tercera Edad; muchos de ellos víctimas de su estado físico, pero también de quienes deberían cuidarles con el derecho que se merece cualquier ciudadano envejecido y ya desgastado por la huella de sus servicios a la sociedad.

Sigo siendo consciente de no pocos casos de maltrato institucional consentido, donde, en no pocas ocasiones, las actuaciones para erradicar tal ultraje y marginación hacia el ciudadano brillan por su ausencia

Ancianos no pocas veces portando sus excrementos durante demasiado tiempo por su esclavitud hacia sus desgastadas sillas de ruedas, donde a menudo las escaras por esa cárcel estrecha, donde tienen enjauladas sus posaderas son claros indicadores de que no son removidos asiduamente de sus prisioneros carruajes, ni siquiera para poder descansar en una cama cuando hace efecto la siesta, el amodorramiento pasivo de estos centros y/o la consabida prescripción de medicina acomodadora, vegetativa y docilizadora con Risperidona o antipsicóticos análogos, si los prisioneros desgastados pero insumisos osan desdedecir o manifestar criterios no cómodos para la institución.

Sigo siendo consciente, en definitiva, de no pocos casos de maltrato institucional consentido, donde, incido, en no pocas ocasiones, las actuaciones para erradicar tal ultraje y marginación hacia el ciudadano brillan por su ausencia, dada la incomodidad y cinismo corporativista y donde es premisa fundamental, aunque no escrita, la rancia frase “Mira, oye y calla”, cual soldadito de mili ‘novato’ para con el tiempo, ya experimentado ‘abuelo’ pasar a aquello de “Haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga”…

Mientras tanto, sigo padeciendo como supuesto y presunto padre negligente, despreocupado por sus hijos, e incluso posible maltratador, el esperpéntico, mísero y cínico carnaval de quienes autoproclamados protectores de la Infancia e incluso de la Familia, buscan, haciendo piña aunque haga aguas por todas partes, algún motivo para excomulgarme y finalmente mandarme a la hoguera de las vanidades institucionales. Para ello, como ha venido ocurriendo desde hace demasiados años, si hace falta se aportarán informes falseados, se polucionarán narraciones de hechos, se desvirtuarán posibles encuentros y reuniones, donde testigos falsos o medrados o presionados o trepas o, comúnmente acobardados y falderos no tendrán reparos en unirse para reunir una buena colección de mentiras y falacias para, creada la trama de una verdadera propaganda goebbeliana, ir a la caza y captura de brujas; en este caso de un padre que lucha por el respeto, derechos y dignidad de su hija.


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