Sábado 01 de octubre de 2016,
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Adela, una niña de la Guerra

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A sus 88 años, como la mayoría de nuestros abuelos, Adela conserva la memoria histórica de España: la guerra civil, la posguerra, el hambre, el franquismo, la transición

En sus ojos azul cielo se refleja la historia de un país, en sus palabras se lee el descontento con un mundo que, bajo su opinión, ha perdido el rumbo. Ésta es la historia de Adela, un ser humano de 88 años, una mujer que ha sobrevivido a una Guerra Civil, que se ha alimentado del miedo de una dictadura, un ser cuyas tortillas de patatas han sido famosas hasta en el programa ‘Pekín Express’, una persona que, por encima de sus historias, es mi abuela.

Nació en un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, en una fecha de la que tuvo constancia 22 años después de que sus ojos vieran la luz del día por primera vez. La vida desde muy pequeña se empeñó en mostrar la dureza de un mundo que se estaba preparando para el horror de varios locos enfermos que por algunos años se creyeron emperadores romanos. Hija de un ferroviario y un ama de casa, su infancia estuvo marcada por el estallido de una Guerra Civil que separó a hermanos y familias. Cuarta hermana de un total de cinco, pronto tuvo que experimentar el sabor amargo de la despedida, cuando con tan solo 13 años de edad vio a su hermano partir con el bando republicano hacia el sinsentido de la España de los años treinta.

En un paisaje en fuego, su infancia transcurrió a galope por las calles de un incendiado Madrid, buscando todo aquello que poder llevarse a la boca. El miedo nunca fue un agradable compañero para esta guerrillera de la paz, más preocupada por el bienestar de su  familia que por el suyo propio. Con semblante de resignación cuenta como a los tres meses del estallido de los primeros obuses en las calles de la capital española tuvo que escapar hacia su pequeño pueblo, dejando a su padre detrás, en busca de una paz que no llegaría hasta casi cuarenta años después.

Fue la época del hambre, “comía tantos tomates que la boca me amargaba”, cuenta con una sonrisa de niña pilla. “Pasábamos las noches enteras haciendo cola para poder conseguir una barra de pan que compartíamos entre todos, esa era la única comida que podíamos tener durante dos o tres días”. Pronto la paz que se respiraba en ese pueblo con nombre de cabeza de animal, se vería alterada por la llegada de las tropas nacionales, suceso que obligó a su familia a emprender la huida de nuevo hacia una sierra cercana, de la que cada noche bajaban en busca de un mendrugo de pan que llevarse a la boca. “Si la mañana nos pillaba de vuelta, teníamos que escondernos en alcantarillas para no ser alcanzadas por los disparos de las avionetas que pasaban arrasando a todos aquellos que se atrevían a salir a la calle”, me afirma mientras sus ojos se empiezan a mojar al recordar el día que llegó su padre en su búsqueda, “cuando los militares tomaron Cabeza del Buey, mi padre volvió a buscarnos. Ese día pudimos disfrutar del mejor manjar que nunca he tenido. En una maleta vieja, él había estado acumulando durante más de dos semanas ‘chuscos’ de pan, ese día fuimos felices al ver tanta comida junta y disfrutar por fin de la compañía y protección de mi padre. Con él estuvimos refugiados en unos túneles hasta que tuvimos la suerte de subirnos a un tren con destino Madrid”, ese viaje sin duda alguna marcó su vida para siempre.

Esos 229 kilómetros que separan su pueblo natal de su ciudad de adopción supusieron ocho días de viaje, varios trenes fueron sus medios de transporte, y la clandestinidad su mejor aliada. Su entrada a Madrid a bordo de ese camión, una epopeya más propia de ‘El Fugitivo’ que de una niña de tan solo 14 años de edad, “cuando el ejército rojo nos encontró a bordo del tren, nos echó sin mediar palabra, entonces tuvimos que esperar hasta poder subirnos a bordo de un camión, donde nos tuvimos que refugiar dentro de unos grandes tubos de cemento, así atravesamos la línea de fuego. Como mercancías veíamos como las bombas caían del cielo, pero al fin pudimos llegar hasta la que sería nuestra última ‘choza’ antes del final de la guerra”.

Mientras los soldados rojos, bando al que ella apoyaba, se batían en retirada, la salud de Adela se resquebrajaba, la tensión de ese pasado hostil había hecho que con 17 años no hubiera tenido su primera menstruación, la sangre empezaba a acumularse en su estómago, llegando a temer incluso por su vida. Fue precisamente eso, el final de esta barbarie, lo que probablemente salvo la vida a esta niña. El diagnóstico de un doctor que trató su ‘extraña’ enfermedad insufló esperanza en una vida marcada por el temor, la incertidumbre y la cobardía, mientras se preguntaba ¿qué será de nuestro futuro bajo la dictadura del General Francisco Franco?

Desde entonces su vida discurrió a caballo entre su querido Madrid y su pequeño pueblo extremeño, donde al poco tiempo conoció al amor de su vida, Juan. Empezó a trabajar por cinco pesetas al día (0,03 euros) planchando los uniformes de los soldados del bando ganador, mientras pasaba el mayor hambre que nunca ha sentido. En uno de esos bailes que tanto le gustaba, conoció a este apuesto extremeño que acababa de salir de la cárcel por pertenecer al ejercito republicano. Pronto volverían a detenerle cuando una rica mujer le señaló como ‘rojo’. Fue trasladado al campo de concentración de Castuera, donde fue juzgado y sentenciado a seis meses de cárcel. Su fusilamiento hubiera sido seguro de no haber pertenecido a una familia más o menos acomodada y franquista hasta la médula, la cual vendió un olivar para poder salvarle la vida, cifrada en 20.000 pesetas (120 euros). Éste era Juan, un rojo empedernido, hijo de una familia facha hasta las cejas. Al poco tiempo, Adela recibió una de las mejores noticias que recuerda, su hermano del que no sabían nada desde el comienzo del conflicto, aparecía en casa, tras ser liberado de otro campo de concentración, el de Vallecas. Por fin la familia estaba reunida. “Pasé temor por todo lo que estaba pasando, por las noches cuando estaba en mi pueblo, escuchaba a los soldados nacionales cantar y tocar el violín, borrachos a más no poder, después de fusilar en el cementerio a los prisioneros rojos que tenían detenidos, aunque supe que nunca matarían a mi Juan, ya que su padre era un miserable de derechas”.

Su boda fue un momento feliz, aunque el júbilo se convirtió en llanto el día que se vio ‘secuestrada’, con un hijo de tan solo tres meses de vida, y una nueva familia que determinaba su existencia. Sus ‘ovarios’ extremeños dijeron hasta aquí hemos llegado, y cargando a su pequeño vivió nueve años separada de un marido que no la hacía caso. Fue una época donde limpio oficinas, comedores, y donde gracias a su buen hacer la hicieron encargada de un almacén de vivieres de la Renfe. Su sueldo le parecía una fortuna, 325 pesetas en el año 1953, esto unido a los ‘sablazos’ que le metía a las existencias le parecía el equivalente al tesoro de las minas del Rey Salomón, “al día vendía unos 50 litros de vino a los obreros, pero yo lo mezclaba con agua, con lo que pagaba menos por el vino, el dinero que me ahorraba al bolsillo, del jamón que comían los jefes, las mejoras lonchas iban para mi casa. Si me hubieran pillado sisando a diestro y siniestro no hubieran dicho nada, porque ellos mangaban mucho más que yo. El sisar ha sido mi trabajo favorito, y lo será hasta el día que me muera”. Al poco tiempo, su marido volvió con el rabo entre las piernas, y Adela, le dio una segunda oportunidad que duraría hasta la muerte de éste hace casi once años. El deseo de un futuro sin hambre para su pequeño la llevó a alquilar una habitación donde ejerció un oficio que nunca le gustó, la peluquería. A 10 pesetas el corte de pelo y 25 las permanentes, su sueldo se veía incrementado poco a poco, y así el futuro se empezaba a despejar para esta luchadora.

En 1957 nacería la otra razón de su felicidad, la pequeña ‘Adelita’. Fue el momento donde dejó de trabajar para cuidar de su hija recién nacida. Aunque al poco tiempo, y tras comprar su casa, se vio obligada a hincar la rodilla en tierra para fregar las escaleras de los señores de los que habla con un respeto impoluto. Al mismo tiempo, Juan ascendía en su trabajo en Renfe, en pocos años pasó de ganar 3.000 pesetas al mes a 20.000, en ese momento, la paz llegó a su existencia. Vinieron los nietos y desde entonces el recuerdo de la guerra y del hambre marca su día a día, “yo he pasado mucha hambruna y ninguno de mis nietos pasará hambre mientras yo tenga dos manos con las que poder alimentarlos”, reza su filosofía de vida.

El final de Franco, el “hijo de puta criminal mayor de España”, como ella le ha bautizado, llegó por fin, y el mundo empezó a girar en un sentido que no le gusta. “El mundo está que da lástima, solo hay guerras, armas nucleares, terrorismo, y esto no me gusta, qué mundo va a tener esta juventud que no respeta a los mayores y se piensa tener libertad para hacer todo aquello que quieren”, afirma.

En su mirada se refleja la historia de un país que vivió tiempo revueltos, aunque el presente, como ella misma afirma, no es menos tumultuoso que el pasado. De Bush opina que es un “criminal igual que su padre”, de la Iglesia “lo peor del mundo es el clero”, de la política actual mejor ni habla, aunque suelta la coletilla, “Zapatero es un tonto sin firmeza y Rajoy un mentiroso al que solo le interesa La Moncloa y no la gente, Bono es el mejor político de España y la Chacón tiene dos cojones”. Adela no deja a títere con cabeza cuando abre la boca, en esta entrevista ha hecho un repaso a todas aquellas figuras que han marcado la España post-Franco, “Adolfo Suarez, un ladrón que robó a diestro y siniestro, Calvo Sotelo un fascista, Felipe González miró por el obrero pero fue un cabrón porque me quitó la paga, Aznar un hijo de puta que ha machacado al pobre”, respiro un poco, me hace falta. “Soy del Real Madrid, pero solo veo los partidos de la selección española, Iniesta y Casillas son dos fuera de serie”.

Ésta es la vida de Adela, mi abuela. Todos tenemos dos, y poco conocemos de ellas, nos creemos que por su vejez sus palabras están vacías de significado y nos olvidamos de que en sus ojos está escrita la historia más reciente de nuestro país. Sus vidas no deben de ser un mundo olvidado, más bien un reflejo donde aprender de dónde venimos y analizar a dónde vamos. Esta mujer de 88 años, que se recorre con minifalda y carmín rojo en los labios las calles de Granada, tiene mucha más voz que esta juventud empeñada en quemar sus problemas en drogas y alcohol.

Ella nunca pudo ir a la escuela, escribe y lee con dificultad, pero incluso en estas condiciones abre el libro que narra la vida de su heroína por excelencia, Mariana Pineda, y sueña con una vida que por desgracia nunca pudo tener. “Me hubiera gustado ser policía criminalista o médico forense”. A pesar de haber vivido una guerra, de haber perdido a casi toda su familia, de haber pasado hambre, y ser abandonada por su marido, su cara sonríe cuando afirma “el momento más feliz de mi vida fue el nacimiento de mis dos hijos, el más triste, umm, el más triste, ninguno, si yo he trabajado como una burra, triste, ninguno”.


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