Jueves 29 de septiembre de 2016,
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Agfanistán olvidado

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OPINIÓN / Diego Ibarra y Antonio Pampliega son dos periodistas que nos acercan retales del mundo olvidado de Afganistán que no aparecen en los medios

Mientras las historias de guerra en Afganistán han ocupado durante años todos los titulares alrededor del mundo, el país de las mujeres invisibles guarda otras realidades que la mayoría sigue ignorando. Poco sabemos del sonido de los gritos de dolor que retumban en los maltrechos hospitales afganos. Nada se ha publicado sobre esas cicatrices de guerra que no se ven. Nadie nos ha narrado los lloros y lamentos de aquellas para las que el suicidio es la única salida.

Pocas son las oportunidades que un periodista tiene de poder sacar a la luz aquellas historias vacías de sangre y destrucción. “En el mundo del periodismo actual, por desgracia, lo que vende es eso. Precisamente eso. Muerte. Heridos. Violencia. Sangre… Y cuanta más mejor. Mejor un niño hecho polvo por un bombazo que una persona que ha perdido su casa por una inundación… ¿Qué tipo de periodismo quiero hacer? No lo sé… Pero sé cuál no quiero seguir haciendo”, estas palabras las escribió Antonio Pampliega, un periodista sumergido en el mundo olvidado de Afganistán.

En el mundo del periodismo actual, por desgracia, lo que vende es eso. Precisamente eso. Muerte. Heridos. Violencia. Sangre… Y cuanta más mejor

Son historias como la ‘locura de la guerra’ las que hacen que a miles de kilómetros las palabras duelan. Es allí, más allá de la guerra, donde Pampliega nos cuenta la vida y la muerte de un país oculto que nunca sale en los medios de comunicación porque a nadie -o a casi nadie- le interesa mostrar la realidad de un país agonizante y en estado de coma.

En Diario de Guerra, este periodista lucha para que las voces de los olvidados afganos no sean silenciadas, aunque muchas veces solo sean una treintena de personas quienes se interesen por lo que desde allí escribe. Pampliega es parte de esos que se unen a que este loco planeta no sea un mundo olvidado para la mayoría, es de los que se arriesga para que en el mundo occidental el café de las mañanas venga acompañado de historias llenas de humanidad y dolor.

Mientras Antonio nos narra ese Afganistán olvidado, el objetivo de Diego Ibarra nos hace más visible las diferentes realidades que se esconden bajo el burka de la opresión. Sus historias mínimas describen a la perfección la realidad extrema de unas vidas dominadas por la sinrazón de la guerra. Sus esquinas del otro Afganistán son melodías fúnebres de las que nadie puede escapar.

Son periodistas como Pampliega e Ibarra los que hacen grande este oficio. Ellos son de los que siguen poniendo un granito de arena para ser los ojos de aquellos que no pueden ver y la voz de los que no pueden hablar. Su locura de la guerra es una ventana a esas personas cuya única salida es quemarse vivas para huir de del infierno que supone ser mujer en Afganistán.

“Los talibanes entraron en el valle de Bamiyán y mataron a mis padres. Me quedé completamente solo. Durante ocho años viví escondiéndome de la gente. Apartado de todos y de todo. Cuando veía a un desconocido le atacaba con todas mis fuerzas porque pensaba que venía a matarme. Mi vida era una auténtica pesadilla porque no podía distinguir lo que era real y lo que no lo era. Un amigo de mi familia me encontró y me trajo a este centro”, extraído de La Locura de la Guerra, escrito por Antonio Pampliega.

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