Sábado 10 de diciembre de 2016,
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Así están las cosas

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OPINIÓN / Entre el sector financiero, las multinacionales, los holdins empresariales e inmobiliarios, y los políticos corruptos, que son muchos, nuestra economía se ha debilitado hasta tocar fondo

Han pasado las elecciones generales. Unas elecciones que se han caracterizado principalmente por una cierta austeridad propagandística. Al menos, el derroche ha sido menor que el de otras ocasiones, y nuestras calles no se han infestado de pancartas informativas, ni se han disfrazado las ciudades de falsas promesas para convencer al humilde elector de que debe acudir a las urnas para cumplir con su deber como ciudadano demócrata. El ciudadano de a a pie ya se conoce la cantinela.

Han pasado las elecciones generales. Lo que no ha pasado es la amarga incertidumbre de saber qué ocurrirá mañana

Sin embargo, lo que no ha pasado es la amarga incertidumbre de saber qué ocurrirá mañana. Las noticias que nos llegan desde los diferentes medios de comunicación son, casi siempre, negativas, cuando no contradictorias; y el ‘hombre masa’ no sabe a qué carta atenerse. Ni en qué va a acabar todo este embrollo de la economía mal administrada, que no ha servido más que para que muchos pierdan calidad de vida en tanto que otros se encumbran cada vez más en el olimpo de la riqueza.

A pesar de todo, ya es suficiente con que el electorado haya dicho ¡basta! Con su silenciosa opinión, reflejada en un trozo de papel, los hombres y las mujeres españoles han decidido que había que corregir el rumbo que llevábamos. Y han acudido a las urnas convencidos de que las ideologías ya no sirven para otra cosa sino para aumentar el fanatismo y la ceguera; algo que ciertamente nos impide caminar cada día con seguridad. A la visión política de las cosas, se ha impuesto el sentido común, la razón, que son los conceptos que verdaderamente impulsan a los pueblos en un sentido auténtico de progreso. Todo lo demás es falacia, cicatería, fariseismo… mentira, en una palabra. Sólo el sacrificio y el esfuerso han sido siempre los impulsores de la cultura y la riqueza. Aún a pesar de que muchos se hayan enganchado como lapas a ese tren para enriquecerse aprovechando el sudor de los demás. Pero, ¿acaso seremos capaces alguna vez de exterminar el mal de la faz de la tierra?

La pregunta que ahora fluye en el ambiente es si los que han conquistado el poder conseguirán sacarnos de las miserias en que nos dejó sumidos el ejecutivo anterior. Unos, miran al futuro con ilusión. Otros, con escepticismo. Y muchos, todavía, continúan pensando que aquellos que abandonan los estratos del poder hicieron bien su trabajo. Pero esto, seguramente, sólo es una idea un tanto personalista y egocéntrica, habida cuenta del beneficio que ciertos grupos, aferrados a las parasitarias clientelas que el PSOE creó a lo largo del tiempo, sacaron de ello.

Sea como sea, no va a ser fácil salir de esta profunda crisis en la que nos hallamos sumidos. Muchos ya están sintiendo en sus sueldos desde hace tiempo las consecuencias de tan aberrante comportamiento. Y otros, aunque ni lo presientan ni lo deseen, acabarán sufriéndolas igualmente. Aunque ninguno haya sido culpable de cuanto ha sucedido en nuestro país. Pero es lo que hay; y todos deberemos asumir que lo que nos queda ahora es arrimar el hombro, o dejar que el barco se hunda con todo el pasaje en su interior.

Esta crisis no la hemos creado los ciudadanos de a pie. Ni los funcionarios. Ni los trabajadores. Ni las pequeñas empresas… Sin embargo, algo debemos aprender de todo ello

Sabemos, es cierto, que esta crisis no la hemos creado los ciudadanos de a pie. Ni los funcionarios. Ni los trabajadores. Ni las pequeñas empresas… Sin embargo, algo debemos aprender de todo ello. Y es que si queremos salir adelante habremos de corregir nuestra trayectoria. Pero no sólo la nuestra, en términos personales, sino la de toda la sociedad, la de todas las instituciones, la de todos aquellos que tienen poder para decidir y organizar. Podría decirse que, en cierto modo es a estos últimos a quienes corresponde arrimar más el hombro. Porque, durante muchos años, se han dedicado a falsear la realidad económica realizando falsas inversiones y disfrazando el panorama de los mercados. De tal manra que, entre el sector financiero, las grandes multinacionales, los holdins empresariales e inmobiliarios, y los políticos corruptos, que son muchos, los activos de los que dependía nuestra economía interior y exterior  han ido debilitándose hasta tocar practicamente fondo. De aquellos barros vienen estos lodos, y ahora nos enfrentamos practicamente a la bancarrota.

Así están las cosas. No sabemos si, como afirman algunos, retrocederemos a los niveles económicos de los años cincuenta. ¡Ojalá que no sea así! Mas, si no queda otro remedio, aceptemos nuestro futuro con entereza. Y, sobre todo, con dignidad y honestidad. Para que nunca seamos tan necios de caer en la tentación de creernos dioses en un mundo donde todo cuanto nos rodea son miserias y desolación, calamidades y hambre, debastación y guerras, sin que nadie mueva un dedo para evitarlas. No somos Dios. Y, puesto que no lo somos, comportémonos como hombres, con nuestras virtudes y defectos, pero, al fin y al cabo, como auténticos seres humanos. La gloria se consigue, a veces, descendiendo a los infiernos.


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