Lunes 26 de septiembre de 2016,
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Atención psicosocial a los trastornos juveniles: un debate necesario

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Con frecuencia
cuando un adolescente presenta uno o varios de estos problemas puede
acabar rebotando entre los diversos servicios y quedando en tierra de nadie.

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Entre un 10 y un 20% de los adolescentes padece algún problema mental

Queremos hablar de salud
mental en el sentido amplio y positivo que lo hace la OMS: “Un
estado de bienestar en el cual el individuo se da cuenta de sus propias
aptitudes, puede afrontar las presiones normales de la vida, puede trabajar
productiva y fructíferamente y es capaz de hacer una contribución
a la comunidad”. En modo alguno pretendemos psiquiatrizar todos
los problemas psicosociales o de maduración que aquejan a jóvenes
y adolescentes aislándolos del contexto cultural y familiar en el que
se producen.

La FEAFES sitúa entre un 10% y un 20% el porcentaje
de problemas mentales en sector infantil-juvenil

Ahora bien, en un momento en el que nuestro sistema sanitario
trata de definir cuales son las prestaciones que debe garantizar (sobre
todo ahora que se han unido al Ministerio de Salud las competencias
de política social), es importante tener en cuenta los problemas biopsicosociales
y no sólo los que requieren prestaciones quirúrgicas o tecnológicas.
Nos referimos al conjunto de los denominados problemas mentales -autentica
asignatura pendiente de nuestra sanidad-, y en particular a los que
afectan a los más jóvenes como manera de realizar una detección precoz
y una prevención eficaces.

¿Cuáles son esos
problemas?

Concretamente nos referimos a los problemas, trastornos
y enfermedades que más parecen haber aumentado en los últimos años:
trastornos de conducta, dificultad para el control de impulsos o para
la normal tolerancia de la frustración, de violencia, de comportamiento
alimentario, de abuso de alcohol y drogas ilegales, algunos trastornos
de personalidad y del estado de ánimo.

Decimos “parece” porque no existen
estadísticas públicas fiables, como reconoce el estudio de González
y Rego sobre ‘Problemas emergentes en la salud mental de la juventud
europea’ patrocinado por el INJUVE, salvo en el apartado de consumo
de drogas y de personas atendidas por este problema, ya que en ese caso
sí existe un registro obligatorio y encuestas periódicas rigurosas
y fiables.

La FEAFES sitúa entre un 10 % y un 20% el porcentaje
de problemas mentales en sector infantil-juvenil. La falta de datos sobre
la evolución de estos trastornos deja en manos de la buena voluntad,
de la oportunidad o de la alarma social la determinación de las prioridades y la asignación
de los recursos. 

Descoordinación

Además no existe una
adecuada coordinación entre los


distintos servicios. Con frecuencia
cuando un adolescente presenta uno o varios de estos problemas puede
acabar rebotando entre los diversos servicios: el educativo (que puede
expulsarlo más o menos temporalmente por conducta inapropiada), los
servicios sociales (con la dificultad que entraña atender a menores
que deberían estar escolarizados), los servicios de drogodependencias
(más orientados hacia adultos politoxicómanos que a la atención precoz
de adolescentes), los de salud mental (que raramente intervienen sin
una patología psiquiátrica claramente diagnosticada), etc.

No
se trata de culpabilizar a los padres ni de psiquiatrizar a los hijos
o colgarles la etiqueta de víctima de “las malas
compañías”

El resultado
puede ser el de permanecer en un terreno de nadie sin recibir la atención
adecuada o recibiendo una atención parcial y segmentada. En ocasiones los padres
recurrirán a servicios privados en busca de ayuda y en otras el paso
del tiempo colaborará en la solución de la crisis (con más o menos
secuelas) o en el agravamiento de la situación haciéndola merecedora

-ahora sí- de la ayuda especializada, por ejemplo, de drogodependencias
o salud mental. 

Nuestro país está necesitando
un debate sobre cuales deben ser las prestaciones básicas del sistema
sanitario público, determinando si la atención biopsicosocial de los
trastornos infantil-juveniles debe ser una de ellas.

El enfoque de la psicología
evolutiva familiar

Sin descartar otros factores (genéticos, sociales,
individuales, etc.) la psicología evolutiva familiar cataloga la mayoría
de estos problemas como trastornos de la emancipación juvenil. Como
dice el profesor Sluzki: “La adolescencia es particularmente complicada
porque compromete a toda la familia en un viaje que va desde la dependencia
hasta la autonomía e incluye un recorrido plagado de subidas y bajadas.
La etapa vital que atraviesa la familia con chicos/as adolescentes tiene
como uno de sus principales objetivos ayudarles a madurar, a superar
con éxito la transición de niños a adultos. Algo que cada vez se
complica más en nuestra sociedad por la prolongación artificial de
una etapa caracterizada por las dificultades para una emancipación
material (empleo, vivienda, etc.) y simbólica (ritos de paso) que marquen
claramente un antes y un después en los derechos y obligaciones de
los jóvenes”.
 

El problema no es técnico (…)  sino básicamente de política estratégica y de
asignación de recursos

Desde el punto de vista
evolutivo familiar, es la familia en su conjunto como sistema la que
queda bloqueada en esta etapa y será ella la que requiera un poco de
ayuda para seguir adelante en la evolución natural de su ciclo. No
se trata de culpabilizar a los padres ni de psiquiatrizar a los hijos
o colgarles cualquier otra etiqueta como la de víctima de “las malas
compañías”. Los servicios de atención deben estar preparados para
ofrecer ayuda a chicos y chicas, a padres y a madres, apoyándose en
las fortalezas que toda familia posee (nunca sustituyéndola) con el
objetivo claro de conseguir la mayor autonomía psicológica y material
–madurez en definitiva- del joven en el menor tiempo posible, para
evitar la dependencia asistencial y la estigmatización.

Existen suficientes técnicas
y programas reeducativos, rehabilitadores y psicoterapéuticos como
para adaptar las intervenciones a cada caso, para ofrecer atención
individualizada. Lo demuestran cada día la magnifica labor que realizan
los orientadores escolares, los programas de apoyo, los servicios sociales
orientados a los adolescentes y a sus familias, las unidades de salud
mental infantiles, los programas de prevención secundaria de drogodependencias,
etc.

El problema no es técnico (aunque habría que trabajar muy duro
para generalizar la atención, coordinar los diversos sistemas y mejorar
su enfoque familiar) sino básicamente de política estratégica y de
asignación de recursos. Convendría recuperar la visión global sobre
el sector (como se intentó en los años 80) y actuar de manera integrada
desde todos los departamentos. Aún en tiempos de crisis
la sociedad se muestra más dispuesta a aceptar que los esfuerzos y
los recursos se concentren en los más jóvenes porque, aunque sea un
tópico, de ellos depende el futuro.

Fotografía (cc): r.f.m II


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