Viernes 02 de mayo de 2014,
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Bali, un sugerente y delicado regalo de la naturaleza

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La isla es conocida por su exuberante naturaleza

La isla es conocida por su exuberante naturaleza

FOTORREPORTAJE / Hay lugares en el mundo que, por su particular encanto, despiertan los sentidos y acentúan la creatividad

Eso es lo que probablemente le pasó a Gauguin en Tahití o a Picasso en París. Y sin lugar a dudas, la isla de Bali es uno de esos rincones del planeta en donde la sensibilidad humana se despierta de una forma mágica y espontánea.

La verdad es que en algunas ocasiones la mayor parte de los seres humanos solemos exagerar, ya sea de forma consciente o inconsciente, cuando tratamos de explicar un lugar, o incluso una sensación, que de una forma u otra nos ha fascinado por completo. Y este, por supuesto, también podría ser el caso de la pequeña isla de Bali, pero a fuerza de ser sincero y siendo lo más objetivo que mi propio interior puede llegar a ser, he de reconocer que este singular y diminuto rincón del planeta, situado muy cerca de Australia, colmó todas mis expectativas de belleza natural al tiempo que hizo que mis cinco sentidos se dispararan de una forma inimaginable.

Indudablemente, son todos los sentidos los que se despiertan cuando visitas este pequeño paraíso multicolor

Son sus sabores tropicales, sus olores, sus sonidos y hasta el delicado tacto de la arena de sus increíbles playas lo que en ocasiones te hacen perder casi hasta el sentido, pero, por encima de todo, son sus increíbles colores los que llegan, definitivamente, a enamorar por completo a tus ojos y a tu alma. Sí, indudablemente, son todos los sentidos los que se despiertan cuando visitas este pequeño paraíso multicolor.

Como anécdota a mi debilidad respecto al paisaje de esta isla, diré que en ocasiones algunos lectores me han preguntado en qué me había inspirado al hacer la descripción de ‘Mavisaj’, el lugar en el cual transcurre mi segunda novela titulada, precisamente, ‘La República dependiente de Mavisaj‘. Muchos de ellos me han expresado ansiosamente que, si es un lugar real, les encantaría visitarlo para intentar así sentir también en vivo y en directo todo aquello que mi narración les ha inspirado y transmitido a través de mis descripciones.

Pero no son sólo sus paisajes, sino también la sencilla y acogedora actitud de sus habitantes lo que te hace sentir una sensación de paz que raras veces he experimentado tan intensamente en cualquier otro viaje. Sí, es todo el conjunto lo que te fascina, pues hasta los templos dedicados a sus dioses no se parecen en absoluto a los de cualquier otra religión. Dichos templos son lugares abiertos, sin techos ni puertas que puedan impedir a la naturaleza integrarse en ellos mismos para crear, muy posiblemente, una armonía total de nuestro mortal cuerpo con todo aquello sublime y maravilloso que nos ofrece la Madre Tierra.

Pero no son sólo sus paisajes, sino también la sencilla y acogedora actitud de sus habitantes lo que te hace sentir una sensación de paz

Y cuando uno cree que ya lo ha visto todo, de repente descubres que, escondidas entre las montañas, se te aparecen un sinfín de terrazas escalonadas en las que todos los matices y tonalidades del color verde, habidos y por haber, te saludan alegremente mientras el delicado sonido de cientos de diminutos riachuelos van acariciando las tiernas y frescas matas de arroz. Así es, son los arrozales de montaña los que de una forma difícil de explicar, te transmiten con su increíble vistosidad y grandilocuencia mil y una sensaciones que hacen que todos tus sentidos clamen al unísono lo maravillosa que, en determinadas ocasiones, puede llegar a ser la propia existencia.

Pero si me lo permiten, acabaré este artículo con un pequeño párrafo de mi segunda novela en donde describo la isla de ‘Mavisaj’ para que se vayan familiarizando, en cierto modo, con los cautivadores paisajes de esa diminuta isla indonesia llamada Bali, o la isla de los dioses, como también muchos de los que la han visitado la suelen llamar.

Fragmento de ‘La República dependiente de Mavisaj’:

Si tentador era someter a estas gentes, sólo por el hecho de oponer poca resistencia debido a su forma espiritual de comportarse, no lo era menos el explotarla debido a la gran riqueza que sus tierras escondían. Pero quizá esconder, no sea la palabra adecuada, pues su suntuosidad y hermosura se atisba tanto desde la propia tierra como del lejano mar. Cuando bordeas la costa, su majestuosidad y abundancia de frutos tropicales te saludan desde la orilla, atrayéndote hacia ella como preciosas sirenas en mitad de un inmenso mar. Si evidentemente caes en la tentación de desembarcar en sus playas, tus sentidos ya no te dejarán volver atrás. A cada paso, cuando te adentras en su frondosa espesura, la naturaleza te va sorprendiendo a cada instante. Pájaros de mil colores, árboles y plantas con todo tipo de manjares, e infinidad de agua con la que satisfacer todas tus pretensiones. El paisaje te embriaga y sigues caminando, no das un paso atrás, puesto que tus ojos están ávidos de nuevas sensaciones y riquezas. Machete en mano si es preciso, vas ganando tu duelo particular con la montaña que vas escalando, regocijándote con lo conseguido, y soñando con lo que vas a descubrir. Cuando por fin llegas a su cúspide, el paisaje te corta la respiración. Una inmensidad de valles y laderas montañosas esculpidas con miles de terrazas de un verde especular invaden tus ojos. Son los arrozales, los cuales parecen haber sido hechos por un ser superior, pues su belleza es inigualable. El agua de lluvia lo invade todo, y sonoros riachuelos campan a sus anchas haciéndoles guiños a las verdes matas, a las que acarician y dan vida. Tus ojos y tus piernas son incapaces de atisbar el final de dicho paraíso, pues detrás de una ladera sigue otra, y con cada valle vuelve a nacer otra montaña. Sólo tras varias jornadas castigando tus extremidades, pero regocijando tus pupilas, das con él, con el señor de la isla, con aquel que hace miles de años creó tanta belleza al arrojar desde sus entrañas el sedimento volcánico que cubre la totalidad de Mavisaj. Katerauac, así es como le llaman los nativos desde tiempos ancestrales…

Víctor J. Maicas es escritor

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Sobre el autor

Viajero incansable y escritor, mis novelas publicadas son “La playa de Rebeca”, “La República dependiente de Mavisaj”,“Año 2112. El mundo de Godal” y "Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad". Son, principalmente, novelas comprometidas y de crítica social. Además, he escrito artículos para la prensa escrita así como también para diferentes publicaciones digitales. En la actualidad soy miembro del Consell de Cultura de la ugt-pv y socio o colaborador de diferentes ONG’s

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