Lunes 20 de noviembre de 2017,
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Bienvenidos al terror

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La noche del pasado 15 de septiembre México hizo una más de sus
falaces entradas al llamado primer mundo

Opinión

“Allí están las imágenes, crudas, desgarradoras, en los medios
propagandísticos que solemos llamar de comunicación: dos granadas de
fragmentación habían sido detonadas durante la ceremonia del Grito de Independencia

No lo hizo por la puerta
aquella que Carlos Salinas de Gortari abriera con la firma del mal
llamado Tratado de Libre de Comercio de América del Norte, de cuyos
resultados dan cuenta las miles de personas que han migrado a Estados
Unidos porque el campo está devastado, el desempleo es moneda corriente
en las ciudades y los pequeños y medianos comercios han quebrado.
Tampoco por la vía de un proceso electoral que dentro de los márgenes
de una limitada democracia representativa pudiera ser considerado
“limpio”, las elecciones pasadas dejaron muy en claro que ni siquiera
podíamos aspirar para algo así. Lo hace por el umbral del terror.

“La condena nuestra, ya sea como
sociedad, ya como meros individuos, no tiene por que ser más enérgica
que las condenas todas que nos merece el terrorismo que nos recetan los
desgobiernos nuestros en nombre del Estado de Derecho”

Allí están las imágenes, crudas, desgarradoras, en los medios propagandísticos que solemos llamar de comunicación: dos granadas de fragmentación habían sido detonadas durante la ceremonia del Grito de Independencia
en Morelia, Michoacán. La danza de cifras con los números de las
personas muertas y heridas, de las declaraciones gubernamentales, de
los nombres de las más de cien víctimas, de las condenas, trajeron a la
memoria aquella nube de los atentados en Estados Unidos, España o Gran
Bretaña; no la nube de humo tras las explosiones en sus emblemáticos
edificios y trenes subterráneos, sino la del alimento favorito para el
terror: la desinformación.

Image
Velas en Morelia (Iván Sánchez / Martín Diego)

Apenas se articulan algunas
expresiones que ya se van haciendo lugar común para referirse al hecho:
“cobarde”, “criminal”, “terrorista”, propio de “traidores a la Patria”;
poco se dice, sin embargo, de que esto no es sino resultado de la
aventura guerrerista en la que nos ha involucrado Felipe Calderón como
usurpador de la Presidencia de la República y la clase política que lo
acompaña, ora aplaudiéndole la militarización del país y permitiendo la
aplicación del Plan México, ora desde la iniciativa privada que
se manifiesta por la inseguridad pero no está dispuesta a cambiar el
modelo económico que la ocasiona, ora desde la oposición del PRI y el
FAP (PRD, PT y Convergencia) que incómoda y hasta contestataria no deja
de ser cómplice de la estupidez y el cretinismo que acusa el Poder de
Arriba.

No nos equivoquemos. En efecto, lo ocurrido en Morelia
es una verdadera aberración y merece nuestra condena; pero de ningún
modo se trata de nuestro estreno en eso que los enterados llaman
“terrorismo”. México y quienes en él sobrevivimos ya tenemos
conocimiento de lo que es el terror; antes del 15-S en Morelia hubo un
2-O en la Plaza de las Tres Culturas, un 28-J en Aguas Blancas, un 22-D
en Acteal, un 14-E en Tlalnepantla, un 4-M en Atenco o un 1-N en
Oaxaca. Todos y cada uno de estos casos fueron, conforme a la
definición que la Organización de Naciones Unidas pusiera en la mesa
durante la Cumbre sobre la Democracia, Terrorismo y Seguridad llevada
al cabo en marzo de 2005 en Madrid, España, acciones destinadas a
causar la muerte o lesiones corporales graves a civiles o no
combatientes con el propósito de intimidar a una población a abstenerse
de realizar un acto.

Así, pues, la condena nuestra, ya sea como
sociedad, ya como meros individuos, no tiene por que ser más enérgica
que las condenas todas que nos merece el terrorismo que nos recetan los
desgobiernos nuestros en nombre del Estado de Derecho. Porque, como
hemos dicho antes, el terrorismo y el narcotráfico no son producto de
la deshumanización y la descomposición sociales per se, sino de
un modelo de producción económica que primero socava nuestras
sociedades rompiendo los vínculos afectivos e históricos que nos dan
dignidad e identidad y luego “justifica” el uso de la fuerza para
“pegar” lo que ha roto. El asunto aquí es que al sistema-mundo que el
capitalismo “regula” no le interesa “pegar” nada, sino “pegarnos” (en
la acepción de golpearnos) a todas, a todos, física y emocionalmente,
para que no pensemos, no salgamos de nuestras casas, no protestemos, no
defendamos lo que es nuestro; para que no digamos, en fin, “no quiero
ser una mercancía más” o “no quiero ser una cifra más en la estadística
de lo desechable”.

Tomémosle la palabra al títere que ése mismo
modelo ha puesto de gerente en Palacio Nacional: con unidad y entereza
hagámosle saber a él y a los criminales con que se rodea, a sus amos en
las cúpulas del Poder y a sus cómplices en las Fuerzas Armadas, en los
tres poderes y órdenes de Gobierno, en los partidos políticos, en las
organizaciones obreras y campesinas clientelistas, en el narcotráfico,
en las redes de pederastas o en quienes se visten de izquierdas
mientras rinden homenaje a la mentira, la traición, la burla, la
explotación, el despojo y la miseria, que no nos amedrentarán. Pero,
sobre todo, dejémosles muy en claro que son ellas y ellos, no nosotras,
no nosotros, quienes deben comenzar a temblar de miedo porque no les
vamos a permitir que hagan de México tierra de abono para la
desesperanza.

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Sobre el autor

Egresado del Centro Universitario de Teatro de la U.N.A.M. con estudios superiores en Actuación y diplomado por el Centro Morelense de las Artes en promoción y gestión cultural. Incursioné en las artes escénicas en agosto de 1990. A partir de 1993 alterné mi quehacer teatral con la promoción cultural y la docencia. Paralelamente, también desde 1993, he colaborado para diversos medios de comunicación impresos y electrónicos, y he trabajado con instituciones de defensa y promoción de derechos humanos de segunda generación.

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