Viernes 30 de septiembre de 2016,
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Crónica de una periodista en Kenia

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CRÓNICA / La corrupción, la inmigración, la falta de educación, el sida… son solo algunos de los problemas que asolan a este país africano

En un país que depende en gran medida de la cooperación internacional, realizar labores de voluntariado es algo que enriquece no sólo personalmente sino también profesionalmente.

Kenia no es un país que pueda dejar indiferente a un occidental. Horroriza la pobreza y la situación en la que viven la mayor parte de sus habitantes, pero a la vez, maravillan sus paisajes, el colorido y ese modo de vida totalmente diferente a lo que podamos imaginar desde el primer mundo. África enamora, y eso no es nada nuevo, pero si además puedes empaparte de la auténtica África, alejado de los circuitos turísticos, amenaza con convertirse en un idilio que dure toda la vida.

Children of Africa me brindó esa oportunidad, y durante tres semanas pude convivir con las gentes de un pequeño pueblo keniano, viendo, sufriendo y disfrutando de lo que otros ‘muzungus’ (‘blancos’ en swahili) no pueden conocer cuando viajan a Kenia, moviéndose por safaris o playas del Índico, alojados en resorts y disfrutando de una seguridad y un lujo totalmente desconocido fuera de esas burbujas repartidas por todo el país y sólo al alcance de los turistas.

Durante tres semanas, gracias a Children of Africa, sufrí el caos en los transportes, dormí en sus casas de adobe, sin luz ni agua, con el suelo de tierra, cociné en sus ‘sufurias’ con sus fuegos de carbón o leña, padecí las carencias alimenticias de gente que casi se alimenta sólo de ‘ugali’

Y es que la figura del muzungu en Kenia daría para todo un estudio sociológico. Seres blanquitos (tirando a rosados) que pagan por un viaje sumas muy superiores al salario medio anual de un keniano; extranjeros, casi extraterrestres, que consideran que con montarse una vez en un ‘matatu’ (unas furgonetas bastante destartaladas que funcionan como transporte público) han corrido el riesgo de sus vidas y son unos grandísimos aventureros. No es de extrañar, por tanto, que el término muzungu pueda llegar a tener ciertas connotaciones despectivas, casi como “esos blancos un poco tontos y podridos de dinero que se pasean por los safaris en una furgoneta con sombreros de explorador”.

Tener la oportunidad de no ser una muzungu es de las cosas que más puedo agradecer a Children of Africa: sufrir el caos en los transportes como cualquier keniano, dormir en sus casas de adobe, sin luz ni agua, con el suelo de tierra, cocinar en sus ‘sufurias’ (una especie de cacerolas) con sus fuegos de carbón o leña, padecer las carencias alimenticias de una gente que prácticamente sólo se alimenta de ugali (una mezcla de harina, agua y sal totalmente insípida). Todo ello te hace comprender, aunque sólo sea un poquito, la mentalidad totalmente espartana y austera de la que hace gala el keniano medio en cualquier zona rural.

Porque Kenia es sus zonas rurales, no es ciudades como Nairobi o Mombasa, ni los grandes hoteles de parques naturales como Tsavo o Masai Mara. Kenia son sufurias con un pedazo de pescado y mucho roiko (un condimento muy empleado en la mayorías de platos) cociéndose a fuego lento sobre las brasas del carbón, es mujeres amasando ‘chapati’ o ‘mahambri’ (dos comidas típicas consistentes básicamente en harina frita en aceite de palma) desde el amanecer. Kenia son los niños fabricándose cochecitos con palos y chanclas viejas a modo de rueda, es una población mayoritariamente enferma por la desidia de las autoridades, la falta de recursos familiares y el polvo. Ese maldito polvo que se acumula en todas partes.

Susanna conoce bien todos estos problemas, ella es la presidenta de Children of Africa, una asociación que nació con la intención de mejorar las condiciones de vida de Tsunza y otras zonas rurales de Kenia, un pueblo situado en el distrito de Kinango, uno de los cinco más pobres del país. Para llegar a Tsunza es necesario tomar un matatu en la ciudad de Mombasa, después un

Children of Africa en dos años ha construido tres aulas en el colegio, una biblioteca pública, paneles solares, letrinas, duchas, un dispensario médico y otras muchas mejoras

‘bodaboda’, que son básicamente motos de campo en las que la agente se agolpa de tres en tres y confía en la pericia del conductor para no caer por los escarpados acantilados; por último, se toma una barcaza con cuatro palos y una lona haciendo las veces de techo. Superado el obstáculo del río y tras caminar un par de kilómetros de fango y barro, uno llega a Tsunza, y para su sorpresa, comprueba que los niños son felices, ríen, juegan y caminan el par de kilómetros de barro para acercarse a la orilla a recibirte. Parecen alegres, pese la desnutrición, la suciedad, el Sida y la total falta de recursos. Y es que en realidad lo son. Y es en ese punto, donde Children of África, Willy, Susanna, María, Lidia y muchos otros voluntarios juegan un papel imprescindible.

Susanna es profesora de inglés, un torbellino de energía que no se separa de sus libretas ni un segundo (va apuntando minuciosamente todo cuanto ronda por su cabeza, desde el material necesario para los últimos proyectos, como la construcción de un dispensario y una carpintería, a los datos de todos y cada uno de los niños apadrinados, número de pie incluido) y se desespera ante el ritmo ‘pole pole’ (con calma) de buena parte de la población del país.

Su asociación ha supuesto una revolución para Tsunza, en menos dos años, las mejorías son notables: el año pasado fue la construcción de tres aulas en el colegio de Timbwani en Likoni, la construcción de una biblioteca pública en Tsunza (un aula repleta de material escolar donde, gracias a algunos voluntarios del propio pueblo, los niños pueden recibir clases de refuerzo escolar durante todo el curso), los paneles solares que proveen de electricidad al aula, las letrinas y las duchas, entre otras cosas; este año ha sido el turno del dispensario médico (un elemento esencial teniendo en cuenta que de noche no hay barcos que crucen a la otra orilla para ir hasta el hospital de Mombasa), la construcción de un tanque de agua, construcción de una carpintería, una cocina-almacén, la creación de un grupo de mujeres que ya han empezado a emprender actividades económicas, renovación de una casa, constitución de varios equipos de fútbol y el precioso proyecto social Tsunza 4 Life para la prevención del sida. Además, llevan ya más de 125 niños apadrinados, dinero que se destina íntegramente a su educación: pagan libros, material y tasas escolares (bastante caros para el nivel de vida medio en Kenia), que se cubre con unos 65 euros en primaria y a partir de 200 para la secundaria.

Además de proyectos con mujeres y para la prevención del sida, la asociación ha apadrinado ya a más de 125 niños: pagan libros, material y tasas

Susanna ha decidido, tras este verano, quedarse allí a vivir unos meses, cuenta cómo algunos habitantes de Tsunza le han dicho que gracias a su asociación, han comenzado a tener esperanza, esperanza en que pueden cambiar las cosas, y eso, esperanza, es probablemente una de las cosas que más necesitaba esa gente.

Ser niño en Kenia, una misión casi imposible

Hay tantas cosas que necesitan cambiar o mejorar en Kenia, que es complicado tan siquiera comenzar a enumerarlas sin olvidarse alguna: frenar la corrupción, invertir en sanidad, educación, carreteras, transporte… Uno a veces piensa que el problema principal es la corrupción, que les impide avanzar, otras veces, la incultura, pero lo cierto es que al final se llega a la conclusión de que cada problema y carencia está tan entrelazada con otras, que es imposible centrarse en cambiar una sola.

Los niños de Tsunza son el mejor reflejo de las carencias de Kenia; desnutridos, algunos enfermos, con grandes dificultades para acceder a una escuela, apenas conocen lo que hay más allá de su aldea, de su país, pero todos tienen grandes sueños y aspiraciones. Quieren ser pilotos, enfermeras, médicos y profesoras; quieren salir de su aldea, conocer mundo, tal vez, vivir en Europa, probablemente en España, ven a los españoles que llegan y después se van, los ven con sus teléfonos de última generación, su ropa limpia, sus cámaras de fotos y ordenadores portátiles, contándoles lo que hay más allá. A veces, ni tan siquiera es necesario que se lo cuenten, lo intuyen.

Esos niños, la mayoría bastante necesitados de cariño, de comida, de juegos y estímulos, son el futuro de Kenia; y en Tsunza, aunque sea un pequeño pedacito del país, por primera vez se atreven a creer que sus sueños pueden hacerse realidad, que si aprovechan el dinero que sus padrinos muzungus invierten en su educación, tal vez puedan ser realmente pilotos o enfermeras, ser alguien, dar a sus hijos una vida mucho mejor de la que sus padres pueden permitirse darles a ellos.

Es imprescindible, para el bien de ese país que las autoridades empiecen a mirar un poco más hacia su pueblo, sino esos pequeños que aspiran a ser alguien se marcharán a otros lugares donde no se topen constantemente con los obstáculos de la desidia, la pobreza, la corrupción y una burocracia infame que sólo pretende sacar los pocos cuartos que tienen, a los pocos que los tienen.

Sin embargo, es un ciclo que se repite una y otra vez, los jóvenes bien preparados, que podrían colaborar en las urgentes reformas que el país necesita (reformas políticas, culturales, de infraestructuras…) acaban marchándose en busca de una vida mejor, más acorde a su cualificación, y allí quedan mayoritariamente los campesinos y la gente que no tiene recursos para emigrar; falta sangre nueva, ideas regeneradoras, ilusión por construir un país nuevo, moderno.

Kenia son sufurias con un pedazo de pescado y mucho roiko cociéndose a fuego lento, es mujeres amasando ‘chapati’ o ‘mahambri’ desde el amanecer. Kenia son los niños fabricándose cochecitos con palos y chanclas viejas, es una población mayoritariamente enferma por la desidia de las autoridades, la falta de recursos familiares y el polvo

Si las personas más preparadas se marchan, ¿quién plantará cara a los corruptos? ¿Quién construirá puentes, creará industrias innovadoras o aportará una visión más cosmopolita a la cultura del país? Nadie. Y eso es algo contra lo que no parece interesante luchar. Los líderes kenianos, amparados en las buenas relaciones con las potencias occidentales, hacen y deshacen a su antojo, asfixiando a su pueblo, que no tiene la fuerza ni la cultura necesaria para plantarles cara. Siempre es más sencillo gobernar a gente hambrienta e ignorante.

Algunos se resisten

Volviendo a España, en el aeropuerto de Nairobi, muy tarde, de madrugada, cansada y algo enfadada por los problemas que me estaban poniendo las azafatas de tierra para poder facturar, conocí a una mujer de origen hindú nacida en la ciudad. Hay muchos hindúes en Kenia, los colonos ingleses los llevaron para trabajar. Recibían un sueldo, así que pudieron ahorrar y con el tiempo, progresar, hasta que la mayoría de establecimientos y empresas del país terminaron siendo de ellos. Han hecho dinero y se han asentado en ese lugar tan alejado del de sus antepasados, que ahora es el suyo. Aquella mujer de rostro amable y ojos intensos, cargada únicamente con una mochila, no me dijo su nombre, pero me proporcionó una nueva perspectiva de este grave problema que sufre el país.

Era médico y se disponía a viajar a El Cairo para participar en unas conferencias, me habló de su hija, que ahora vivía en Londres, donde estudiaba medicina, y me explicó cómo la mayor parte de su familia se había marchado a Reino Unido, donde podían progresar sin necesidad de batallar contra un sistema inepto. Me explicó que ella se negaba a marcharse porque era su país, y porque si todas las personas con estudios se marchaban, cosa que está sucediendo, no quedarían trabajadores cualificados que colaborasen en el, tan necesario, progreso de Kenia. La actitud de aquella mujer, cuyo nombre desconozco, me pareció tan valiente como la de Susanna y Willy, cada uno a su manera, los tres luchan por cambiar las cosas.

Una cultura que necesita regenerarse

Pero la corrupción y la emigración no son los únicos problemas de Kenia. El nivel cultural medio-bajo de la mayoría de su población hace muy complicado un cambio de mentalidad que debería ser urgente. Pese a que la mezcla de creencias ancestrales, hinduismo, islam y cristianismo (básicamente protestante) conviven en el país con un respeto y tolerancia admirables, también crea un gran caldo de cultivo para las supersticiones, el machismo y otros problemas similares.

La población más preparada, muchos de origen hindú, abandonan el país en busca de un futuro mejor, acabando con las esperanzas de mejorar el país

Mwanamkasi tiene 11 años y nunca ha ido al colegio; mientras sus amigos de la aldea marchan cada mañana con su bolsa de plástico haciendo las veces de mochila y el raído uniforme, ella realiza las tareas más duras del hogar. Cuando termina se sienta junto a las ancianas, algunas ya en pésimo estado, a ver pasar el resto de la mañana. Mwanamkasi tiene paralizado un brazo desde el codo hasta la mano, sus hermanos van al colegio, pero ella no. Su madre se avergonzaba de ella y además temía que la gente pudiera atribuir su leve parálisis a una maldición familiar.

Cuando llegué a Tsunza, Mwanamkasi era huidiza, no se acercaba a nosotros, los muzungus, ni jugaba con los otros niños. Al principio pensé que era sorda, muda o tal vez ambas cosas, mientras el resto de críos se relacionaban con nosotros en un perfecto inglés, ella sólo hacía gestos, pronto me di cuenta de que el problema era otro, al no haber ido a la escuela no había aprendido inglés, sólo sabía swahili, y nuestra relación se basó básicamente en las pocas palabras que aprendí en su idioma, los gestos y las miradas cómplices. Cuando me marché de la aldea, sólo tres semanas después, Mwanamkasi era una niña más alegre, se relacionaba con los otros niños y había aprendido algunos números. Me consta que gracias a los voluntarios que fueron después, ahora también se sabe el abecedario.

Este mes de enero ha comenzado las clases, porque ahora está apadrinada, fue necesario insistir mucho a su madre, quien aún sabiendo que los gastos de su educación correrían por cuenta de su padrino a través de Children of Africa, no las tenía todas consigo. Empieza en educación infantil, con los niños de pocos años, porque su nivel educativo no da para más, pero si aprovecha la oportunidad, ahora su futuro puede ser muy distinto.

Tampoco es extraño que su madre no quisiera gastarse el dinero en educar a Mwanamkasi, el precio de las tasas escolares es caro para el salario medio del país, además hace falta comprarles un uniforme y zapatos (sin los cuales no les dejan acceder al centro), libros, cuadernos… Y no sólo sufre una discapacidad, también es mujer. Ser mujer en Tsunza implica comer en un segundo turno, después de los hombres (aún hay un tercero para los niños), ocuparse de las tareas del hogar y empezar a traer hijos al mundo siendo casi aún una cría.

Esto es algo que aún me preocupa cuando pienso en la niña, ocultando su manita atrofiada bajo la axila y con ese gesto de vergüenza en la cara casi permanente, como pidiendo perdón por haber nacido. En un país donde tampoco es raro que un hombre no recuerde ni el nombre de la madre de sus hijos, ¿qué puede ser de ella? ¿Qué puede ser de todas esas niñas que ansían ser médicos, enfermeras, profesoras? ¿Tendrán suerte o tendrán que abandonar sus sueños tras el primer embarazo no deseado?

¿Qué puede ser de todas esas niñas que ansían ser médicos, enfermeras, profesoras? ¿Tendrán suerte o tendrán que abandonar sus sueños tras el primer embarazo no deseado?

Pienso también en las chicas más jóvenes con sus bebés, mirando con envidia a los otros críos jugar en las actividades que organizábamos los muzungus, divididas entre sus deseos de participar, como las adolescentes que eran, y sus obligaciones como madres. Finalmente tanto madre como hijo solían acabar jugando. Son niñas y a su vez, madres de otros niños.

En un primer mundo, donde malgastamos muchísimo más de lo que creemos, es complicado hacerse una idea a través de unas pocas líneas del grado de miseria que sufren en Kenia y otros lugares. Es algo que sólo puedes comprender en su total dramatismo cuando lo observas en primera persona. El estremecimiento que causa la dignidad con la que sobrellevan su situación, hace que, de un plumazo, dejes de compadecerles y busques, simplemente, la forma de ayudarles. Es difícil cuando no eres nadie importante, cuando no eres un político o artista de fama mundial, un reputado deportista o un miembro de algún lobby poderoso. Es a ellos a quien les pertenece la obligación de cambiar lo más grave. Pero cambiar algo, aunque sea muy poco, a veces es tan sencillo como abrazar a un niño y ofrecerle el cariño que no está acostumbrado a recibir; mostrar a un adolescente, cuya familia tiene que hacer peripecias para pagarle la secundaria, la vida que hay más allá y las posibilidades que se le abren si aprovecha la oportunidad; o simplemente construir un pozo de agua.

Los seres humanos somos capaces de lo peor, y eso queda patente día a día en Kenia, un país devastado por la avaricia y una Comunidad Internacional hipócrita que sólo mira a donde le interesa mirar. Pero también somos capaces de lo mejor, y Tsunza es un gran ejemplo.

 

Este reportaje hubiera sido imposible sin la oportunidad que Children of Africa me brindó de colaborar en su proyecto, y sin la hospitalidad de los habitantes de Tsunza, que compartieron con nosotros sus casas, lo poco que tienen y también sus sentimientos.


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3 Comentarios

  1. Ma 15/01/2012 en 12:08

    Estoy orgullosa de tí.

  2. Alicia Tomás 15/01/2012 en 11:18

    Mi hija fué en agosto voluntaria con childen of africa.La comunicación entre las dos fué algo dificil,lo poco que hablabamos,la notaba feliz y no cesaba de contarme todas las cosas que estaban haciendo.
    Me hablaba de los niños,de las mamis,de lo rapido que aprendian los niños todo lo que les enseñaban.
    De lo generosos que eran con ellos,casi nada tenían y lo compartian con ellos.
    De la felicidad de esos niños jugando con balones hechos de trapos viejos.
    Cuando llego a casa,después de un mes sin verla,lo primero que le dije..¡que guapa estás!!!y es que la felicidad que trajo se reflejaba en su cara.
    Días despues la escuché llorar en su habitación,echaba de menos todo lo que vivió ese mes,y también la impotencia de ver un pais donde los politicos cierran los ojos y no hacen nada por su gente.
    Es precioso todo lo que hace children of africa por todos los habitantes de Tsunza.
    Un beso a Susana por su energia y buen corazón.
    Una mami agradacida.Alicia Tomás

  3. Alba 13/01/2012 en 20:24

    Enhorabuena por el artículo Soraya.
    La pena es que un pequeño porcentaje es consciente en realidad de lo que hablas…y ese porcentaje mayor continuará gastando una millonada en visitar no el país que es Kenya, si no lo que se vende como “el lugar idóneo para hacer safaris, ver leones y disfrutar de la naturaleza” y vuelven contentos pensando que han visitado Kenya y conocen África…”, igualemnte es un país que vive en gran parte del turismo.y que sin esos muzungus..apenas podría subsistir…
    En fin, Reitero mis felicitaciones tanto a tí como a cada uno de los que habéis conocido esa preicosa aldea y sus gente.
    y atí de nuevo, gracias Susana..porque no solo estas ayudando a la gente que vive allí si no también a nosotros.
    Un saludo desde un lugar totalmente contrario a la realidad Africana..llamado Reino Unido… 😉 🙂

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