Jueves 27 de marzo de 2014,
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Crónicas de un viaje a Bolivia. El viaje imperceptible

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Al final de un viaje se guardan muchas crónicas en el bolsillo. Aquí llegan las tres últimas: turismo extremo, I love Sorata y el viaje imperceptible

[span class=doc]Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores[/span]

Viajar es permanecer en un estado de constante alerta. El viajero busca lo imposible: nada debe pasar inadvertido. En una serie de crónicas de viaje, sin embargo, hay historias no contadas. El tiempo y el azar muchas veces confabulan para que el germen de una crónica se pierda bajo una bruma extraña que luego será olvido.

Así, para no ser como el replicante de ‘Blade Runner‘ – ese personaje que afirmaba haber visto cosas que nadie creería, pero que al no registrarlas se perdieron como lágrimas bajo la lluvia- rescato las últimas tres crónicas de esta saga.

Turismo extremo o el cuento de la tía
Parque Bolívar, Sucre. Media tarde. Quiero fotografiar una imitación de la torre Eiffel. Apenas pulso el botón de mi cámara, un par de muchachas gritan a todo pulmón: ¡Le sacó una foto a mi tía! ¡Tía, venga, le sacaron una foto!

La tía es una vendedora de globos rellenos con agua que se ha instalado muy cerca de la torre. La mujer se acerca y me dice que le pague por haberla fotografiado. De nada sirve explicarle que la fotografía fue sacada en un espacio público y que ella no era el objetivo del retrato. Seis mujeres furiosas me rodean. Exigen dinero o que borre la foto. A la turba se suma el marido de la vendedora, otro tipo con rostro de malas pulgas y un montón de niños con globos llenos de agua en las manos. Ya no puedo alejarme sin ser fusilado. De pronto tengo una idea: le pido a la vendedora que me entregue algo a cambio de mi pago. Acepta. Casi un dólar desembolsé por 10 minutos de adrenalina y una bolsa repleta de globos llenos de agua. Turismo extremo a bajo costo. Lo recomiendo.

I love Sorata
Sorata es un pueblo instalado al fondo de una quebrada. Para llegar a él se debe atravesar un manto de nubes y luego zigzaguear y zigzaguear hacia abajo en un camino a prueba de cobardes. En Sorata conocimos a Aldis, un norteamericano. Aldis trabaja durante seis meses. La otra mitad del año se dedica a viajar. Como estábamos en época de carnaval, el pasatiempo de Aldis era subir a la terraza del hotel y arrojar agua con un balde a los niños que pasaban por la calle. Aldis, con su elevada estatura, era uno más en la fiesta de Sorata. Debe haber empapado a unos veinte chicos que a los gritos le prometían venganza. Lo que no estuvo en los cálculos de Aldis fue la duración del carnaval: cinco días. Por tanto, en algún momento debía salir a respirar aire fresco.

Al cuarto día nos cruzamos con él en la plaza del pueblo. Su ropa mojada, el rostro sonriente y dando veloces zancadas. Una multitud de pequeños justicieros, armados con pistolas de agua, lo perseguía a corta distancia. ‘I love Sorata’, alcanzó a decirnos y luego desapareció en una esquina.

El viaje imperceptible
Pronto regresaré a casa y mi viaje a Bolivia sólo será un puñado de crónicas flotando en el ciberespacio.

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Hace un par de años escribí acerca la imperiosa necesidad de viajar. No tenía idea que realizaría un viaje como éste. Mi vida era distinta y el viaje era el mejor pretexto para escapar de un escritorio al que iba a estar amarrado durante más de 30 años. Un millón de soles han pasado sobre mi cabeza. El viaje, ahora, es un hecho concreto. Por eso aprendí que detrás de cada viaje hay un embrión que despierta cuando la aventura se acaba. Si pudiera, en una escena, explicar el momento en que ocurre tal fenómeno en esta historia, diría que el escenario es la ciudad de La Paz. Acababa de entrevistar al gigante Walter ‘Tataque’ Quisbert y un aguacero me sorprendió en plena calle. Marina iba a mi lado. De pronto me dice que este es el mejor viaje de su vida y luego intenta atrapar con la mano los granizos que caen desde la altura. En ese instante la ciudad se congela. Miro el cielo y veo las nubes. Nubes que me han acompañado desde el comienzo. Nubes pequeñas. Nubes como explosiones atómicas. Nubes que son puertas de entrada a pequeños paraísos. Entonces sé que el regreso a casa será transitorio. Son los primeros latidos del viaje imperceptible.


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3 Comentarios

  1. Anónimo 13/04/2010 en 20:01

    Sin dudas no será el último viaje.
    Ni el último viajero. Bacán haber conocido algo de Bolivia gracias a estos relatos.
    Redondo.

  2. Anónimo 30/03/2010 en 23:04

    Exelente Diego¡ Felicitaciones ¡Poetico final de viaje.

  3. Anónimo 30/03/2010 en 18:17

    Grande Diego!….magnifica narracion…ya me dan ganas de ir a Bolivia…
    Un abrazo

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