Jueves 27 de marzo de 2014,
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Crónicas de un viaje a Bolivia. En La Paz

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La Paz es un hervidero, tanto de día como de noche, que esconde fósiles, aparapitas y otras miles de sorpresas

[span class=doc]Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores[/span]

Un guía
Leo un párrafo del libro que compré en Sucre:

“No tuve tiempo de ser niño. Hay una pelota nuevita, guardada en algún rincón de mis recuerdos. Lo más lógico ha de ser que yo sea un niño cuando llegue a mi vejez. Para ella, es cierto, uno tiene tiempo de sobra. Presumo que ha de ser a los cuarenta y nueve años, pues si llego a los cincuenta me suicido…” Su autor, Victor Hugo Viscarra, falleció de cirrosis en 2006. Tenía cuarenta y ocho años.

El esqueleto de la ciudad son los mercados, los aparapitas, los basurales y todo lo que a un forastero le resulta invisible

Victor Hugo nació en La Paz. Amigo de prostitutas y delincuentes, su mundo eran las calles. En comisarías recibió golpes y su condena fueron el alcohol y el frío de la noche. Sin embargo, ante todo, Viscarra era un escritor. Y sus palabras siguen destilando sangre, vino, humo, vida. En sus memorias ‘Borracho estaba, pero me acuerdo’, elabora una clara radiografía de La Paz. El esqueleto de la ciudad son los mercados, los aparapitas, los basurales y todo lo que a un forastero le resulta invisible. Desde ahora Viscarra será mi guía.

Fósiles
“Cuando uno amanece caminando por las calles y recorriendo cantinas, a las seis y media de la mañana, puede ir a dormir por unas tres horas a San Francisco”, V. H Viscarra.

- El anillo no me importaba- me explica Marina apenas llegamos a la plaza San Francisco. – Sólo era un gesto. Tú nunca haces cosas en grande.- dice y luego se aleja rumbo a la Basílica que está a pocos metros.

Me quedo solo. Tan solo como la primera cana que aparece en una cabellera. La gente va y viene. Algunos duermen en el suelo. Un anciano se acerca. Me muestra una piedra ovalada. “Un fósil, amigo”, dice y abre la piedra en dos mitades. Surge algo que parece un pequeño ‘Alien’. Me indica un precio. No acepto. Rebaja la oferta. Le repito que no lo quiero. Otra vez el precio disminuye. El anciano se convierte en mi sombra. Entonces tengo una idea y lo compro al costo de una botella de Coca Cola.

Marina regresa. Partimos hacia el barrio de CalaCoto. Tras veinte minutos en furgón llegamos al Museo Nacional de Historia Natural.

Rubén Andrade es un geólogo paleontólogo. Fósiles por doquier hay en su oficina. Le explico mi historia. Rubén pone el fósil bajo una lupa que causaría la envidia de Sherlock Holmes. “Es un Trilosile Eldredgeia Venustus. Vivió hace unos 400 millones de años”, me aclara tras un par de segundos. Pienso hacer una colaboración al museo. El geólogo se da cuenta y sonríe. “Puedes quedártelo. Es una copia de arcilla”. Rubén explica que la venta de imitaciones resulta común en zonas turísticas de la ciudad. “Al menos te llevas un souvenir exótico”, me dice a manera de consuelo.

Dejamos a Rubén y partimos hacia el barrio Chino de la Paz.

Aparapita
“Todos los mercados de la ciudad tienen sus aparapitas, que se ganan la vida cargando bultos y atados”, V. H Viscarra.

Bajo y delgado, don Eulogio confiesa 52 años. Trabajó en la fábrica de refrescos ‘La Oriental’. Pero desde hace dos décadas su oficina es la calle. Aplastan el pavimento sus sandalias de suela de neumático mientras sube y baja trasportando mercaderías. Él es un aparapita: un cargador de cajas, bolsas, etc., cuya espalda es su principal arma de trabajo. Don Eulogio carga hasta 50 kilos. Como máximo recibe un dólar por viaje. Le pregunto por qué abandonó su antiguo empleo. “Por culpa de la bebida”, señala resignado y enseguida se excusa porque debe seguir trabajando.

Paseo nocturno
“La noche en La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre”, V.H. Viscarrra.

Aplastan el pavimento sus sandalias de suela de neumático mientras sube y baja transportando mercaderías (…) carga hasta 50 kilos. Como máximo recibe un dólar por viaje

Estamos en el hostal. En el lavadero del patio encontramos una pareja de suizos. Ella calienta agua y la arroja sobre sus prendas. Apenas hablan castellano, pero sí pueden decir: “¡Sarna de mierda¡”. Estuvieron en Venezuela y allí se contagiaron. “Cuando más pica es en la noche”, dice el suizo mientras enjuaga la ropa una y otra vez. De súbito quiero salir a dar una vuelta. Marina prefiere quedarse.

Camino por la avenida Murillo. Un mendigo escarba la basura que las peluquerías del sector botan cuando cae la noche. Sus manos son tentáculos apartando montones de pelo en busca de algo valioso. De pronto una pelea. “¡Carajo, venga para acá, carajo!”, grita un viejo sacándose la chaqueta. Se para al medio de la calle. Una gorda lo sorprende dándole un cabezazo. Al suelo el púgil. Aparecen otras cholas y la gorda recibe castigo. Luego, entre todas, se llevan al viejo.

Entro a un local. Observo la avenida mientras bebo una ‘Paceña’. La mesera se acerca.

- Se ve en sus ojos, usted tiene una preocupación más grande que Tataque.
- ¿Qué quién?
- Tataque Quisbert, un luchador, ¿no lo conoce?
- Ni idea- le digo.

Pago la cuenta y me despido. En el hostal, la pareja de suizos siguen lavando ropa. Marina duerme. A mi el rumor de la cercana calle no me deja conciliar el sueño.


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