Jueves 27 de marzo de 2014,
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Crónicas de un viaje a Bolivia. En las entrañas de Potosí.

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En la entrada del terminal, una placa metálica nos advierte: “Conserve este abrigo porque vale un Potosí”

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Marina camina ansiosa rumbo a la oficina de informaciones. Yo me quedo junto a los bolsos y observo la espléndida cúpula de acero que nos cobija. Inaugurado hace menos de un año, el terminal de buses de Potosí es el lugar donde mejor he apreciado los contrastes de Bolivia. Por un lado, su arquitectura moderna, el acceso a WIFI y los pulcros locales de las compañías de transporte. Y en la otra esquina una música tradicional rebotando en las paredes de la enorme construcción: ¡A Oruro, Oruro! ¡Villazón, Villazón! ¡A Cochabamba!… Son las voceadoras que, ataviadas con sus trajes típicos de cholas, compiten a los gritos para atrapar nuevos clientes.

Marina regresa. Nos alojaremos en el centro.

Durante siglos esta ciudad alimentó a toda Europa. De las profundidades del cerro Rico, inmensa mole que custodia Potosí desde lo alto, salía la plata que apenas llegaba a España se iba a manos de codiciosos financistas. La historia cíclica del mundo. Ahora, cuando esa fortuna se evaporó, la ciudad parece habitada por fantasmas que se mueven entre los rescoldos de un antiguo esplendor.

Marina busca nuestro anillo de compromiso. Yo la sigo tranquilo, pero en los muros de Potosí alguien ha pegado perturbadores anuncios como éste: “Varguitas ahora es cuando y…”. No entiendo nada. Entramos a una joyería. Ningún anillo es de su agrado. Pasamos enseguida por callejuelas que nos enseñan el nuevo referente de la ciudad. Potosí ya casi no tendrá plata, pero las tortas de crema se venden en todas partes.

Marina entra a una y a otra joyería. Mientras la sigo no sé por qué retrocedo en el tiempo y me convierto en un orfebre inca obligado por los españoles a trabajar en las minas del cerro Rico. La espalda se me encorva. Respiro el aire viciado. Mis músculos estallan. Mastico hojas de coca para evadir mi pesadilla.

- Marina, no compres el anillo- le digo de golpe.
Ella me observa sorprendida.
- ¿Qué?
- Me siento asfixiado.
- ¿Asfixiado de qué? Si ya lo habíamos conversado.
- No. Tú lo decidiste de antemano.
- ¿No me amas?
- Sólo quiero un poco de tiempo.

Entonces siento como si algo se rompiera. Marina guarda silencio. A lo lejos suenan las campanas de una de las innumerables iglesias que existen desde la época colonial.

En el hostal averiguo que el otro Vargas, el de los anuncios, es un candidato a alcalde del ‘Movimiento Sin Miedo‘. Bromas del destino. Marina me ha dicho que desde ahora el viaje queda en mis manos y si quiero reparar el desaguisado debo realizar cosas en grande. Después de eso no cruzamos palabras.

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Sobre el autor

1 comentario

  1. Anónimo 14/04/2010 en 10:50

    Excelente

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