Miércoles 07 de diciembre de 2016,
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Crónicas de un viaje a Bolivia. Navegando por el Titicaca

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En el lago Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, se puede disfrutar de una agradable comida comunitaria y conversar con sus habitantes

[span class=doc]Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores[/span]

– ¿Qué le parece el Titicaca?- le pregunta Edgard a Marina mientras avanzamos por el lago a bordo de una balsa de totora.

– Hermoso.

Luego, el hombre detiene la embarcación y de improviso se dispara un pájaro desde el agua rumbo al cielo. “Es un pato buceador”, dice con voz segura. Edgard es nuestro guía.

Estamos en Sahuiña y a Edgard lo conocimos al entrar al pueblo, porque apenas llegamos nos invitaron a un ‘Aphati’ o comida comunitaria. Me explico: si los habitantes se reúnen a efectuar un trabajo o deben parlamentar alguna decisión, de manera previa se sientan entorno a los alimentos que han traído. Allí están las papas, el chuño, las habas y el maíz para que todos compartan. El motivo de este ‘Aphati’ era continuar con el curso de capacitación que realiza la ONG red de turismo comunitario. Edgard Kantuta, el más locuaz de los alumnos, se convirtió así en nuestro guía turístico.

Si los habitantes se reúnen a efectuar un trabajo o deben parlamentar alguna decisión, de manera previa se sientan entorno a los alimentos que han traído

Al poco andar, Edgard nos cuenta parte de su vida y sabemos que a los 8 años acompañaba a su madre a vender artesanías a Copacabana. En esa época, 30 años atrás, sólo llegaba un ‘pullman’ al conocido balneario. Hoy está lleno de artesanos, hippies y turistas. Por eso, tan pronto como llegamos a Copacabana, decidimos buscar un lugar más tranquilo y arribamos a Sahuiña, ubicada a pocos kilómetros.

– ‘Titi’ significa gato y ‘caca’ es lo que hacen los gatos después de comer. La parte de Titi es para los bolivianos. La caca es para el Perú.- señala Edgard y enseguida se ríe por su manera distinta de explicar que el dominio del lago pertenece a ambos países.

La balsa de totora viaja a ras de agua. Marina se ha sentado al otro extremo para equilibrar la embarcación y no darnos vuelta. Parece una metáfora de nuestro estado actual. Vivimos una tregua. Acordamos que debo sorprenderla en lo que resta del viaje y así ella olvidará el traspié del anillo.

Edgard rompe el silencio y nos cuenta que antes se podía alojar en las islas artificiales. Ahora, en virtud del descenso del nivel del agua, el suelo de las islas se ablandó y deberán reforzarlo para que vuelva a ser fuerte como el de una balsa. Intrigado, le pregunto hasta cuántos kilos soporta nuestra embarcación. Me dice que aguanta mucho, incluso una vez transportaron a un australiano muy alto y gordo, casi tan grande como Tataque.

Otra vez el nombre del gigante. Le pregunto si lo conoce. Me dice que cuando era niño su hermano le dijo que recién había visto a un tipo enorme y robusto: un boxeador que bailaba en el carnaval. Él no le creyó. Caminaron entremedio de la gente hasta que su hermano lo dejó frente a Tataque. El miedo recorrió su espalda al ver su desorbitada estatura. Tataque se encorvaba para saludar a los presentes. Esa imagen no ha podido olvidarla. Hace un año, el gigante de 2 metros 20 estuvo en Copacabana. Edgard llevó a su hijo a conocerlo. El niño se quedó mudo de impresión cuando el coloso estrechó su mano. “Seguro tenía la misma cara de susto que yo puse hace ya tantos años”, dice Edgard. Al terminar de escucharlo sé que nuestro viaje ha cambiado de rumbo. Buscaré a Walter ‘Tataque’ Quisbert. Es tiempo de hacer cosas en grande.


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2 Comentarios

  1. Anónimo 13/03/2010 en 16:58

    Me olvidaba, qué ganas de conocer a Tatake, cuando viene?

  2. Anónimo 13/03/2010 en 16:57

    El personaje de Marina, así como de costadito y en silencio, le da algo a los relatos que no puedo definir, pero sin su presencia no serían lo mismo.
    Cada vez mejor, altísimo nivel.

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