Viernes 11 de abril de 2014,
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Crónicas de un viaje a Bolivia. Rumbo a Uyuni

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Un viaje de diez horas a bordo de dos autobuses unen los 400 kilómetros que separan Calama de Uyuni, primera parada boliviana

Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores

- ¡Joven Hernán, joven Hernán…se caen los paquetes y el dueño no hace nada!

Quien grita es la mujer del último asiento. Varias cajas han llovido sobre su cabeza. Estaban en el porta equipajes interno, pero el bamboleo del autobús hizo que la despertaran de tan mala forma. El joven Hernán, por cierto, debe andar cerca de los 40 años y es el ayudante del conductor. Al principio se hace el desentendido. La mujer insiste. De seguro no es la primera vez que viaja desde Calama a Uyuni, porque llama a Hernán con familiaridad, como si fuera su sobrino. Hasta que Hernán ya no puede hacerse el sordo. “¿Qué pasa?”, le grita desde su puesto estratégico al lado del chofer. La mujer explica que las cajas le han sacado chichones en la testa. El joven Hernán se ofusca y pregunta por el propietario de los bultos. Silencio. Hernán insiste. Todos mudos. El ayudante amenaza con botar las cajas a la vera del camino, pero luego piensa y le dice a la mujer que no puede hacer nada: le es imposible llegar hasta el final del autobús. Y tiene razón ya que en el pasillo, sentados en taburetes de plástico o tumbados en el piso, van un montón de pasajeros durmiendo o intentando dormir (al menos hasta el episodio de las cajas).

Los pasajes nos costaron 18 dólares y al comprarlos con un día de antelación recibimos un trato VIP: derecho a usar los asientos

Las cifras: llevamos una hora arriba del autobús. El trayecto hasta Uyuni es de unos 400 kilómetros y durará 10 horas. Partimos a las 6 de la mañana desde Calama. Los pasajes nos costaron 9 mil pesos chilenos cada uno (18 dólares aprox.) y ya que los compramos con un día de antelación recibimos trato VIP: tenemos derecho a usar asientos.

Al final la mujer resuelve el problema por su cuenta y las cajas van a dar al pasillo. Marina me dice que somos afortunados y apunta hacia los asientos de adelante. Tres brasileras, con sus traseros tipo garota de Ipanema, de milagro logran apretujarse en el espacio destinado a dos personas de tamaño normal.

A nuestra izquierda va una pareja de chilenos. Él se ha sentado al lado de la ventana y ella duerme cobijada por su bolsa de dormir. Lo que no sabe el amigo chileno es que pronto deberá acatar las órdenes del joven Hernán. En efecto, cuando el camino presenta demasiado polvo, el que siempre se cuela al interior de la máquina, Hernán cumple otra de sus funciones: pedir a los gritos que se abran las ventanas para que circule el aire. Y el chileno se ganó el premio gordo, porque su ventana es la única que se puede abrir.

Atrás de nosotros van dos japoneses que no entienden nada. En algún momento del viaje el joven Hernán se les acercará para decirles que guarden sus pasajes y tras un breve tira y afloja idiomático murmurará: “estos no entienden ni jota”. El resto de los pasajeros son bolivianos.

El viaje es cansador, sin embargo, a medida que ascendemos por la cordillera de los Andes, en dirección al paso fronterizo de Ollagüe, el paisaje se torna majestuoso y lunar. Mientras miro por la ventana me dan ganas de ser como Armstrong, el primero en pisar ese suelo virgen de arena y piedras. Y Hernán se encarga de cumplir mi sueño: avisa que la máquina hará una detención para que los pasajeros evacuen las vejigas. Marina prefiere ir a un baño de verdad, por eso se aguanta. Yo bajo y respiro el aire puro de las alturas. Cuando quiero avanzar hacia la diestra del camino Hernán me advierte: “a la derecha las mujeres, los hombres van al baño a la izquierda”. Luego de hacer mis necesidades saco algunas fotografías y retorno al autobús. Intento subir, pero bloquea la entrada la misma señora gorda que al comienzo del viaje ofrecía sus servicios de cambio de dólares y/o pesos chilenos por bolivianos (la moneda de Bolivia). La mujer, quizás por creer que ha extraviado parte de sus ganancias en el improvisado baño, cuenta y recuenta un fajo de billetes hasta que Hernán le ordena avanzar o hacerse a un lado.

Ascendemos por la cordillera de los Andes en dirección al paso fronterizo de Ollagüe, el paisaje se torna majestuoso y lunar

La máquina alcanza la aduana chilena. Hernán, de manera previa, nos ha pedido los documentos o pasaportes. Ahora, frente a la ventanilla de la policía de investigaciones, nos hace formar en fila a medida que lee nuestros nombres y apellidos anotados en una planilla. Cuando llega el turno de los japoneses a trompicones intenta pronunciar sus nombres (lo que provoca la risa de los presentes), pero Hernán soluciona el percance invitando a los asiáticos a unirse a la fila con señas de mano. Por suerte, no hay revisión de bolsos (el vehículo va cargado hasta en el techo) y el trámite es rápido.

Retornamos a la máquina y pronto avanzamos por una planicie a más de tres mil metros de altura. En medio de ese paisaje, Hernán nos avisa que haremos transbordo de autobús. Al parecer el chófer no tiene permiso para conducir en suelo boliviano. Sin embargo, no hay que preocuparse, porque otra máquina nos espera a unos kilómetros. Entonces Marina me recuerda que por suerte me obligó a comprar el pasaje directo a Uyuni, ya que también vendían, a precio más económico, otro que nos dejaba en Ollagüe, es decir, en medio de la nada.

Es efectivo, otro microbús nos espera. Un montón de pasajeros que hacen el trayecto al revés, desde Uyuni a Calama, aguardan ansiosos a un costado del camino. Casi no alcanzamos a bajar cuando toda esa tropa ingresa a nuestra máquina en pos de los asientos. Afuera comienza la carga y descarga de bolsos, mochilas y cajas que pasan de un autobús a otro. Y adivinen quién dirige el operativo desde el techo de nuestro antiguo transporte: sí, es el joven Hernán, que anuda la mercadería a una improvisada polea para que ningún bulto termine desbaratado en el suelo.

Poco antes de partir, Hernán se despide de todos. Él regresará a Chile. Ahora una señora mal genio velará por el buen orden del viaje. Hernán nos advierte que conservemos los boletos. Los japoneses lo miran y tal como lo anticipé, no entienden ni jota. Marina me dice que le demos un aplauso de despedida, pero yo no me animo. Hernán se va sin fanfarrias ni gloria. Sólo hizo su trabajo.

Continuamos el viaje. Pasamos por la aduana de Bolivia y 21 bolivianos (3 dólares aprox.) me cuesta ingresar al país.

Me acuerdo de que don Manuel me dijo que la puna (mal de altura) era psicológico (…). Los 3.676 metros de altura de Uyuni me reciben con un abrupto dolor de cabeza

Desfilan las horas e intento dormir, pero cada vez que cierro los ojos me falta el aire. Me acuerdo de don Manuel que me dijo que la puna era algo psicológico. Miro a mi lado y el chileno encargado de la ventana está pálido y nervioso (parece que también debería visitar al psicólogo). Marina me habla de sus planes en Uyuni y de cómo será el anillo que compraremos en Potosí. Ella tiene el don de la organización obsesiva en la sangre. Yo apenas puedo escucharla. Le explico los males que me aquejan. Marina me dice que mire dos asientos más allá: una niña boliviana juega con una pelotita mientras permanece en los brazos de su madre. Luego me dice: “Si a ella no le pasa nada, no sé por qué tú te quejas”. Yo miro a las brasileras, que hablaban y hablaban, y ahora parecen sujetas a un voto de silencio. Luego observo hacia atrás y uno de los japoneses está con la cabeza pegada a las rodillas; el otro, tiene la mirada pérdida. Marina sigue hablando y yo sólo me concentro en el paisaje: pasan las montañas, piedras y manchones de algo verde tipo pasto. No sé cómo me quedo dormido.

Despierto en la entrada de Uyuni. El autobús se detiene en un lugar que parece el centro. Apenas se abre la puerta todos se abalanzan. Nosotros preferimos salir los últimos. Botellas vacías, envoltorios y cáscaras de fruta yacen en el piso como testigos finales del viaje. Cuando bajo, los 3.676 metros de altura me reciben con un abrupto dolor de cabeza. Bienvenido a Bolivia. Todavía tenemos que buscar alojamiento antes que anochezca.


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4 Comentarios

  1. Sergio Henriquez 11/01/2013 en 3:42

    Jajajajajja
    pretendo hacer este viaje y lo encontré buscando información, que relato mas entretenido!
    muchas gracias!

  2. Anónimo 03/04/2010 en 16:35

    El viaje sigue a paso decidido, muy real,muy desde el narrador.

    Me entró algo de morbo al pensar en las imágenes del baño a la izquierda y derecha bajo el desierto. Cuales habrán sido las necesidades del escritor?

  3. Anónimo 23/03/2010 en 21:08

    Nunca habria pensado lo interesante que podria ser un viaje a Bolivia, me gusta el espiritu aventurero.

  4. Anónimo 12/02/2010 en 22:21

    Alucinante… o alunizante?
    Gran relato x ahora, la muñeca se va soltando, dan ganas de escribir, de ir a Bolivia, de jugar ping-pong con los japoneses.

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