Lunes 05 de diciembre de 2016,
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Cuando la historia popular se queda sin memoria

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El pueblo riojano de Cornago se apiña sobre una ladera

Es como si los pueblos y las aldeas
entraran en una demencia que les fuera dejando sin identidad

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Vista del castillo de Cornago desde el barrio antiguo
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La Iglesia de Cornago y sus campanas

La materia de la memoria son los recuerdos y su lugar, las personas.
Pero hay pueblos que se van quedando sin gentes. Con cada nueva baja,
se borra un pedazo de su historia. Es como si los pueblos y las aldeas
entraran en una demencia que les fuera dejando sin identidad. Por eso,
me agarro a testimonios como el de Amado. Cuando quiere destacar lo
importante que fue su pueblo, recuerda. Entonces dice : “aquí en
Cornago ha llegado a haber veintidós mil cabezas de ganado y tres mil
vecinos”. Ahora apenas suman ochocientos.

Me lo encuentro volviendo
del huerto. Pequeño, delgado, piel morena acartonada por el sol -es un hombre
de campo-. Juega con el azadón mientras charlamos.

 

Me enseña la cantidad tremenda
de alubia verde que hay este año.
“He estado arando esta
mañana; ¿quiere verlo?”

Me lleva a otro pedazo de
tierra más alejado. “¿Ve los surcos? -se enorgullece- los he hecho con el burro”.

Tiene ochenta y cuatro
años. Vive solo -“aquí no estamos más que jubilados”- pero estos días tiene en
casa a un nieto de Logroño. “El número uno en su promoción de ingeniería
industrial”, y me lo cuenta apuntándose otro tanto.

La huerta de Amado está
cerca de la ermita de San Blas, el santo protector de las gargantas. En
Cornago, el seis de febrero, San Blas, se colocan un cordón rojo bendecido
alrededor del cuello para protegerse de anginas, faringitis y resfriados.

Es la de San Blas una
ermita románica, recién restaurada. “Dicen que fue la sinagoga, ya sabe -me
aclara Amado- la iglesia de los judíos; cuando metimos la conducción del agua,
descubrimos un montón de cadáveres. Yo ví -testifica con contundencia- los
esqueletos enteros”.

Mientras lo narra guiña un
ojo, por el sol, y me fijo en su nariz corva: ¡parece judía¡, tal vez lo sea.
Si aquí estuvo el barrio de los judíos no es descabellado pensar que esté ante
uno de sus descendientes.

Nada más despedirme de
Amado empiezan a tocar las campanas. Me agradan, pero pronto me despiertan la
curiosidad, porque no cesan de repicar. Descansan un momento y vuelven a
comenzar, una y otra vez.

Una cornaguesa sale de su
casa. “¿A qué tocan las campanas?” -le pregunto- “A muerto -me dice- traen de
Logroño para enterrar a un vecino que ha sido guarda forestal”.

Me lo encuentro volviendo
del huerto. Pequeño, delgado, piel morena acartonada por el sol -es un hombre
de campo-. Juega con el azadón mientras charlamos.
había un vecino al que se le pagaban 68 reales
al año, en el siglo XVIII, para que “tocase a nublado”, si se daba el caso
En el castillo ya se elaboraba rioja. Da prueba de ello la bodega que han
dejado al descubierto las excavaciones (…) Bajo la tierra, no hay
ruido, ni vibraciones, la temperatura y la humedad son constantes y eso le
encanta al vino

La iglesia parroquial de
San Pedro, donde será el funeral, está en lo alto del pueblo. Mientras asciendo
entre callejuelas aprecio que el ritmo y el sonido , sin ser lúgubres, anuncian
tristeza. Hubo un tiempo en Cornago que a campanadas se avisaba de casi todo.
Lo más temido eran los nublados; había un vecino al que se le pagaban 68 reales
al año, en el siglo XVIII, para que “tocase a nublado”, si se daba el caso. Al
escucharlo, los cornagueses que estaban en el campo sabían que debían regresar
a casa si no querían que les sorprendiese la tormenta.

Mucho más agradable debía
resultar la llamada del campanario del convento de Campolapuente. Lo veo a lo
lejos, en ruinas. Cada día, a golpe de campana, los frailes advertían de que el
rancho estaba preparado para quienes no tenían otra cosa que llevarse a la
boca. Pura caridad franciscana.

Lo más llamativo de Cornago
es su castillo. El caserío trepa  por las
laderas del cerro hasta llegar a la cumbre que coronan la iglesia y a su lado,
el castillo. Tiene cuatro torres, todas distintas. Y un color dorado que se lo
da la caliza y que alimenta ensoñaciones. Vaciaron el interior en el siglo XIX
para usarlo como cementerio municipal. Ahora ya no es camposanto y las labores
de restauración dan bastantes pistas de lo
que fue aquella vida palaciega de la familia de los Luna, sus propietarios, y
me viene a la cabeza Benedicto XIII, el Papa Luna, y el Condestable de
Castilla, don Álvaro de Luna, miembros ilustres de esa familia. ¿Quizá algún
día se pasaron por el castillo?

El suelo empedrado dibuja
espigas que suman siglos. Y es fácil imaginar el sonido de unas rodadas contra
la piedra, las de cualquier carro saliendo del castillo; quizá cargado de vino.
En el castillo ya se elaboraba rioja. Da prueba de ello la bodega que han
dejado al descubierto las excavaciones. Está el lagar donde se pisaban los
racimos, y de ahí el zumo caía a otra pila de piedra más abajo, para en ese
viaje gravitatorio irse desprendiendo del hollejo.

Y luego, las escaleras
talladas en la roca para ir descendiendo hacia las entrañas de la tierra: es la
bodega, el calado o “calao”, simplemente, como llaman en esta tierra del vino a
las oquedades que se excavan para conservar los caldos. Bajo la tierra, no hay
ruido, ni vibraciones, la temperatura y la humedad son constantes y eso le
encanta al vino. La paz que almacena un “calao” aún se advierte en la bodega
del castillo. Hay unos bancos de piedra donde se apoyaban las tinas y barricas
y donde seguramente se sentaron algunos hombres del castillo para velar los
procesos por los que el mosto acaba en vino, y para tomarse un trago cualquier
tarde en la que apeteciera charla y compañía.

Me vuelvo a acordar de
Amado, el hombre del huerto, con el que charlé al principio. Lo imagino de niño
jugando a caballeros y vasallos, trepando por los lienzos de la muralla y
alimentando fantasías.  Y lo intuyo por
el gesto infantil con el que me apercibió cuando le dije que iba al castillo:
“Dicen que hay un túnel que atraviesa el pueblo para que escapara el señor del
castillo en caso de asedio”. Yo tampoco lo encontré. Pero sí descubrí un
tesoro: el que guardan algunas memorias y que en un desafío, seguramente
idiota, trato de conservar entre estas líneas.

 

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Sobre el autor

8 Comentarios

  1. Anónimo 23/10/2008 en 14:06

    Da gusto leer estas lineas
    Me he quedado super enganchado leyendo este articulo .Creo que gracias a tu articulo eres capaz de transmitir ese encanto que tienen los pueblos .Ya tenemos una nueva excursión a donde ir .

    • garbi_44 24/10/2008 en 10:26

      Gracias, Axier…¡¡¡¡Me has alegrado el día¡¡¡
      Si vas a un pueblo y te encuentras a alguien de la pasta de Amado te garantiza ya una historia interesante. Muchas gracias, de verdad.

  2. Anónimo 15/10/2008 en 11:29

    Muy bonito el artículo Garbiñe
    Soy de Cornado, pero no es éste el motivo por el que digo que me gusta tu artículo. Muy bien escrito, con mucha sensibilidad, y ésta no puede tener otro origen que la mirada de la persona.
    Muy bien.

    • garbi_44 15/10/2008 en 13:27

      Muchísimas gracias por tus palabras Jesús M.
      Así da gusto escribir historias. Me encantan los pueblos, sus gentes y sus cosas. Es otra manera de mirar el mundo y la vida. Gracias, de nuevo.

      • Anónimo 16/10/2008 en 1:11

        De nada.
        A mí hasta me gusta visitar pueblos abandonados. Observar las estructuras de las casas (las bajeras para los animales con los que convivían las personas; los altos para guardar las cosechas, etc…), los alrededores…
        Por ejemplo, en Cornago muchas veces me sorprenden los cientos y cientos de terrazas para el cultivo, hechas en los montes que lo circundan, a mano (con la azada); muchas de unos pocos metros cuadrados, para conseguir tal vez unos pocos fajos de trigo para pan, o unos sacos de patatas para subsitir…Todas las implicaciones económicas, sociológicas, etc… que podemos intuir…

        Vale, gracias a ti por tu artículo, no meto más el rollo. Y sigue contándonos más experiencias de otros viajes.

  3. Anónimo 15/10/2008 en 2:50

    Es triste el abandono de los pueblos para buscar una !vida mejor!.
    Hoy en dia que se busca la calidad de vida,tal vez se encuentre en estos lugares.

    Me has puesto el gusanillo para visitar el pueblo

    • garbi_44 15/10/2008 en 13:24

      Merece una visita. Tiene una belleza distinta.
      La luz y el cielo son muy hermosos y hay una fuerza telúrica muy intensa.

  4. Anónimo 14/10/2008 en 12:13

    k bonito es mi pueblo jeje
    AUPA CORNAGO Y LA VIRGEN DE LA SOLEDAD

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