Sábado 01 de octubre de 2016,
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Cuatro supervivientes de la tragedia camboyana

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Camboya vivió el pasado lunes la peor tragedia desde la época de terror de los jemeres rojos. Centenares de camboyanos perdieron la vida en un día donde todo el país celebraba con ilusión la festividad más importante del año

Camboya. Muchos no podrán contar nunca los momentos de pánico que se vivieron en la tarde del pasado lunes en el puente que conecta con Diamond Island. Otros sin embargo, solo quieren dejar de soñar con esos instantes en los que la diosa fortuna los escogió para seguir viviendo.

Es el caso de Peoom, un joven de 18 años que me afirma desde su cama del hospital: “la gente empezó a tener pánico cuando se escucharon los primeros rumores sobre el posible derrumbe del puente”. Peoon llegó con su familia a Phnom Penh desde su provincia natal de Kampong Cham el pasado viernes para disfrutar de unos días de diversión. En la tarde del jueves se acercó hasta Diamond Island para disfrutar de la música que dice, tanto le gusta. Pocas horas después, volvió a nacer. “Cuando todo empezó, me quedé atrapado en medio de mucha gente, mientras luchaba por mi vida vi a muchas personas morir, por fortuna había un hueco entre todos por el que pude escapar de la montaña humana que me rodeaba y saltar al agua desde el puente, allí estuve una hora intentando nadar como podía, aunque ya no me quedaban fuerzas. Como pude localicé a mi padre, quien no había ido a esta zona, pero cuando me vio yo ya había perdido la consciencia. Lo siguiente que recuerdo es levantarme en esta cama de hospital dando gracias por seguir vivo”, nos cuenta Peoon, con voz extenuada a causa de los graves problemas respiratorios que sufre desde el pasado lunes. Nadie del hospital le ha dicho cuando podrá volver a su casa. “Murieron muchas personas porque no había policías suficientes para ayudarnos”, concluye Peoon.

A pocos metros, me encuentro con otro de los supervivientes de este lunes negro, se llama Monlam y tiene 19 años. Ella y diez amigos llegaron el pasado sábado a la capital desde la provincia de Takeo. Con símbolo inequívocos de extenuación nos cuenta como estaba en la mitad exacta del puente cuando todo pasó, “me aplastó literalmente la gente, en unos minutos, los cuerpos de los demás, apilados uno sobre otro, me llegaban por encima de la cintura, mi hermano que estaba a unos metros, pudo tirar con mucha fuerza de mí y sacarme del montón, fue ahí cuando mi pierna se rompió. Yo estoy bien, pero nunca podré olvidar a mi amiga que murió a tan solo un metro de mí“. Justo en esos momentos, su madre aparece en la habitación con cara de pocos amigos y me invita a cerrar la puerta, me susurra mientras mira sin parar en todas direcciones que “el hospital solo proporciona un plato de arroz al día a los heridos, si mi hija no paga la operación de la pierna, probablemente la perderá, porque estoy segura que nadie del Gobierno nos pagará al final las cantidades acordadas. Si es verdad que muchas personas están donando dinero, por qué no pueden ayudar a mi hija. Nosotros somos muy pobres y no tenemos dinero”.

En una habitación contigua a la de Monlam se encuentra Vannack, un huérfano de 28 años de la provincia de Kampong Cham, quien me recibe mostrándome sus “heridas de guerra”. En pocos momentos, más de diez personas se aproximan hasta la estancia del hospital donde me encuentro, son todos familiares de los ingresados, y han decidido hablar conmigo sin miedo. En ese instante, Vannack saca un sobre del bolsillo con el emblema de la Cruz Roja camboyana que contiene 50.000 rieles (unos 10 euros aproximadamente). Nos cuenta Vannack que “este es todo el dinero que voy a ver de ese millón de rieles que el Primer Ministro ha prometido, estoy seguro, al final a nosotros los pobres siempre nos mienten. No sé que es lo que me pasa, los doctores no dicen a los pacientes las enfermedades, se limitan a llegar, escribir un papel, y darme dos amoxicilinas y dos paracetamoles para todo el día. Además de los 50.000 rieles, el Gobierno me ha dado 30 sobres de noodles, 12 botes de leche y una bolsa de sal. De lo que pasó en el puente prefiero no hablar, porque cuando recuerdo lo vivido allí me pongo muy triste”.

No me hizo falta esperar mucho tiempo para comprobar que la comida no provenía del Gobierno, si no de organizaciones cristianas, quienes al mismo tiempo se sentaban al lado de los pacientes para contarles la importancia de recibir a Dios en estos momentos en sus vidas.

Litha, la cuarta superviviente que me encuentro en mi vista al ‘Hospital de la amistad ruso-jemer’ de Phnom Penh, yace sola e inconsciente en una habitación, con una bolsa de hielo sobre el pecho para, según el doctor que la atiende, ayudarla a respirar mejor. Varios días después de la tragedia, Litha sigue a la espera de que algún familiar venga a buscarla.

Éstas son solo cuatro historias de cuatro chavales que solo querían divertirse. Cuatro seres humanos que el lunes volvieron a nacer. Cuatro mentes que nunca olvidarán los minutos de horror que vivieron en el ‘puente de la muerte’.

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