Lunes 07 de abril de 2014,
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Danubio Azul

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Un lugar y una historia paradójicos, donde lo que corre dista mucho de ser el agua del gran río europeo

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Foto: César Alfonso

María Teresa grita desde la piedra del
ahorcado, y Rosa y Gilberto miran hacia arriba y sonríen. Ya sus rostros de
niños madurados a la fuerza no se sorprenden y sus gestos no reniegan. Saben
que deben volver a subir los 300 metros desde la falda de la escarpada montaña,
rodearla, serpentear entre pedriscos y polvo, recoger los destartalados baldes,
dos cada uno,  espantar las muestras de
cariños de sus cuatro perros que parados en sus patas traseras son mucho más
altos que ellos y regresar por el mismo camino a donde escucharon que su mamá
los llamaba.

María Teresa Moncada es uno de los miles de
habitantes de la localidad de Usme, en Bogotá, D.C. Llegó a este deprimido
sector porque, como ella misma dice “A una la va llamando la voz de Dios,
entonces toca ir acercándose al cielo”

María Teresa Moncada es uno de los miles de
habitantes de la localidad de Usme, en Bogotá, D.C. Llegó a este deprimido
sector porque, como ella misma dice “A una la va llamando la voz de Dios,
entonces toca ir acercándose al cielo” y sonríe dejando ver los pocos dientes
que le quedan aunque es una mujer aún joven. La verdad es que María Teresa es
parte, es triste decirlo así, de la cifras de desplazados que provenientes de
remotos lugares del país buscaron refugio en la capital y ahora deben
sobrevivir “a empujones”.

Aunque el barrio ya está legalizado, la
mayoría de las zonas aledañas no cuentan con los servicios públicos básicos y
muchos, especialmente mujeres y niños, bajan a abastecerse de agua a un barrio
cercano

Su predio no es legal: “solo me vine con los
pelaos y construimos el ranchito en un pedacito que no estaba ocupado, luego
don Víctor nos regaló las tejas de cinc y ahí vamos, ya tenemos hasta patio
trasero” (muestra un espacio de unos 2 metros cuadrados, cercados con trozos de
sillas y botellas plásticas). Por supuesto, no cuenta con servicios públicos,
como la mayoría de sus vecinos. “La luz 
(energía) no es tan importante porque tampoco hay qué conectar” (suelta
una gran carcajada). “Yo creo que si no fuera por el agua esto sería hasta
bonito ¿no le parece?”.

 

Aunque el barrio ya está legalizado, la
mayoría de las zonas aledañas no cuentan con los servicios públicos básicos y
muchos, especialmente mujeres y niños, bajan a abastecerse de agua a un barrio
cercano, donde han descubierto una tapa en el piso que levantan para luego
lanzar los baldes atados a un largo lazo y como pescadores del mar Caribe
recogen su atarraya con la rica carga.

Por supuesto, nada es fácil aquí, la
corriente de aguas subterráneas que nadie sabe si son limpias o no, aunque “se
ve blanquita, como agua pura”, también es usada por decenas de taxistas que
aprovechan el lugar para lavar sus carros. La fila entonces se alarga cuando
ellos están allí y la romería es interminable, día y noche.

Rosa y Gilberto esperan atentos a que les
presten los recipientes que nadie sabe de quién son pero que siempre están
dispuestos para quien los quiera utilizar, es un rito conocido, familiar.
Lanzan la red, hacen una serie de eses con la cuerda, esperan uno segundos,
recogen y vierten el líquido en sus baldes raídos por el tiempo y el trajín,
cuyo fin primero fue contener pintura para alguno de los albañiles que
parecieran ser mayoría en Danubio Azul.

La paradoja

Los niños llegan cansados, “colorados” y
sudando. María Teresa recibe el agua, la acumula en una batea construida con la
mitad de un tanque de metal y comienza a lavar unas camisas

Danubio Azul debería ser la acepción de
paradoja. No es el enorme río que recorre Europa, ni el célebre vals de Johann
Strauss, ni esto es Viena. Es simplemente un triste barrio perdido en una desordenada
pendiente con más problemas que soluciones, con la mayor tasa de homicidios de
la Localidad de Usme y donde la gente sobrevive del “rebusque”, que no es otra
cosa que vivir el día a día con la esperanza de poder comer.

Una vez más los niños bajan la
pendiente, Gilberto se resbala y cae. María Teresa finge un dejo de desinterés
por lo ocurrido y grita mirando para otro lado:” ¡No es que ahora se vaya a
caer de para arriba porque pierde el viaje y se termina de tirar el balde!”

¿Y qué es el agua para usted? Mi pregunta de
periodista imbécil. Y la respuesta que parece un lugar común no es otra cosa
que la verdad profunda: “para mí el agua es vida”. María Teresa –y la paradoja continúa-
nació en Buenaventura, frente al mar Pacífico, en las costas colombianas, fue
pescadora como su papá y abandonada, como su mamá. Gran nadadora de aguas
pesadas, de mil ríos por todo el país, que recorrió de la mano de algún amor y
que “por fortuna solo me hicieron 2 pelaos”.

Antes de llegar a Bogotá vivió en Puerto
Leguízamo, a orillas del caudaloso río Putumayo, allí, recuerda, “lavaba la
ropita en el río, no porque no tuviera lavadero en la casa sino porque me
gustaba el aire libre y por la mañanas pasaban las bandadas de loritos y ni me
daba cuenta a qué horas terminaba”.

Los niños llegan cansados, “colorados” y
sudando. María Teresa recibe el agua, la acumula en una batea construida con la
mitad de un tanque de metal y comienza a lavar unas camisas. “La gente no sabe
lo que tiene, yo con este tris de agua lavo toda la ropa y hasta me sobra para
espantarme los zancudos de las piernas” (una vez más suelta su carcajada).

“Para comer toca hervirla bien porque dicen
que eso trae hasta mierda pequeñita pequeñita”. Una vez más los niños bajan la
pendiente, Gilberto se resbala y cae. María Teresa finge un dejo de desinterés
por lo ocurrido y grita mirando para otro lado:” ¡No es que ahora se vaya a
caer de para arriba porque pierde el viaje y se termina de tirar el balde!”.

Soñando con un grifo

El sueño de María T, como dicen sus vecinos,
es tener un grifo pegado en la pared, por donde salga agua de vez en cuando,
pero ni siquiera se percata de que su rancho 
no cuenta con un muro, son cuatro latas metálicas que antes fueron tejas
de alguna verdadera casa. No quiere ir a Europa, conocer al Presidente o
conquistar un nuevo amor (“claro que si se puede…”), quiere que sus hijos dejen
de bajar y  subir con los benditos baldes
que dibujan hormiguitas de agua por la endiablada ruta. Y dejar de hacerlo
ella, que se encarga del trabajo cuando los pequeños están en el colegio.

María Teresa Moncada no sabe y quizá tampoco
le interese saber, que su país está entre los que poseen mayor cantidad de agua
potable y más ríos

María Teresa Moncada no sabe y quizá tampoco
le interese saber, que su país está entre los que poseen mayor cantidad de agua
potable y más ríos; qué le va a interesar si a ella no le toca nada. Si tuviera
un muro y en ese muro hubiese un grifo y de ese grifo brotara agua, la vida
sería diferente. Podría dedicarse a otras labores o incrementar el tiempo en su
jornada de trabajo vendiendo toallitas para manos en las esquinas de los
semáforos. Posiblemente se sentaría, más tranquila, en la piedra del ahorcado a
ver a sus hijos jugar o les contaría cómo se tiene equilibrada una canoa
mientras se lanza la atarraya y mil historias del mar, del río Putumayo y sus
magníficos delfines rosados que por allá llaman bufeos, del caimán negro, de la
enorme danta que gira sobre sí misma cuando nada, de cómo Dios creó el río
Putumayo…Rosa abriría sus enormes ojos con sorpresa y Gilberto lo pondría todo
en duda.

El agua es vida

Pero mientras el tiempo del muro y del grifo
llega, María T continúa su labor, hierve un poco del agua de la que conoce
poco, pues cómo saber de donde sale y cuál es su destino, solo que parece
limpia y que si no fuera por esa tapa de alcantarilla la situación tendría un
tinte más complejo. Con este líquido que se acarrea todo el día todos los días,
riega sus cuatro plantas (“me robé unos tallitos cerca a la iglesia y mire lo
bonito que nacieron”), baña cada dos meses a sus cuatro perros, lava los
trastes y la ropa, ella y los niños se bañan casi en la calle y algunas noches
calienta un poco para meter sus pies cansados del agite diario que también ha
destrozado su espalda y sus riñones.

Rosa y Gilberto no recuerdan cuántos viajes
han hecho en este día, se toman de la mano y comienzan el descenso, María
Teresa vuelve a sonreír como si fuera feliz, ríe estruendosamente, mete su mano
derecha a la batea del agua y luego se la pasa por la nuca y el cuello, como en
un extraño rito. “Para mí el agua es vida”, lo dicen todos los textos que quizá
María Teresa no llegue a leer nunca, lo enseñan en la escuela pública a donde
los niños asisten cada día, pero sólo lo puede saber, perfectamente, ella, que
la disfrutó “al natural y sin pagar un peso” ¿La vida o el agua? Sonríe.
“Bueno, las dos cosas, porque las dos las he tenido y las he sufrido, claro que
ahora prefiero mil veces el agua a un buen marido”.

“No tener agua es muy jodido, la gente que la
tiene pues la malgasta, no saben lo que una tiene que sufrir, como dice la
canción: qué saben ellos de amores si nunca los han tenido”. Y su carcajada
baja desde la piedra del ahorcado y se riega por el Danubio Azul, como agua.

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Esta noticia concursa en el I Premio  Periodista Ciudadano en la categoría de: Medio Ambiente y Cambio Climático


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