Martes 06 de diciembre de 2016,
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De las experencias pasadas

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Echando la vista atrás recuerdo la situación de las mujeres en los años sesenta, y observo cómo al fin están alcanzando la igualdad incluso en el mundo laboral

De las experiencias pasadas, a veces, se acuerda uno: unas buenas, otras malas y, las últimas, menos malas. Pretendo ser objetivo en mis recuerdos, porque fui protagonista y observador de los mismos. Se deben contar hechos pasados, mejores o peores, pero contarlos, ya que podrían argumentar que no fueron acontecimientos verosímiles; o: “…que no nos atrevemos a relatarlos”; o: “…que perdemos la memoria porque nos conviene”; o: “…que hay que callar porque algo tenemos que esconder”. Nada más lejos de la realidad.

Poco a nada pintaban en nuestro país, sus derechos estaban mermados en demasía, y llevaban su ‘especie de esclavitud’ –por así llamarla–, con paciencia y resignación

Es curioso cómo, a veces, los recuerdos afloran a nuestras memorias -verdaderas cajas de sorpresas-, que son silencios caídos del cielo como agua de mayo…, y que, no lejos de la verdad, nos marcan las directrices exactas a seguir por nuestros entendimientos: éstas que son sacudidas por el motor que mueve la sangre por mis venas, el corazón humano. Corazón y entendimiento, entendimiento y corazón: ambos piezas fundamentales para mover el mundo…

Allá por los años sesenta y dos, y cuando contaba veintidós años de edad, estaba preparando oposiciones para el Estado, que aprobé: “Ya tengo el porvenir asegurado”, me dije. Mi fallecido padre, Mariano, siempre me dijo: “Estudia, estudia, hijo mío”. “Ya verás: si llegas a pertenecer al cuerpo de funcionarios, vivirás con cierto deshago el resto de tus días. No serás nunca ¡millonario!, pero jamás te faltará un pedazo de pan para llevar a la boca”, terminaba siempre con este prudente y concienzudo consejo. Y así fue…

Por aquel entonces las ‘hijas de Eva’ no atravesaban tiempos, precisamente, favorables para su independencia y derechos civiles consecuentes. Poco a nada pintaban en nuestro país llamado España (la de 1962), que ahora también se llama España –mal que les pese a ciertas personas, por así llamarlas: uno les nombra con el apelativo de ‘pobres o malos españoles’–. Y lo digo con conocimiento de causa: sus derechos, y los de las ‘hijas de Eva’ de 1962, estaban mermados en demasía, y llevaban su ‘especie de esclavitud’ –por así llamarla–, con paciencia, con resignación, con la paciencia y resignación que les son comunes a las mujeres, y que los hombres –piensa uno– debemos imitarles.

Y aludiendo concretamente a esos derechos, de los cuales no gozaban, mi memoria me dicta y me confirma los que siguen: no podían abrir cuentas corrientes ni cartillas de ahorro a su nombre; tampoco podían, y por su propia iniciativa, legalizar un pasaporte español a su nombre; podían ir a la cárcel (por prisión) si cometían adulterio o abandonaban el domicilio conyugal… No podían hacer casi nada por su propia voluntad.

No podían abrir cuentas corrientes; ni legalizar un pasaporte; podían ir a la cárcel si cometían adulterio o abandonaban el domicilio conyugal… No podían hacer casi nada por su propia voluntad

Sin embargo, las féminas europeas se manejaban y comportaban de distinta manera. Y es sencillo comprender el por qué: las anteriores habían sufrido una gran guerra en los territorios de los Estados a que pertenecían, la II Guerra Mundial: ni más ni menos. Por esta causa, sin duda, habían tenido que salir de sus domicilios a trabajar y, de meras amas de casa y esposas complacientes, se habían transformado en asalariadas en fábricas, de mercados de distribución de productos de consumo, en labores propias de la agricultura…, etc.

Debemos buscar “nuestra chica de los ojos verdes”, nuestra futura esposa, pareja sentimental… con quien recorrer el corto o largo camino de nuestra mortal vida, buscando felicidad… Empleemos el arte de comunicar, conversar, echar un párrafo, etc., que parece haber sido olvidado últimamente de la faz de la tierra. El problema reside en nosotros mismos, pues pensamos que el dinero, el poder y los distintos placeres –que la propia vida nos pone al alcance de la mano–, serán los que nos libren de preocupaciones: nada más lejos. Uno piensa que el amor ni se compra ni se vende: se siente. Si no es así, no es verdadero amor, y jamás nuestros recuerdos serán reconocidos como ‘recuerdos con futuro’.

Recuerdos con futuro son ya las actuales mujeres que, pisando fuerte y poco a poco, acabarán por conseguir -con igualdad de derechos y también de obligaciones-, su equiparación con los hombres dentro del plano socio-laboral: lo tienen bien merecido: ellas ya son mujeres siglo XXI, afortunadamente.

Nuestras féminas del siglo XXI y ese rayo que no cesa: la discriminación y el maltrato de la mujer continúa, muy a pesar nuestro, que las mujeres no son de nuestra propiedad…Y que nadie se rasgue las vestiduras. Pues ellas, las ‘hijas de Eva’ –y repito: no nuestras mujeres–, son seres capaces e inteligentes –belleza aparte-, tal y como debía de ser: con los mismos derechos que los hombres, y, por consiguientes con sus mismas obligaciones. Somos capaces de ridiculizar a las primeras, pero no a los últimos.

Las féminas europeas se comportaban de distinta manera. Las anteriores habían sufrido una gran guerra y habían tenido que salir de sus domicilios a trabajar

Quien ama y respeta a una mujer está amando y respetando al mundo entero. No olvidemos que, si nosotros estamos pernoctando en este valle de lágrimas, se lo debemos a ellas. Detrás de un hombre hecho siempre se encuentra una mujer hecha. “La mujer quiere ser amada sin razón, sin motivo: no porque sea hermosa o buena o bien educada o graciosa o espiritual, sino porque es” (Amiel Jeans, diario íntimo II).

Es hermoso y verdadero lo que a continuación reproduzco: “No hables mal de las mujeres: la más humilde te digo que es digna de estimación porque, al fin, de ellas nacimos”, Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-Madrid, 1681).

“Pasan los días, se vienen los meses, y mi lágrimas negras ya de tanto llorar, me aconsejan que me marche de mi casa, y deje a mis dos hijos del alma –polluelos aún– solos. Mi esposo me pega todos los días. Parece ser que… es por costumbre, por afán de maltratar por maltratar, por afán de superioridad, por fuerza bruta –de lo cual doy fe de que la posee…–, y estoy amenazada de muerte”, así rezaba una misiva que recibí de una buena amiga de mi juventud, de estudios que cursamos juntos. Su nombre es Estrella: delicada, preciosa, inteligente y sufridora donde las haya… Está viviendo su historia, ahora y no antes, su historia del miedo de las mujeres ante los hombres, y con su corazón dentro de las tinieblas –sangrando dolor femenino– ante la falta de protección en la que se encuentra.

Nuestras mujeres son violadas y torturadas por propios y extraños, que muchas veces se quedan en el anonimato por temor a las represalias. Tienen temor a denunciar: temor que entiendo perfectamente, porque si denuncian… la muerte, su muerte, es casi segura. Y lo digo con la mano puesta sobre mi corazón, mi corazón que se conmueve como si fuera un volcán en erupción, cuando mis ojos ven y mis oídos escuchan que: otra mujer ha sido asesinada por su esposo, muere en su casa una mujer apuñalada por su marido, un hombre mata a la mujer con la que vivía, un hombre mata a su mujer y a sus tres hijos y después se suicida…

“Hombres necios que acusáis/a la mujer sin razón,/sin ver que sois la ocasión/de lo mucho que culpáis”, Sor Juana Inés de la Cruz, Redondillas, III.

Mariano Cabrero es escritor


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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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