Viernes 09 de diciembre de 2016,
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De ruta medicinal

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Los niños se ponen contentos cuando les das confites (caramelos)

Como ya había apuntado, el sistema sanitario hondureño deja mucho que desear y la gente solamente va al hospital cuando está realmente enferma. Dolencias como las anginas, los hongos, los dolores de estómago o los problemas cardiovasculares se aguantan estoicamente y con escasas medicinas.

Cuando llegamos a su casa se les alegra la cara e incluso alguno dice ‘que Dios les bendiga’. A Jose le dicen que es un “médico cubano” porque se molesta en prevenir enfermedades y en dar medicinas
“Hasta el momento, repartir medicinas y visitar enfermos es lo que más
satisfacción me ha proporcionado. ¿Me habré equivocado y tendría que
haber estudiado Medicina como le hubiera gustado a mi madre?”

Por eso, hay doctores como Jose (un médico de Badajoz que lleva acá
cinco meses) que pasan consulta gratuitamente y que consiguen
medicamentos y los reparten por las casas.

El lunes por la tarde, antes de acompañarle en su ruta, varios estudiantes de Medicina (Marta, Luis y Carlos), uno de Magisterio (Mario) y yo estuvimos ordenando el dispensario de las Hermanas de la Caridad (las de la Madre Teresa de Calcuta), que básicamente consiste en tirar las medicinas caducadas y en ordenar las nuevas según la utilidad que tienen: antiparasitarios, antidiarreicos, antibióticos, material de curas, etcétera. Algunas llegan de Canadá y Estados Unidos, pero la mayoría vienen de España. Es curioso haber depositado alguna vez un medicamento en los contenedores de la farmacia y encontrárselo después, al otro lado del mundo, comprobando que llega a su destino y que es útil.

 

Cuando llegamos a su casa se les alegra la cara e incluso alguno dice “que Dios les bendiga”. A Jose le dicen que es un “médico cubano” porque se molesta en prevenir enfermedades y en dar medicinas, lo que no es costumbre en la sanidad hondureña. En ese recorrido visitamos a un joven de veintipocos años que había recibido un tiro en la espalda que le ha dejado hemipléjico, por lo que necesitará una silla de ruedas que habrá que conseguirle.

 

También estuvimos en casa de Samuel, un joven de 25 años que es paralítico cerebral y con minusvalías físicas, que nos saludó, sonriendo mucho y abriendo enormemente los ojos, desde el suelo de un callejón pequeño y sucio. Su imagen es de las que tampoco se me van a olvidar nunca. En ese mismo lugar encontramos unos ocho niños y dos mujeres, a los que les repartimos caramelos y les cogimos en brazos. Eso les gusta, al igual que se divierten mucho haciéndose fotos con nosotros y viéndolas después en las pantallas de las cámaras digitales. Hasta el momento, repartir medicinas y visitar enfermos es lo que más satisfacción me ha proporcionado. ¿Me habré equivocado y tendría que haber estudiado Medicina como le hubiera gustado a mi madre?

El artículo en imágenes

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Ana con unos niños durante la ruta medicinal del lunes

 
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Así encontramos a Samuel, un paralítico cerebral de 25 años
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Ana y Jose (médico) en el reparto de medicinas en la colonia Comunidad Social

 

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Mario, Carlos y Marta tirando cajas de amoxicilina caducada

 

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Marta y Ana ordenando el dispensario de las Hermanas de la Caridad

 

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Enfermera sonrisa

Bautismo de fuego

Aprendiz de voluntaria

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1 comentario

  1. Anónimo 16/07/2007 en 10:02

    Después de toda esta experiencia, muchas personas dicen que se llevan más de lo que han dado. ¿Será porque sobra amor por aquello lares, valor que no cotiza en el mundo desarrollado?

    Ahora más que nunca, Ana: CARPE DIEM.

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