Sábado 10 de diciembre de 2016,
Bottup.com

De tigres, cerdos y demás personas

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Los cuidadores de un zoo asiático han
intercambiado las crías de una cerda y las de una tigresa, con el fin
de que ésta produzca más leche, pues los cachorros de tigre maman menos
que los cerditos. Así salen luego de buenos los jamones.
Opinión

“Hay
relaciones humanas mucho más disparatadas, y no las sacaa a las nueve
Matías Prats. Quién no ha pensado alguna vez, por ejemplo, “No
comprendo cómo Margarita puede estar con ese cerdo”

Aunque pueda
resultar tan entrañable como sorprendente semejante cruce de crías, hay
relaciones humanas mucho más disparatadas, y no las saca a las nueve
Matías Prats. Quién no ha pensado alguna vez, por ejemplo, “No
comprendo cómo Margarita puede estar con ese cerdo”, acusándolo así de
tener una moral de entrepierna un tanto disoluta, o simplemente de
contar con una escasa afición por la higiene corporal.

“En tiempos pretéritos, con la censura
de antaño, los hombres, especialmente de cierta edad, solían ser mucho
más sutiles, limitándose a decir que estaban hechos unos chavales”

No obstante, hay ejemplares masculinos muy completos. Tanto, que
algunos logran reunir en su poco humilde persona ambos dones. Como
modelo más recurrente de este dechado de virtudes, podemos citar a
nuestro antediluviano macho ibérico, que comparte denominación de
origen con los jamones. Y aunque a muchas mujeres ya les gustaría ver
la pata de más de un hombre colgada en una charcutería, servidor, que
es de yantar más clásico y por ende poco proclive a la nouvelle
cuisine
, seguiría decantándose por la del cerdo de toda la vida,
incluso aunque hubiese mamado de una tigresa.

“Nadie puede negar que la vida acaba haciendo
extraños compañeros de cama, especialmente cuando el amor nos obliga a
travestirnos

Un macho ibérico que
también, haciendo un ejercicio de onanismo tabernario, suele alardear
de tigre en la cama. Sin embargo en tiempos pretéritos, con la censura
de antaño, los hombres, especialmente de cierta edad, solían ser mucho
más sutiles, limitándose a decir que estaban hechos unos chavales. O
sea, que todavía no se les gripaba el motor. Incluso hubieran osado
fardar de estar tan fuertes como la División Azul, caso de que durante
el franquismo hubiese existido la pastillita milagrosa del mismo color.
Ésos sí que habrían sido patriotas con la bandera izada.

Pero ahora vivimos otros tiempos, y entre la
liberación sexual, y la femenina, tenemos a cada tigresa suelta por ahí
que te podría comer hasta crudo, aunque le pongas cara de corderito y
le preguntes si estudia o trabaja, mientras ella se afana en calibrar
manualmente tu mercancía. Con esas mujeres ya puedes ir agenciándote un
amigo médico, para que semanalmente te extienda recetas de Viagra y
Pharmaton Complex. Y eso con suerte, porque siempre puedes acabar en el
catre con un antiguo cabo de la legión que ahora, maravillas de la
cirugía, tenga una cien de pecho y responda al nombre de María José.
Tras semejante trauma lo mejor sería optar por otra clase de pastillas,
siempre que no quisieras acabar beneficiándote a la cabra que la otrora
novia de la muerte se llevó consigo de recuerdo.

Nadie puede negar que la vida acaba haciendo
extraños compañeros de cama, especialmente cuando el amor nos obliga a
travestirnos. Si encuentras un amor que te comprende y sientes que te
quiere más que a nadie, como canta el bolero, eres capaz de vestirte de
lagarterana con tal de hacerle feliz. Pero a veces llegamos a
travestirnos tanto que dejamos de vernos en los espejos. Hasta que un
día, aleluya, decides ser tú mismo y comienzan los problemas: “Tú no
eras así de novios”, “No, si ya lo decía mi madre”… Al final, te ves
arrodillado en el diario de Patricia prometiendo solemnemente cambiar,
mientras te patrocinan unos batidos dietéticos. Y todo porque aunque
algunas veces te consideren un tigre, otras un cerdo y, las menos, un
ser humano, tu naturaleza siempre acabará reclamándote el único
alimento que no entiende de géneros ni de especies: el amor.

*Los artículos de Nodo Libre sólo representan el punto devista de su autor. Bottup es una comunidad de centenares de periodistas ciudadanos con su propio criterio, que la Redacción nunca puede coartar.

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