Miércoles 26 de julio de 2017,
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De un sistema financiero solvente, a una crisis sin fin

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Diga lo que diga la prensa, manejando frases y sonrisas de políticos y
banqueros, y toda metida en la burbuja subvencionadora, la profunda
crisis es una enfermedad terminal

Opinión

El país tenía el sistema financiero más solvente del mundo, y dudarlo,
era un acto de resentido, amargado, canalla…

Ayer, 25 de marzo, en el Congreso, Zapatero culpaba a Aznar de la burbuja inmobiliaria. A la velocidad de vértigo la tele y prensa ‘oficialista’ ha convertido lo que no existía, la burbuja inmobiliaria, añadido a su hijuela las ‘hipotecas ninja’ (ventas a insolventes con disparatado ‘valor del inmueble’) en una especie de sarpullido casuístico. Culpa de todos.

El país tenía el sistema financiero más solvente del mundo, y dudarlo, era un acto de resentido, amargado, canalla y todos los más exquisitos insultos que me han aplicado. Derecha, la oposición, que administra una buena parte de ese quebrado pastel, y la llamada izquierda, manejando cajas de ahorro y a través del Banco de España todo el sistema financiero español, disparándose las estadísticas de construcción cuando de nuevo toman el poder central y la burbuja es evidente, niegan que ese sarpullido sea un cáncer de piel, incurable, y que como cualquier terminal respirará mientras la pomada, el euro, la Eurozona, cubra la purulencia.


Con sólo sumar las cifras que aparecen en prensa soy por primera extremadamente
pesimista. No se trata de la ‘liquidación’ del franquismo, es
muchísimo peor.


Tengo suficientes conocimientos bancarios, académicos y prácticos, y visto lo visto, muy superiores a los masters de escuelas de negocios y finanzas, con sus juegos trileros y nombres ingleses, para con sólo sumar las cifras que aparecen en prensa, a menudo incluidas como factores favorables, soy por primera vez en mi vida extremadamente pesimista. No se trata de la ‘liquidación’ del franquismo, otro gran fraude que obligó a absorciones hasta crear el BSCH y BBVA, es muchísimo peor.

Por mis circunstancias vitales he sido ‘banquero’ y ‘consejero de crisis’, de pequeñísima intensidad, y la última vez, hace unos meses, que me senté en una mesa con un empresario amigo y sus abogados, me salió del alma levantarme e irme. Por mucho menos de lo que allí se manifestaba casi como ‘normal’, me habían condenado tres veces. En mi interior me reí de la ‘falsedad ideológica’ que me aplicó un juez. Mis ‘crisis’ correspondían a los 80, y por lo visto cualquier disparate financiero de entonces, con definición en el código penal antiguo, con la sola palabra ‘estafa’ ya basta, ahora es ‘normal’, y con definición anglosajona, a la que no añaden que los anglosajones llenan sus cárceles con los inventores del ‘nuevo vocabulario financiero’.

No queda más remedio que aislar la purulencia, y que el resto
productivo del país sea financiado por otros canales que los
tradicionales, otros ‘bancos y cajas’ o instituciones


Diga lo que diga la prensa, manejando frases y sonrisas de políticos y banqueros, y toda metida en la burbuja subvencionadora, la profunda crisis es una enfermedad terminal. Los ‘bancos y cajas’ no solo deberán limpiar sus balances, o fusionarse aplicando los tradicionales cambios de cromos creando fantasías con nuevos nombres en sus presidencias. La pomada euro, gran remedio creado en París el otoño pasado, no debe servir de respirador artificial, o repartir bonus por los beneficios del 2008, por ejemplo la Caixa de Cataluña. Por cierto, pagó más a sus ‘sindicalistas’ que a los ‘empleados normales’, de 3 a 1.

En mis tiempos, los 50-60, llamábamos momio lo que nos pagaban en negro a final de año, valorándose por las pequeñas diferencias la valía o preferencia de la jefatura. No queda más remedio que aislar la purulencia, y que el resto productivo del país sea financiado por otros canales que los tradicionales, otros ‘bancos y cajas’ o instituciones. Quizá, sin ensuciarlos con fusiones se podrían salvar un par, no demasiado involucrados en la desaforada avaricia del ladrillo y su conversión en dinero vía créditos internacionales, las ‘titulaciones’, los demás están podridos, hasta moralmente.

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