Miércoles 18 de enero de 2017,
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Dos músicos callejeros

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Me sentí extraño deteniéndome por una vez entre el imparable gentío,
dejándome embriagar por las notas que con una armonía sublime nacían de
esos dos viejos instrumentos. A todos los que tan ausentes caminaban a
mi alrededor, de buena gana les habría pedido que compartiesen conmigo
un momento tan mágico como el que tenía la fortuna de estar viviendo.

Todo hacía pensar que esa mañana iba a ser como tantas otras, pero
la vida se ocupó de ponerme en mi sitio, sacándome de tan imperdonable
y recurrente error. Zaragoza había amanecido vestida de otoño, y su
Paseo de Independencia volvía a ser la avenida por la que cientos de
conductores y viandantes transitan como autómatas, sin tiempo para
contemplar la belleza que a menudo camina junto a nosotros, y que tan
sólo reclama un minuto para que nos detengamos a disfrutarla. Así
sucedió el último sábado, cuando un violín y un contrabajo obraron el
milagro de la música ante los pocos que, por unos instantes, fuimos tan
valientes como para quitarnos las orejeras y detenernos en nuestra
carrera de siempre. Siempre hacia ninguna parte, siempre con prisas.

Una mañana de tantas que, por la generosidad y el talento de dos
músicos callejeros, acabó convirtiéndose en una escena que bien podría
haber sido filmada en el paraíso

Me sentí extraño deteniéndome por una vez entre el imparable gentío,
dejándome embriagar por las notas que con una armonía sublime nacían de
esos dos viejos instrumentos. A todos los que tan ausentes caminaban a
mi alrededor, de buena gana les habría pedido que compartiesen conmigo
un momento tan mágico como el que tenía la fortuna de estar viviendo.
Uno de esos por los que intuyes que merece la pena estar aquí. Pero
desgraciadamente no me atreví a tanto. Sin embargo, me encantaría que
alguien misericordioso sí se atreviera a hacerlo conmigo, cuando me vea
un día de tantos vagando por la vida, ajeno a cualquier semilla de
belleza que siempre está dispuesta a brotar ante nuestros ojos, por muy
lejana que se nos prometa la primavera.

Sé perfectamente que tardaré en olvidar esa mañana de otoño en
Zaragoza. La mañana en que el cierzo mecía con su habitual rudeza una
hermosa partitura que Morricone compuso hace veinte años para el cine.
Una mañana de tantas que, por la generosidad y el talento de dos
músicos callejeros, acabó convirtiéndose en una escena que bien podría
haber sido filmada en el paraíso.

 

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