Jueves 23 de marzo de 2017,
Bottup.com

‘El beso de la mujer araña’ recupera una vigencia que a todos nos debería preocupar

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Crítica

El ‘Beso de la mujer araña’
es una obra que nos presenta frente a frente dos mundos que en
principio creemos irreconciliables por obra del dogmatismo y el miedo a
lo diferente, pero que pronto descubrimos que estamos equivocados.

¿Qué sabe el crítico, o la crítica, de los
avatares de una puesta en escena como para erigirse en una suerte de
arcángel dionisiaco y apuntar con su dedo acusador lo que desde su
propia subjetividad satisface o no? Nada

Siempre
he creído que escribir sobre un montaje teatral sin conocer los
entresijos del proceso creativo que lo hizo posible es, por decir lo
menos, pecar de soberbia. ¿Qué sabe el crítico, o la crítica, de los
avatares de una puesta en escena como para erigirse en una suerte de
arcángel dionisiaco y apuntar con su dedo acusador lo que desde su
propia subjetividad satisface o no, el filo de su espada disfrazada en
odre? Nada. Y, sin embargo, su pluma se mueve.

Manuel Puig
nos regala un texto donde lo mejor de la humanidad está representada en
estos dos personajes: un homosexual que orgullosamente se asume como
tal, con todas sus consecuencias, y un hombre de izquierdas preso por
sus ideas

La última vez que estuve en Espacio 1900
para ver una obra de teatro fue en 1997, en las Quintas Jornadas
Internacionales de Teatro Latinoamericano, y lo que recuerdo es que de
no haber sido por las conversaciones entre pasillos con el maestro
Carballido y los cáusticos comentarios de Marko Castillo, al final de
cada jornada toda aquella pedantería me hubiera sido francamente
insoportable. Así que, de principio, ya tenía mis reservas.

La
diferencia ahora estriba en que se trataba de un texto dramático que
cuando lo leí por primera vez, en mi no muy lejana adolescencia, me marcó
profundamente. Un melodrama que cuando lo vi llevado al celuloide por
Héctor Babenco, en su filme de 1985, no pude sino enamorarme de sus
personajes protagónicos.

Para el autor de ‘Pubis angelical’
el mal no está representado por Valentín, como quisiera la derecha
populístamente antipopulista

‘El beso de la mujer araña’
es una obra que nos presenta frente a frente dos mundos que en
principio creemos irreconciliables por obra del dogmatismo y el miedo a
lo diferente, pero que pronto descubrimos que estamos equivocados.
Aquí, como en todo melodrama que se precie de serlo, el conflicto
radica en el enfrentamiento entre el bien y el mal: lo que para el
autor es el bien y es el mal. Sólo que a diferencia de los melodramas a
que nos tiene acostumbrado el duopolio televisivo mexicano en sus dosis
diarias de mierda, Manuel Puig
nos regala un texto donde lo mejor de la humanidad está representada en
estos dos personajes: un homosexual que orgullosamente se asume como
tal, con todas sus consecuencias, y un hombre de izquierdas preso por
sus ideas, aunque dude de ellas.

Para el autor de ‘Pubis angelical’
el mal no está representado por Valentín, como quisiera la derecha
populístamente antipopulista; ni por Molina, como anhelaran esos nuevos
paladines de la ‘pureza cultural’ que convocan a madrear a las y los emos porque, acusan, “son putos”. No, para el también perseguido y amenazado Puig,
el mal está en otro lado: en el sistema penitenciario que tiene a estos
dos hombres presos por el delito de ser lo que son, aparato judicial ad hoc
de los otros sistemas, mucho más grandes, que hacen posible que estos
absurdos sean una realidad ya entrados en el Siglo 21: el capitalismo
en todas sus expresiones, cuya permanencia no es sino un acta de
defunción para la humanidad entera, y el socialismo que, por ejemplo,
en Cuba hace posible la detención de poetas y homosexuales mientras
instaura de facto una monarquía caribeña.

Porque el discurso de Puig,
atravesando su novela y después su obra de teatro, es de libertad; pero
también de respeto, amor y dignidad. Y lo menos que podríamos esperar
de su montaje es que estos cuatro ingredientes estuvieran en juego. En
lo personal, no dudo que Jorge Zago, el director de la versión que se presenta en el Espacio 1900,
se haya guiado por estos conceptos; pero el resultado en escena hace
pensar que faltó más compromiso en este sentido por parte de toda la
compañía. Hasta el programa de mano es un reflejo de ello: ni siquiera
sabemos a quien agradecer la pintura escénica, la realización del
vestuario, la disposición de la utilería, el diseño de iluminación o la
escenografía sonora.

Confieso que además de lo entrañable que me resulta ‘El beso de la mujera araña’, llegué al 1900 con una doble curiosidad: conocer el trabajo de Víctor Rubén, colega egresado de la ENAT (cuando era EAT) del INBA y de quien sólo había leído a través de la RED@ctuar y la Revista PasoDeGato, y, con no poco morbo, verificar qué celebraba Amancio Orta, de quien su paso por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
ya me hacía, si no quitarme el sombrero, sí tenerle algo de respeto. De
cualquier manera, 30 años en escena se dicen más fácil de lo que en
realidad se cumplen.

Las
reservas iniciales para con el lugar se volvieron casi negativa total
cuando el escándalo de la discoteca en la planta alta se me presentaba
como insalvable, ensuciando sonoramente la puesta en escena. Por
fortuna mis reticencias se desvanecieron cuando pasamos al pequeño
teatrito, algo incómodo, pero aislado por obra y gracia de unos
cartones de huevo a duras penas ocultos.

Le
pedí a mi compañera que nos sentáramos lo más cerca posible al
escenario, dispuesto al ras de la primera fila de butacas, sin telón de
boca, como en los pequeños espacios que posiblemente han alojado la
obra de Puig en Argentina tras la caída de la
dictadura militar; no quería perder detalle de los gestos más sutiles
ni de los ademanes más pequeños.

Una a una, las llamadas una y dos se sucedieron y la voz de Edith Piaf (creo que en L’accordéoniste)
preconizó, aunque con descuido del técnico en cabina, la tercera con la
consabida petición de apagar teléfonos móviles o, como se dice por
estas tierras, “celulares”. El oscuro, segundo indicio de que la puesta
no correría riesgos (el primero fue la Piaf cantando a través de las bocinas), bañó escenario y sala para dar oportunidad a que Orta y Rubén se colocaran en su sitio para comenzar a ceder su lugar a Molina y Valentín, respectivamente.

Y esto de “comenzar a ceder” fue tal cual. La primera sensación que tuve fue que Víctor y Amancio iniciaron como “calentando motores”. Fue más evidente en Víctor,
a quien además sentí “yendo y viniendo”, soltando a veces la ficción,
dejando que Valentín apareciera esporádicamente, inclusive algo cansado
y distraído. Con Amancio fue diferente, no se veía tan cansado y pronto permitió que Molina llegara a la cita conmoviéndonos en lo posible.

La primera sensación que tuve fue que Víctor y Amancio iniciaron como “calentando motores”. Fue más evidente en Víctor,
a quien además sentí “yendo y viniendo”, soltando a veces la ficción,
dejando que Valentín apareciera esporádicamente

Muchas
veces hemos oído que cuando las cosas salen bien hay que agradecerlo a
los actores y cuando salen mal culpar al director; en lo personal,
además de injusto, me parece incorrecto: como histriones que son más
que marionetas, creadores también de su propia dramaturgia, los actores
son soberanos de lo que suceda en escena durante cada función y creo
que esta vez Amancio y Víctor salieron
a darnos una muestra de lo que saben hacer, de cuan concientes son de
su cuerpo (aunque no se pueda decir lo mismo de su volumen de voz), de
que tienen oficio; pero que decidieron plegarse por entero a la
dramaturgia de la puesta en escena ideada por Zago, aportando quizás a lo largo del proceso, pero no ya (o al menos no mucho más) durante la temporada.

Entiendo perfectamente que Puig
al escribir su melodrama nos presenta personajes tipo, poco o nada
complejos, hasta predecibles

Y,
claro, las preguntas fueron entrando y haciendo mutis una tras otra:
¿Qué hubiera sucedido si, en vez del lugar común que imagina al
militante de izquierdas como un hombre de una sola pieza, dogmático per se y hasta “heroicamente” insensible, lo que parece quererse representar con una dicción casi sin matices, Zago hubiera permitido que Víctor se dejara tocar más, sólo un poco más, y que eso se viera reflejado en los registros vocales? ¿Qué, si Amancio
hubiera tenido un poco siquiera de relación con las fotografías de las
divas del cine nacional pegadas en la pared, y que éstas fueran también
las actrices de otras cinematografías, europeas por ejemplo, alemanas
para más señas?

Entiendo perfectamente que Puig
al escribir su melodrama nos presenta personajes tipo, poco o nada
complejos, hasta predecibles; pero si en lugar de seguir lo marcado por
Babenco en su película y la propuesta de Raúl Juliá interpretando a
Valentín, Zago y Víctor hubieran
explorado un poco más las contradicciones del personaje a lo mejor
tendríamos a un Valentín con trayectoria propia, partiendo del momento
de clara autosuficiencia que le permite todavía burlarse de las
narraciones cinéfilas de Molina y yendo al de la pérdida total, o casi
total, de la esperanza, al cuestionamiento de la bondad y viabilidad de
los propios ideales.

No sucede así, Víctor parece quedarse corto y Valentín apenas y asoma la cabeza por el escenario, y es una lástima; hay momentos en los que Víctor se da permiso de ser más tierno que lo que el lugar común se lo permitiría, entonces salimos ganando todos: el mismo Rubén,
su personaje y el público, que llegábamos a sentir compasión por ambos.
Porque es esa ternura, en medio de la desolación de quien se sabe
perdido por una causa de la que, insisto, empieza a dudar, lo que hace
de Molina la “mujer araña”. Valentín tiene que llegar a ser ése
náufrago de su propio sueño, en un naufragio que no es otro que el del
ideal percibido como inútil, el da la insuficiencia inicial hecha
añicos tras reconocerse como el pequeñoburgués que su dogmatismo tanto
persigue y culpa.

De esta suerte, Molina sería obligado también a encarar sus propias contradicciones. Aquí, Orta
nos regala más tela de donde cortar. Sabe que en sus hombros recae el
peso del personaje protagónico y lo despliega con esa misma conciencia
ante nuestros ojos con oficio: se ven las tres décadas de tablas. Pero
nuevamente Zago parece ceñir al actor con lo hecho por William Hurt o, peor aún, con lo ya probado por el mismo Zago en las quien sabe cuantas veces anteriores veces que ya ha montado ‘El beso de la mujer araña’.

Y aquí aparecen las más dolorosas de las preguntas: ¿Está Zago repitiéndose? Y, por causa de esta repetición, ¿está impidiendo que Amancio y Víctor
exploren en escena más de lo poco que quizás experimentaron durante el
“laboratorio”? ¿Hubo laboratorio de puesta en escena o sólo se trata de
un cartabón probado hace unos años y vuelto a montar tras desempolvarlo?

Espero
que la respuesta sea un no en todos los casos, porque lo contrario
sería una falta de respeto para todos. En principio para Manuel Puig, porque ahora que las derechas y las izquierdas en el poder, por más modernas y democráticas que digan ser, repiten el modus operandi
de sus antecesoras: las derechas retrógradas y fascistas que
persiguieron a Puig y censuraron su obra, poblando el país con
centenares de presos políticos y emprendiendo persecuciones morales
contra la diferencia. ‘El beso de la mujer araña’ recupera una vigencia (si es que alguna vez la había perdido) que a todos debería preocupar.

En segundo lugar, Jorge Zago nos ha regalado en este montaje un tratado inteligente y sensible del melodrama más famoso de Puig; no sería justo para él mismo conformarse con repetir lo que ya antes le ha funcionado. Como tampoco lo sería para Amancio ni para Víctor,
quienes merecen ser parte de un proyecto en el que no sólo sean
marionetas que respondan al deseo de un director (por más honesto que
éste sea) como lo postulara Craig. Y menos lo sería para un público
ávido de ver teatro (la sala estaba llena y la temporada ya tiene sus
buenos meses en cartelera), que seguramente agradecería la temeridad
del director, lo mismo que la generosidad de estos dos actores que,
estoy seguro, nos pueden dar mucho más.


Esta noticia concursa en el I Premio  Periodista Ciudadano en la categoría de: Ciudadanía y Sociedad



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Sobre el autor

Egresado del Centro Universitario de Teatro de la U.N.A.M. con estudios superiores en Actuación y diplomado por el Centro Morelense de las Artes en promoción y gestión cultural. Incursioné en las artes escénicas en agosto de 1990. A partir de 1993 alterné mi quehacer teatral con la promoción cultural y la docencia. Paralelamente, también desde 1993, he colaborado para diversos medios de comunicación impresos y electrónicos, y he trabajado con instituciones de defensa y promoción de derechos humanos de segunda generación.

1 comentario

  1. Anónimo 06/03/2009 en 2:29

    gaturanacines
    hola carola heramana casa hoy domingo 8 marzo …. piura ….. no tarabajor si tu luis zanaztieras

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