Jueves 27 de marzo de 2014,
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El bosque: el camino para comprender que el cambio es lo natural

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Montañas de Brieva de Cameros, en torno a los 2.000 metros

Montañas de Brieva de Cameros, en torno a los 2.000 metros

En estos tiempos en los que se vuelve acuciante la búsqueda e implantación de nuevos modelos en casi todos los órdenes hay un ejemplo silencioso que lleva miles de años renovándose. La naturaleza siempre vuelve a empezar. Cada estación, cada día, cada instante. Cuando a la primavera se la siente llamar a la puerta, ha nevado de nuevo. Pero el bosque siempre se las apaña para ralentizar lo que tenía en marcha o apresurarlo, si fuera preciso, y volver oportunidad lo que a nuestros ojos puede ser un perjuicio. Es un maestro en el arte de recomenzar. Lo he experimentado una vez más en las montañas de 1.800 metros del Alto Najerilla, en las inmediaciones de Brieva de Cameros, un pueblo de esencia pastoril.

El Canto Hincado no sólo es una piedra henchida de emociones, sino también de historia. Aparece ya citada en el año 1016 en un documento firmado entre el rey Sancho Mayor de Navarra y el Conde de Castilla

Nada más pasar en coche Ortigosa de Cameros el cartel que anuncia el puerto de Peña Hincada recomienda cadenas. El cielo está azul y la carretera limpia con la nieve acumulada en las cunetas. La sospecha de que nadie ha actualizado la información se confirma en la cima. Hemos llegado sin ningún problema hasta donde está el Canto Hincado, una roca tipo menhir que da nombre al puerto. Mucho antes que los vehículos motorizados lo vieron generaciones y generaciones de pastores para los que la piedra era un mojón en un cruce de cañadas: el que estaba más cerca de casa, cuando volvían de la trashumancia y donde el corazón empezaba a galopar pensando en la cintura que iban a abrazar y que algunas veces despedían encinta y ahora recibirían con un mocete en el halda. Eso en el regreso, porque en la despedida, cuando llevaban los rebaños hacia la Extremadura, en busca de pastos, aquel pedrusco seguro que fue pétreo muro de lamentaciones.

El Canto Hincado no sólo es una piedra henchida de emociones, sino también de historia. Aparece ya citada en el año 1016 en un documento firmado entre el rey Sancho Mayor de Navarra y el Conde de Castilla, en el que se establecía la línea de frontera entre los dos reinos.

Seguimos en coche hasta llegar a Brieva de Cameros. Mires adonde mires en el descenso te acompañan las montañas. Todas cubiertas de blanco. Siempre pienso que si viera esa foto publicada en una revista la creería una estampa alpina. Son unas montañas tremendamente hermosas. E insisto en llamarlas en femenino. Porque hay una suerte de montes en los que su esencia uterina se vuelve palmaria. Son como vientres maternos que se ensanchan y te envuelven esperándote siempre con los brazos abiertos. Una impronta muy de entraña cavernaria a la que seguramente en la mitología más ancestral correspondería un ‘tempus’, un biorrítmo lunar, porque la palidez de la luna, a mi entender, ha de ser la luz de lo femenino atávico. Y de todas estas sensaciones y emociones se vuelve paradigma ‘el Cabezo del Santo’. Una montaña de belleza totémica. Sus 1.855 metros serán una referencia en esta excursión.

Casa solariega abandonada en Brieva de Cameros

Casa solariega abandonada en Brieva de Cameros

Nuestros primeros pasos nos llevan a uno de los dos barrios que forman Brieva de Cameros. Barruso. Está despoblado desde el siglo XIX. Queda una magnífica casa solariega, cada vez más ruinosa. De cuando el esplendor de la trashumancia y las merinas. A simple vista la Iglesia de Santa María no luce tan mal. Un cartel dice que le han arreglado el tejado y extrae una fecha de la memoria popular: el 17 de enero, San Antón. Ese día el ganado da vueltas y vueltas alrededor del templo y a las bestias las acompañan unos muñecos de paja: un hombre y una mujer, a horcajadas de un asno. Con este despliegue invocan la protección del santo.

La sobreexplotación de la trashumancia ha dejado su huella en el paisaje. Se imponían los pastizales para el ganado y los bosques se reducían a las dehesas. Un modelo de gestión, el de los bosques adehesados, que se aferraba al equilibrio y en el que el bien de cada parte era el bien de todos o al revés: la sostenibilidad integral del ecosistema descansaba en la de cada una de sus partes. Y era posible mantener el bosque, que hubiera pastos, extraer madera y bellotas. Todo a la vez. Una filosofía ‘ubuntiana’ como dirían en el programa ‘El bosque habitado‘ del equipo de María José Parejo en Radio 3. Una estrategia de mutualismo o cooperación como Joaquín Araujo suele llamar en este mismo programa de bosquimanos. Pero en aquellos tiempos de ovejas estos bosques del equilibrio fueron testimoniales. Ahora con la despoblación y la menor presión ganadera habrán empezado a respirar de otra manera. Y es que como decía al principio la naturaleza siempre vuelve a empezar: a partir de lo que ‘toca’.

El día de San Antón el ganado da vueltas alrededor del templo acompañado por unos muñecos de paja: un hombre y una mujer, a horcajadas de un asno. Invocan la protección del santo

Voy con estas reflexiones mientras nos adentramos entre las carrascas. Entonces Javi, que siempre me precede, extiende en silencio su mano para que me detenga. Gestualmente me invita a mirar al límite entre el bosque y la pradera. Pastan tres ciervos. Parecen una madre y un par de crías que ya van para arriba, como dicen las hembras que se enorgullecen del crecimiento de la progenie. Entre tanta nieve han decicido bajar a la linde del pastizal para rumiar frescos hierbajos verdes.  Después de observarlos sin que se inmutaran decidimos continuar y entonces, sí, ‘patas para qué os quiero’. Trepan por la empinada ladera con una gracilidad magnífica. Desde la carrasca, que vuelve a crecer donde seguramente la arrancaron, se detienen, nos cruzamos una última mirada y se vuelven a perder en la montaña. Más adelante vimos un corzo cruzándose por el bosque y en una pradera llena de nieve Javi volvió a disfrutar de un par de ciervos. Yo llegué tarde.

Las únicas huellas humanas en esta excursión son las nuestras. Las demás las han dejado animales, la mayoría venados, y jabalíes que han estado hozando. Es muy divertido dejarse guiar a ratos por sus rastros. Probablemente son los guías más expertos que tienen estas montañas. Por fin llegamos al alto del barranco de El Palo. La belleza de la panorámica es sobrecogedora. Sentirse rodeada por montañas blancas y redondas, cercanas a los 2.000 metros, bajo un cielo azul con nubes como si fueran plumas es una sensación que eleva: como si hubiéramos llegado a un altar donde la naturaleza expone generosa toda su hermosura. Y en este lugar que se llama El Palo vuelve a haber una piedra-menhir hincada en el suelo, como el Canto Hincado del principio de la excursión. Con unos prismáticos desde donde estamos se ve. Vuelve a marcar una linde: entre Brieva de Cameros, de donde venimos, y Ventrosa, otro pueblo pastoril que está abajo del barranco. Los caminos que hemos seguido son los mismos de pastores y ganados y forman parte de la cañada de las Cinco Villas. Cuentan que a esta piedra la llaman El Palo porque hubo una epidemia de peste entre los ventrosinos. Sus vecinos de Brieva llegaban hasta este mojón en pleno monte y allí les entregaban alimentos a los enfermos. Para no contagiarse se los acercaban a los apestados con un largo palo en cuyo extremo colocaban la comida.

Son historias que escribe el paisaje y el paisanaje en esta comarca pastoril riojana de las Cinco Villas, en el Alto Najerilla, donde es fácil aprender que el cambio es lo más natural.

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Todas las fotos son de Garbiñe Albizua Uriarte

Editado por la Redacción: subtítulo y destacados

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