Lunes 21 de abril de 2014,
Bottup.com

El botellón se rebela contra las ‘verdades’ impuestas

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La realidad del botellón ha de ser tratada con mayor amplitud de miras que la de la superficial prohibición y preguntarse qué carencias ayuda a esconder

No pretendo ser catastrofista con la moda del botellón, ni moralista con remedios extremistas, sino reflexivo sobre este fenómeno que bien puede servir de índice para valorar la organización política de nuestra sociedad. Tomar medidas superficiales, como la represión, no puede ser la solución para esta práctica tan extendida. Tenemos que buscar en nuestro sistema político las causas que generan estas deficiencias.

Los pensadores, los hombres de ciencias, dicen que la verdad no existe, que es relativa, que cada uno tiene su verdad, que cada uno de nosotros captamos la única realidad sirviéndonos de nuestros sentidos, pero interpretándola según nuestra cultura y nuestros conocimientos. Sin embargo, el Estado, para dirigir una sociedad, necesita ‘verdades’. Si éstas no existen, tiene que inventarlas. Esto no es una crítica frontal al Estado, ya que sin éste reinaría la anarquía y, en su estado natural, el hombre es la peor fiera para el hombre. Más aún, bajo cualquier sistema político, sea democrático, liberal-capitalista, fascista, comunista o islamista, el Estado impone sus verdades para ‘humanizar’ a sus ciudadanos o súbditos, con más o menos éxito dependiendo de las técnicas empleadas y de los fines perseguidos. Pues bien, puesto que las verdades no existen, el Estado impone representaciones de la realidad, que la mayoría de los ciudadanos, debidamente socializados, asimilamos y compartimos como verdades absolutas, definitivas e incuestionables, pero que en realidad son verosimilitudes. El Estado (las clases y grupos dominantes), dueño y señor de la maquinaria socializadora, bombardea la sociedad con sus mensajes de dirección única, impone su realidad, ‘su verdad’.

Para demasiados jóvenes el botellón es sinónimo de libertad, amigos, alcohol y todo lo demás, y la

El Estado impone representaciones de la realidad a sus ciudadanos, pero, ¿cual es la realidad de nuestros jóvenes?

diversión se mide en horas, en horas sin dormir, como si fuese una competición, a ver quien consume y aguanta más. Del botellón no se desengancha ni Dios, todos tienen miedo fuera del alcohol, más allá de los colegas no hay nada, si acaso, el desencanto, el vacío, el infinito, la realidad, ‘la verdad’ pero de verdad. Simplemente es la moda, la moda impuesta, claro está. ¿Cuántas carencias esconden estas modas, ‘estas verdades’? ¡Qué más da! Mientras las macromagnitudes de las economías nacionales se ajusten a los dictados del Banco Central Europeo, qué importa la composición del sector terciario, aunque éste sea generador de actividades ilícitas y nocivas: hay que generar actividad económica a cualquier precio, sin valorar los costes sociales presentes y futuros.

Mucho tiene que cambiar nuestra sociedad occidental para transformar los avances tecnológicos en calidad de vida, y eso sólo está en manos del Estado (a través de sus Instituciones y de sus Administraciones Públicas), que es el único que dirige la sociedad, el que determina si el ciudadano es sujeto de derecho u objeto de manipulación, el que traza la frontera entre participación o imposición, el que educa al ciudadano para disfrutar de la Fiesta o el que impone la Fiesta para borrar al ciudadano. La solución para los Gobiernos no está sólo en la globalización y el sistema de mercado. La solución para el ciudadano no está sólo en dejar que los partidos políticos, las ‘organizaciones no gubernamentales’, las fundaciones y los grupos de presión bien organizados dirijan el Estado.

En democracia, el ciudadano tiene que participar activamente en política. Claro que para ello tiene que tener garantizadas, para él y su familia, sus necesidades básicas, disponer de tiempo libre y haber recibido una educación cívica y participativa. Problema de difícil solución para los millones de parados y contratados temporales, para aquellos ciudadanos que no tienen tiempo ni siquiera de atender, y menos de educar, a sus hijos. Y en cuanto al sistema educativo, ¿para cuándo una reforma racional y no partidista o nacionalista? La democracia muere de no usarla, pero también de maltratarla, sólo es cuestión de tiempo, de ciclos, de ‘verdades’, de modas, de políticas.


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Fotografía: (CC) DJ Buck

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