Lunes 26 de septiembre de 2016,
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El día después del 8 de marzo

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OPINIÓN / Tras los festejos y felicitaciones vuelve la rutina y la invisibilidad de la mujer

[span class=doc]Este artículo tiene una primera parte. Al final del mismo encontrarás el enlace al artículo anterior[/span]

Llegué a la oficina más temprano que de costumbre, acaso una hora antes, y tras preparar una taza de café me instalé en uno de los sillones puestos exprofeso para los clientes que esperan ser atendidos. Uno a uno, y en ocasiones en parejas, fueron llegando los empleados, ellos –los hombres- no me interesaban en ese momento, eran ellas las que captaban mi atención. ¿O podría decir: era lo que ocurriría con ellas al llegar de la misma forma que lo hicieron ayer?

No estaban presentes el director presidente (…) los mismos que hacía menos de 24 horas se desvivían por llamar la antención de esas tan imprescindibles personas

En este momento noté que no estaban presentes el director presidente, el jefe de recursos humanos o el gerente de zona, los mismos que hacía menos de 24 horas se desvivían por llamar la atención de esas tan imprescindibles personas. Tampoco había esos cestos de palma llenos de rosas, para ser entregadas una a una, a cada empleada, a cada mujer…

Ellas llegaron y, en silencio o tras dar el clásico ¡Buenos días!, ocuparon su área de trabajo que les esperaba pacientemente, con la carga de lo acumulado o vacío y esperando ser saturado para resolvérsele ese mismo día, tal cual ocurría todo el tiempo.

Observe que hoy todo cambio, no era lo mismo de ayer, era la rutina a la que uno cae consiente o inconscientemente al pasar el tiempo.

Volví a salir, consideré ya haber visto suficiente y entonces me dirigí a ese mismo sitio de ayer, a la confluencia de las dos avenidas con más trafico a esas horas de la mañana y ahí estaba aquella señora cargando un gran bulto de periódico, esquivando autos, esperando que los semáforos cambiaran de color para entonces detenidos, ella caminar entre estos y ofrecer el matutino del día, la soda fría, el chicle para el mal aliento.

Hoy… sí hubo un cambio en ella y lo detecté a distancia, hoy esa mujer había pintado su rostro con maquillaje en sus mejillas y un color rojo intenso en los labios. Me miró y tras esperar la luz roja del semáforo para que los vehículos le permitieran cruzar, caminó a la acera en la que me encontraba y me dijo: ¿Qué? ¿Hoy no me va a felicitar?

Entonces… recordando lo ocurrido en nuestro encuentro anterior y mirando aquel rostro amable ignorado por muchos, no hice más que decir: ¡Felicidades en también este día de la mujer! Y sonrío. Tras venderme el periódico se alejo cantando, se mezcló entre los carros.

Sí, se les festejó y todo vuelve a la rutina (…) la mujer vuelve a ser el ama de casa, la madre, la indígena, la ignorada, la maltratada, la reflejada en un monumento

Al volver a la oficina, reflexionaba sobre lo observado en la última hora de hoy, vi el cambio y efecto que causó en una mujer, una simple felicitación, una muestra de aprecio.

Vi que en la oficina todo volvía a la normalidad y camino a ocupar mi lugar de trabajo, fui felicitando a las secretarias, a las jóvenes, a las señoras, a cada mujer que ahí labora.

Sí, se les festejó y todo vuelve a la rutina, el día después ya no hay jefes de oficina dando abrazos o felicitaciones, ni grandes desplegados periodísticos en los que los políticos se hacen notar alabándolas tras mantenerlas olvidadas, día que los comerciantes lucran ante algo tan sencillo de hacer por cada uno de nosotros y entonces, La Mujer vuelve a ser el ama de casa, la madre, la indígena, la ignorada, la maltratada, la reflejada en un monumento colocado a la vista de citadinos y turistas, pero que será solo eso, un monumento. Y yo me pregunto y les pregunto a todos: ¿Por qué esperar 365 días para festejar a la mujer?


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