Domingo 25 de septiembre de 2016,
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El gran sur tunecino

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En el sur tunecino convive la inmensidad del desierto con la espectacularidad de los oasis

En el sur tunecino convive la inmensidad del desierto con la espectacularidad de los oasis

FOTORREPORTAJE / Durante mi estancia en el sur tunecino pude admirar la singularidad de sus paisajes y disfrutar del trato amable de sus gentes y de la increíble adaptación al hostil, árido e impresionante desierto del Sáhara

Por lo visto durante estas últimas semanas, desgraciadamente Túnez tampoco se ha librado de ese mal endémico que sufren hoy en día muchas sociedades. Por lo que parece, la corrupción ha campado a sus anchas y también ese nuevo neoliberalismo económico que algunos tratan de imponer a nivel mundial, aunque en los medios de comunicación habituales tan sólo se resalte que ha sido la lucha contra un dictador que, y en esto tampoco suelen insistir dichos medios, ha estado respaldado durante muchos años por países que presumen de ser democráticos. No obstante, y tal y como ya dije en alguno de mis escritos anteriores, son muchos los artículos que he dedicado a hablar de ese injusto e insolidario sistema neoliberal que nos tratan de imponer a toda costa, por lo que este artículo en concreto quiero que sirva tan sólo como homenaje a las sufridas gentes de este bello país llamado Túnez.

Cuando visité hace unos años aquel país, pude comprobar que casi todos los días amanecían con un sol radiante, pero aún así, aquella situación meteorológica no me hizo desistir en querer visitar los espectaculares oasis de montaña de Chebika, Tamerza y Mides. Comprobé entonces que en medio de un desolador paisaje de montañas sedientas y sin ningún tipo de vegetación, la vida renace surgiendo de las rocas. Los saltos de agua y las pequeñas cascadas dan paso a un vergel de palmeras y arbustos y, como por arte de magia, las rocas escupen borbotones de agua que alimentan con su frescor la imponente vegetación que acude a saludarla. Se diría que el cruel desierto ha hecho una tregua con la vida, dejándola subsistir si con ello no interrumpe su descanso.

Se diría que el cruel desierto ha hecho una tregua con la vida, dejándola subsistir si con ello no interrumpe su descanso

Los espectaculares cañones, fruto de la erosión de las aguas en tiempos remotos, confieren a esta zona unas formas que tus ojos difícilmente podrán llegar a olvidar, mientras barrancos y montañas escalonadas se entremezclan con solitarias palmeras que, esperando que el destino no sea demasiado cruel con ellas, contemplan al viajero con su imponente estampa. Pasé horas paseando por estos pequeños ‘palacios del desierto’ al refugio de sus sombras, esquivando aquellos rayos solares que habían disparado la temperatura hasta los 52 grados centígrados.

Decidí entonces reponer fuerzas con una suculenta comida, y coincidiendo con la bajada de temperaturas que la tarde trajo consigo, el 4×4 que mi guía conducía puso rumbo hacia Nefta, uno de los oasis más bellos e inmensos de todo el norte de África. Allí, la vida gira entorno a su enorme palmeral, y mientras las ramas de las palmeras rivalizan en altura con los tejados en forma de cúpula de sus casas, la vistosidad de su sorprendente masa boscosa lo inunda todo de verde. La vida renacía como por arte de magia, y sin darme cuenta, la tarde se me había escapado de las manos, por lo que decidí volver al hotel de Tozeur en busca de una buena ducha, y una reconfortante y fría cerveza.

Al día siguiente, el nuevo amanecer me sorprendió en la carretera camino de Douz, la puerta del desierto sahariano. A pesar de la temprana hora en la que me levanté, pude advertir no obstante cómo el trasiego de gente era constante. Por aquellos lares, la jornada laboral empieza de madrugada, antes de la salida del sol, puesto que a partir de las diez de la mañana el sofocante calor se hace insoportable. A partir de esa hora, los cafés y tabernas se ven repletos de hombres charlando y fumando en las cachimbas, intentando de esa forma resguardarse de la fuerte chicharra de los rayos solares. La actividad se ralentiza hasta que llega la tarde, momento en el que hombres y mujeres vuelven a sus quehaceres laborales.

Sólo salir de Tozeur contemplé, como ya era habitual desde que salí de Túnez capital, rebaños de dromedarios pastando al cuidado de un par de pastorcillos de apenas ocho años, y era curioso ver cómo, en medio del árido desierto, los hombres aprovechan perfectamente la sombra que el dromedario les proporciona con su cuerpo. Sombra y hombre se convierten en la misma cosa, como intentando pasar desapercibidos frente al imponente poder del dios Elio.

Mis ojos avistaron por fin la pequeña población de Douz, la puerta del desierto, y de repente, el ‘gran sur’ se me apareció con toda su belleza y grandiosidad

Apenas recorridos unos pocos kilómetros desde mi salida, entré en el impresionante Chott el Jerid, un lago seco y salado que se extiende a lo largo de unos 250 km. En algunas zonas, su costra salada pierde parte de su espesor, emergiendo una esporádica capa de agua que es rápidamente evaporada y secada por el omnipresente sol y el constante viento. Se cuentan innumerables leyendas acerca de él, y la facilidad con la que se ven los espejismos hace aumentar su fantasía.

Tras largos kilómetros de sal blanca e intenso calor, mis ojos avistaron por fin la pequeña población de Douz, la puerta del desierto, y de repente, el ‘gran sur’ se me apareció con toda su belleza y grandiosidad. El inmenso mar que sus dunas forman me empequeñecieron como jamás antes nada ni nadie lo había hecho, ya que su espectacularidad da paso a la inquietud. La uniformidad ocre de sus arenas se rompe esporádicamente por el verde de algunas palmeras que, luchando contra viento y marea, intentan subsistir inmersas en un océano de calor y sequedad.

El agua es vida, y sin ella, el desierto te demuestra sin remilgos la insignificancia de tu cuerpo frente a él. Me desplacé por sus dominios a lomos de un dromedario, dejándome guiar por su inestimable experiencia y rogando al Señor que todo lo ha creado que la furia de aquel desierto en forma de tempestad no se desatase por mi insolente ingerencia, ya que cuando éstas se producen, las tormentas de arena demuestran el poderío del desierto en caso de que llegues a subestimarlo. El orgullo y poder del desierto es tal, que con cada nuevo vendaval es capaz de crear un nuevo paisaje, exigiendo a las omnipresentes dunas que alternen su posición para que nada ni nadie sea capaz de instalarse permanentemente en él. El ir y venir nómada de sus visitantes es bien recibido por éste, pero la presencia sedentaria sólo está permitida en pequeños oasis que quizá creó para que su belleza y benevolencia fueran eternamente admiradas.

El desierto sahariano es el gran señor del sur tunecino, cuya magnificencia abarca un enorme territorio en el que la vida es pura supervivencia y demostración de coraje frente a los elementos

El desierto sahariano es el gran señor del sur tunecino, cuya magnificencia abarca un enorme territorio en el que la vida es pura supervivencia y demostración de coraje frente a los elementos. Estuve varios días en Douz disfrutando de su magia, ya que resulta increíble experimentar el contraste que tus ojos observan y tu cuerpo siente, al estar bañándote en la piscina de tu hotel rodeado por una enorme extensión de arena perdiéndose en el horizonte. La contradicción te sugiere entonces un bienestar difícilmente explicable, puesto que significa como un pequeño triunfo del ser humano ante la adversidad que tantas veces nos pone a prueba.

En las cercanías del pueblo, los rebaños de dromedarios se multiplican como esperando a que alguien les preste un poco de atención, pero el sur no es sólo un desierto de arena, ya que a no demasiados kilómetros de éste se extiende una árida y agreste meseta cuyos habitantes viven de forma subterránea. En Matmata, miles de bereberes habitan en pozos excavados a unos siete metros de profundidad. Estos cráteres son perforados a su vez por sus costados, originando cuevas que sirven de habitaciones y, de esta forma, éstas conservan una temperatura constante, tanto en invierno como en verano, convirtiéndose en un confortable ‘hogar troglodita.

Durante mi estancia en el sur tunecino pude admirar y contemplar la singularidad de sus paisajes, además de disfrutar del trato amable de sus gentes, así como también de su increíble adaptación a un medio tan hostil como es el árido e impresionante desierto del Sahara.

Víctor J. Maicas es escritor

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Editado por la Redacción: subtítulo y destacados

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Sobre el autor

Viajero incansable y escritor, mis novelas publicadas son “La playa de Rebeca”, “La República dependiente de Mavisaj”,“Año 2112. El mundo de Godal” y "Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad". Son, principalmente, novelas comprometidas y de crítica social. Además, he escrito artículos para la prensa escrita así como también para diferentes publicaciones digitales. En la actualidad soy miembro del Consell de Cultura de la ugt-pv y socio o colaborador de diferentes ONG’s

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