Jueves 29 de septiembre de 2016,
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El hechicero y la bruja

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Cuento

Arribaron en aquella ocasión al pueblo un hombre volatín y su hija de quince abriles. Traían maletas con telas de tafetán y curiosidades varias para exponer en las festividades. Instalaron el toldo a un costado del puente de maderos y cobertizo. Antes habían salido con tambores a pregonar la función y las ventas, así que los vecinos recostados en sus sillas más cómodas, bajo la penumbra fresca de los árboles de almendros, comentaban aquello, de manera que los niños percudidos y escuálidos andaban detrás de los artistas igual que una desordenada tropa.

Vendían tizas chinas para espantar hormigas, ungüentos de baba de caracol y caléndula contra las cicatrices, aceite de pata de buey contra dolores, linaza y concentrado de ciruelas pasas contra los malestares del colon, extracto de orégano contra las inflamaciones, valeriana y pasionaria. A los muchachos les ofrecían canicas de cristal por cientos, boliches de madera con palo y cazoleta, dados y naipes. Relojes de leontina, portarretratos, anillos, ábacos, alicates, gafas, dentaduras, martillos, sacacorchos y tijeras de latón para no tener que jalarse a la brava los pelos de la nariz. Traían espuelas, jaulas y embudos para pesar gallos.

Vendían tizas chinas para espantar hormigas, ungüentos de baba de caracol y caléndula contra las cicatrices, aceite de pata de buey contra dolores, linaza y concentrado de ciruelas pasas contra los malestares del colon

Despacio fueron llegando los parroquianos, vecinos endomingados y grupos en corrillo de sabaneros enfiestados. Venían de las veredas o de los ranchos y casas del pueblo; algunos traían sus bancos para acomodarse mejor y muchos quedaron de pie con una expresión aniñada y feliz.

Sacarías Sarmiento, vendedor y volatinero, era enjuto, de maneras lánguidas (podría decirse que parecía en los puros huesos), pese a ello tenía la fuerza prodigiosa de diez hombres, salida de los confines de una naturaleza que no se le veía por ningún lado, porque hacía actos de saltimbanqui y de resistencia para asombrar a todos con la misma audacia de un taumaturgo. Partía tres bloques de ladrillos juntos con un puño, doblaba varillas imposibles con las manos y molía canicas con los dientes y las tragaba. Alistaba una cuerda fuerte entre dos estacas enterradas y de un salto se subía a un baúl y de otro se montaba sobre la tensa soga trenzada, así que, con habilidad y arte, andaba de espalda con un balancín mohoso y volteaba por los aires dando saltos mortales.

Hubo un momento de angustia en que todos callaron, parecía como si fuera a caer. Un hombre del pueblo, apoyado en una horqueta, decía:

—Se cae.

Y una mujer menuda que estaba a su lado y lo oyó:

—Del suelo no pasa.

Se irguió y comenzó a deslizarse con lentitud sobre la cuerda haciendo otros saltos y ejercicios acrobáticos más audaces.

Se alzaron gritos clamorosos y aplausos.

En cambio, la hija para nada se le parecía: era rubia de ojos melosos, fresca y cándida; lucía aretes gitanos en las perillas de las orejas y una ristra de trenzas haciendo moñas.

El sitio seguía llenándose de gente y de vocerío. Sacarías Sarmiento, luego de sus demostraciones, subió sobre el desvencijado baúl de melina a anunciar el último acto prodigioso de la tarde

El sitio seguía llenándose de gente y de vocerío. Sacarías Sarmiento, luego de sus demostraciones, subió sobre el desvencijado baúl de melina a anunciar el último acto prodigioso de la tarde. -Mi hija Raquel será la encargada-, decía al público. Abría los brazotes de crucificado en tanto propagaba un vapor lacrimógeno que hacía llorar a los niños y adormecía los perros. Sonó la campanilla de atención cuyo badajo iluminaba, dio un gran salto, alzó la tapa y sacó del fondo un muñeco de trapo de tres palmos disfrazado igual que él: bombachos de húsar con tirantes y blusa curtida de manchas debajo de las axilas. Así cabal era el muñeco: narigón y encorvado. Parecía aquel títere conservado en vinagre y sal. La hija lo recibió, lo sentó en su regazo, luego de acomodarse, y, ante el embeleso del público, lo hizo hablar.

Al principio causó escándalo y prevención del público, inclusive la fuga de uno u otro campesino, pero como se trataba de algo nunca visto, que de seguro jamás volverían a ver, la mayoría prefirió quedarse. Estaban contentos, no era la labor del conuco ni la agotadora faena del llano ni el infierno de la pobreza, era otra cosa distinta y maravillosa lo que allí presenciaban. Quienes continuaron vieron dominar el muñeco con pericia y creyeron que tenía vida. El artista pasó la talega por el frente de todos. -Pueden depositar cuanto a bien deseen-, dijo. Al concluir la ronda sintió la bolsa repleta y pesada, mejor que en otras ocasiones en otros y distantes sitios.

De manera súbita se oyeron disparos y voces de mando.

La diversión acabó. Al tanto del asunto, el alcalde malinterpretó el acto y los envió a arrestar con un pelotón de hombres armados. A empellones se abrieron paso entre la multitud, los maniataron con sogas de amarrar mulas y los echaron a la fuerza a andar. Voces destempladas de ebrios se alzaron reclamando el espectáculo, otra gente huía saltando tapias y forzando puertas.

Se fueron dispersando. Mujeres y hombres comentaban los sucesos. Ellas con reticente displicencia y los esposos con etílica agudeza, decían:

—Pero que no creemos que ande ese viejo pervertido con la hija… ¡Qué de seguro es la querida!

—Pero que está el zorro bien de buenas, entonces —apuntó uno y luego remató—: a buey viejo, pasto biche.

Otro hombre decía:

La hija lo recibió, lo sentó en su regazo, luego de acomodarse, y, ante el embeleso del público, lo hizo hablar

—A la moza y a la mula, por la boca le entra la hermosura, ji, ji.

Y una vieja gorda, que pasaba envuelta en una mantilla, agregó con socarronería:

—A quien se casa viejo, muerte o cuernos.

El primero volvió a insistir:

—¡Dios, está su querida como me la mandara el médico!

Y su mujer con verdadero disgusto luego del codazo respondió:

—¡Qué haremos con estos babosos que no han visto mujer!

Los policías levantaron con cachivaches y maletas, y se alejaron. El último de ellos tropezó con la mirada complaciente de un sacerdote. El sujeto lo ignoró. Sin embargo, al tiempo que recogía las mercancías y sacudía ninguna arena del uniforme, con una ronquera de pájaro y la gravedad suficiente para que todo el mundo oyera, dijo:

—¡Es un hechicero!

Por el camino se oían las voces de quienes los apresaron:

—¡Cogimos al hechicero y a la bruja!

Al paso salieron los perros a perseguir a los prisioneros y se levantaba un largo coro de ladridos que iba pasando de casa en casa, encendiendo el alboroto de las gallinas en todos los corrales del vecindario.

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