Domingo 04 de mayo de 2014,
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El movimiento 15M, un año después

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INTERPRETACIÓN / El 15M ha logrado poner en la agenda política y social nuevos conceptos, pero aún queda por desentrañar cómo articular su fuerza de un modo políticamente eficaz

El ágora era la plaza pública donde los ciudadanos de la Antigua Grecia se reunían a debatir sus leyes políticas y el futuro de sus ciudades. La democracia nació en el ágora y es tan vieja como el inicio del ‘logos’. Ocurre, sin embargo, que la democracia griega era, en realidad, un sistema de las élites y que en el ágora sólo se reunían algunos, los que eran considerados ‘ciudadanos’: fuera de ella quedaban excluidos otros muchos, los esclavos y las mujeres, nada menos.

La estrecha democracia que hoy tenemos, reducida a un sistema partitocrático dominado por una casta de oligarcas y tecnócratas que deciden arbitrariamente sobre el destino del resto, coexiste con una versión caricaturesca de la participación

Hoy el concepto de ciudadanía es prácticamente coincidente con el de sujeto moral. Ciudadano es todo sujeto autónomo, dotado de derechos y obligaciones y con igual capacidad de influencia política. Pero nuevas formas de despotismo, herederas del despotismo ilustrado (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”), organizan la convivencia. La estrecha democracia que hoy tenemos, reducida a un sistema partitocrático dominado por una casta de oligarcas y tecnócratas que deciden arbitrariamente sobre el destino del resto, coexiste con una versión caricaturesca de la participación, según la cual el acto de introducir una papeleta en una urna cada cuatro años es la máxima -y casi única- expresión de la implicación ciudadana en la toma de decisiones colectivas.

Se ha cumplido este fin de semana un año del surgimiento del 15M. El 15M se fundó con el propósito de revitalizar el ágora como centro deliberativo de la vida política y exigir desde ella lo que por derecho nos corresponde: una democracia auténtica que no sea la de las élites, las corporaciones y el dictado de los mercados, sino la democracia de los ciudadanos, de la virtud cívica y de la preocupación por la justicia social y el bien común. Su simbólica y muy acertada reivindicación del uso público de las calles y plazas no es casual. Es en ellas donde se vive la democracia, la democracia radical, la de los sujetos políticos que dialogan entre sí y discuten sobre lo que más les atañe.

Muchos han sido los avatares a los que este movimiento ha tenido que hacer frente desde su irrupción en el panorama social. Contradicciones, paradojas, tensiones internas, ataques externos. El movimiento fue desde su comienzo una amalgama de tendencias demasiado heterogéneas, una masa poco cohesionada y con fines, a veces, nada explícitos. Los conflictos entre diferentes facciones y las ansias de protagonismo de algunos de sus miembros no allanaron el camino.

Al movimiento 15M se le acusa, entre otras cosas, de no haber lograr nada en todo este tiempo. Parece evidente que muchas de sus reivindicaciones no se han traducido en una mejora sustancial de la situación del país. No solamente sus propuestas no han sido atendidas por parte del poder político, sino que nuestro actual gobierno ha emprendido una política económica y social que se opone taxativamente a todo lo que los ‘indignados’ han venido defendiendo. El paro sigue creciendo, los recortes de derechos económicos y sociales no dejan de producirse, la pobreza aumenta. El poder, en definitiva, sigue desconectado de las necesidades de la ciudadanía. Pero, ¿es tan cierto que el 15M no ha logrado nada?

El 15M exige una democracia auténtica que no sea la de las élites, las corporaciones y el dictado de los mercados, sino la democracia de los ciudadanos, de la virtud cívica y de la preocupación por la justicia social y el bien común

Si nos dejáramos llevar por una lógica binaria de ‘todo o nada’ bien podríamos llegar a la conclusión de que, en efecto, nada ha logrado. Parece que al 15M le hubiéramos pedido demasiadas cosas y que, por esperar demasiado por su parte, nos hubiéramos encontrado con la decepción y el fracaso al no colmar nuestras expectativas. Estoy convencido de que a este movimiento le ha faltado, en no pocas ocasiones, más capacidad crítica y, sobre todo, un discurso más coherente vinculado a ideas sustantivas de transformación social. Estamos lejos de haber conseguido que la mayor parte de la gente haya hecho suya la conciencia de la necesidad de superar el capitalismo como modelo económico, por ejemplo. El 15M no ha subvertido el sistema, está claro.

Pero la lógica binaria, ‘blanquinegra’, no sirve para analizar las dinámicas sociales. Los logros de un movimiento social, además, casi nunca son del todo evidentes. Si algún mérito hay que atribuir al 15M es haber puesto en el primer plano de la discusión cotidiana conceptos y términos que hasta hace algún tiempo eran extraños para muchas personas. Algunas de sus propuestas están, hoy, en boca de todos, como la dación en pago o el cambio de la ley electoral. El 15M no ha cambiado las condiciones objetivas del sistema, pero ha infundido ánimo y valor a las personas, ha despertado entusiasmo, atrayendo a sus reuniones a hombres y mujeres de toda clase y condición. También hay que agradecerle al movimiento su énfasis constante en la importancia de la horizontalidad, la inclusividad y la no-violencia como normas para la construcción de una sociedad nueva. En torno al 15M muchos ciudadanos han redescubierto con alegría aquello que parecía que había sido olvidado: que en una sociedad verdaderamente democrática la fuerza está en la multitud y que la multitud, cuando se llena de razón, es la que legitima al poder.

Hay abiertos algunos desafíos, no obstante. El más importante de todos: cómo articular toda esa fuerza de un modo políticamente eficaz. Es posible que dentro del 15M haya habido mucho idealismo, mucho utopismo ingenuo, una crítica fácil, tan fácil como inútil, de toda estructura de poder. Cómo saber usar el poder como palanca para subvertir el orden establecido es el gran reto al que nos enfrentamos siempre. Una contradicción que no cabe eludir y que no puede ser resuelta en abstracto, sino atendiendo a cada caso concreto. No se puede estar en contra de todo poder porque sí. El 15M no puede pretender ser el sustituto de la política institucional tal como hoy la conocemos. Pero pudiera ser que su fuerza y sus propuestas sirvieran, eso sí, como un acicate, como un estímulo capaz de contribuir a la construcción de una ciudadanía crítica mejor organizada y más formada, lo que es un requisito imprescindible para una acción política colectiva consciente de sí misma y de sus posibilidades, auténticamente liberadora.

Si algún mérito hay que atribuir al 15M es haber puesto en el primer plano de la discusión cotidiana conceptos y términos que hasta hace algún tiempo eran extraños para muchas personas

El 15M, a su manera, sin duda problemática, en línea con la tradición humanista y republicanista más venerable, ha recuperado y puesto en valor una vez más las profundas raíces de la democracia, que son los tres grandes valores de la llamada ‘modernidad’: libertad, igualdad y fraternidad. El lema de la Revolución Francesa sigue siendo válido para nuestro tiempo. El 15M es sólo un paso, un paso más en la secuencia de pasos, pero un paso importante al fin y al cabo, como lo fue en su día Mayo del 68, cuyas ideas todavía siguen agitando las conciencias, por mucho que la represión ejercida por De Gaulle se acabara imponiendo.

Puede que el 15M haya muerto tal como fue concebido en un principio, pero su energía no ha muerto, lo saben bien las miles de personas que han salido a poblar las calles este fin de semana, porque la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Sobremanera, la energía de la libertad. Ahí sigue estando y seguirá siempre, dispuesta a transformarse en otra cosa. Qué cosa será ésa, no lo sabemos. Depende de nosotros el rumbo que nuestra libertad tome.


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