Domingo 04 de diciembre de 2016,
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“El mundo entero necesita el petróleo, pero no nos necesitan a nosotros”

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CRÓNICA / Omar Havana narra sus primeras impresiones a la llegada a Túnez, la antesala de la guerra desatada en Libia

[span class=doc]Este artículo es el primero de una serie[/span]

Túnez. Hace años aprendí en esa Cuba de Fidel lo que significaba la palabra esperanza, muchos han sido los lugares desde entonces que me lo han recordado, pero ninguno como esta ciudad rodeada por estrellas en medio del desierto.

Los contrastes han sido el tono dominante en este arco iris de pensamientos e imágenes desde mi llegada a Túnez. Han pasado solo horas desde que disfrutaba de un escocés reserva en uno de los club más selectos de la capital tunecina, rodeado de inmensos escotes y bellas miradas de un color negro profundo.

Cientos de kilómetros, un conductor zumbado y una comida excelente separan esas pechugonas adineradas de Cartago de la seriedad de esas túnicas negras

Cientos de kilómetros, un conductor zumbado y una comida excelente separan esas pechugonas adineradas de Cartago de la seriedad de esas túnicas negras que te impiden ver el corazón de esas personas a las que el ‘mundo desarrollado’ ha mal bautizado como fanáticos.

Tataouine es una ciudad extraña, extensa, mágica. Sus calles, interminables, se ven adornadas con los típicos cafés donde los hombres discuten sobre la nueva Túnez mientras inhalan los nuevos humos de democracia que desprenden sus ‘shishas’. Al final de este poblado de las galaxias se encuentra el primer oasis, ese donde el agua pasa desapercibida y las palmeras visten las camisetas del Madrid o del Barcelona, ese donde el cielo es tu mejor compañía y donde la libertad se sueña en el asiento trasero de un coche. Un oasis al que no estamos acostumbrados, ese oasis llamado humanidad.

1.200 coches es un día, una bala encerrada en un cerebro, Messi, Ronaldo, muerte, asesinato, exterminio, dictadura, libertad. Demasiadas palabras para poder resumirlo solo en un artículo, demasiadas impresiones para poder solo sentir una sensación, demasiada humanidad para poder solo sentirte un periodista. Lecciones encerradas en vidas condenadas a muerte, sonrisas infantiles huidas de una guerra, palabras que dañan el corazón de forma irreversible, demasiado para una solo noche, y aún tengo diez más. Historias que retumban en mi cabeza al mismo ritmo de esos morteros asesinos disparados por ese dictador que lleva cuarenta y tantos años siendo el ‘líder de la revolución’. Cómo hacer justicia a lo escuchado, cómo reflejar lo observado, cómo dar voz a la solidaridad, cómo, me pregunto, cómo.

Es imposible ponerse en la piel de alguien que sonríe contando cómo lo han intentado asesinar dos veces por el solo hecho de decir no. Resulta difícil imaginar la mirada de ese abuelo ciego que repite una y otra vez la palabra Libertad. Se te parte el corazón al ver ese rostro afeitado inundarse por las lágrimas de la muerte. Y cómo llegar a entender lo que esos niños pensarán mientras sus hermanos mayores luchan en la primera línea de fuego. Y de repente, el sonido de unas palabras te penetra hasta las entrañas: “el mundo entero necesita petróleo, pero no nos necesita a nosotros”.

Es imposible ponerse en la piel de alguien que sonríe contando cómo lo han intentado asesinar dos veces por el solo hecho de decir no

Por qué, por qué, por qué, más por qué, y siempre el mismo porque. Dinero y más dinero, petróleo y más petróleo, bombas y muchas más bombas, gobiernos, más gobiernos. Derechos, dónde están sus derechos. Libertad, dónde está su libertad. Democracia, ¡ay Democracia! Y medios, muchos medios, escondidos cobardemente detrás de sus chalecos antibalas, protegidos con ese casco en forma de cheque, camuflados bajo el sentimiento hipócrita del heroísmo.

Hace años aprendí lo que significaba la palabra Esperanza, mientras el volumen de la salsa cubana subía, mi asere Ricardo me contaba cómo le podrían cortar las piernas, como podrían matar a sus hijos, pero cómo nunca le quitarían el sueño con el que nació. Camboya hizo que la esperanza se tiñera de basura, que la sangre fuera un alimento al cual sonreír, que la corrupción fuera el pan de cada de día. Y hoy es Libia, ese país del que no sabemos nada, esa nación camuflada bajo el nombre de Gaddafi. Un pueblo que hoy, 3 de mayo, día mundial de la libertad de prensa, me ha vuelto a recordar el significado de la palabra, Esperanza.


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