Martes 27 de septiembre de 2016,
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El pacto imposible

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En estos días vemos como la idea de un gran pacto de Estado que siente las bases, los supuestos y circunstancias que permitan la salida de la crisis que atraviesa España se impone

No solamente por el sentido común que indica que, al menos, los dos grandes partidos de la política española deberían llegar a un acuerdo de mínimos que permita unidad de acción y criterio para salir de esta situación que puede llevarnos a una quiebra económica de Estado, sino y también, porque diferentes actores, sectores e interlocutores lo han pedido.

La petición expresa y manifiesta del Rey en favor de un pacto, un diálogo de cara al acuerdo, que disponga las hipótesis y herramientas básicas para salir de la crisis ya orquestó lo que sabemos a grandes luces: la política española vive de la crispación, del ‘cuanto peor, mejor’ y del desgaste del contrario para quedarse como única posibilidad de Gobierno, para el PSOE, o como única alternativa, para el PP. Que el Jefe del Estado ‘medie’ o entre en el ruedo político para pedir ese paso valiente, de acuerdo y de interlocución en la situación que vive el país es sintomático y ha sembrado un prurito de incomodidad en casi todos por los desencuentros y falta de sintonía personales y de partido existentes en la política del país.

Ahora bien, y sentada esta situación política, la de petición de pacto, y en unas circunstancias en las que medios periodísticos extranjeros vierten, un día sí y otro

La petición expresa del Rey en favor de un pacto ha sacado a la luz el momento de crispación y de ‘cuanto mejor, peor’ que vive la política española

también, las más feroces y crueles noticias sobre la economía española, la posibilidad de salir, a corto plazo, de la crisis así como de las consecuencias de ésta, con España de Presidente semestral de la UE con obligación, también, de impulsar la economía, nos pone en un brete interesante. El pacto se antoja como un camino casi ineludible para que se cumpla lo que siempre se ha dicho: que la política cortoplacista, electoral, de calado, que vive España deje paso, al menos excepcionalmente y durante lo que exija las medidas para salir de esta situación económico-social, a una política de Estado que con grandes líneas y matices suponga el estadio básico que lleve el timón de la dirección político económica del país hacía un puerto seguro. Es parte de la responsabilidad política básica, que es de exigir en un político al servicio del país, pero ¿es posible?

EL PSOE / Gobierno de Jose Luis Rodriguez Zapatero, intenta capear el temporal, tildando de catastrofistas, cuando no de conspiradores, a todos los que nos recuerdan la mala situación de la economía, del paro en cifras récord, que puede llegar al 20%, y se escuda en sus estrategias de comunicación para vender que ya hemos salido de la crisis o que el paro no es tan grave como parece, con la connivencia, sorprendente y de espaldas a sus bases, de los sindicatos y una clase empresarial que es también seguidista a poco que les haga sonrisas. Supongo que la CEOE y otros callarán sus críticas más acerbas para las reuniones internas, a la espera de la cornucopia estatal.

El PP continua con su ‘run-run’ de medidas ‘de libro’ que poco han aportado hasta ahora y que menos aportarán. No quieren ser asociados a una situación de gestión que por fas o nefas ha sido casi la peor posible. Es cierto que la situación de crisis sobrevenida se sentó sobre la crisis ya latente y latiente de una economía española con demasiadas ínfulas y poca base, pero es que además las medidas implantadas y la filosofía de enfrentarse al posible cataclismo económico por parte del Gobierno del señor Zapatero han sido pocas, poco efectivas, si acaso efectistas en los medios y ante los ciudadanos siempre tratados como electores, y de poca importancia y calado escaso junto con la sensación de ser cambiantes e improvisadas. El PP ha sido acusado, a veces, de ir cargando las tintas sobre lo más negativo y agresivo de la crisis, como por otro lado es su trabajo de oposición. También ha sido adjetivado de ‘catastrofista’ o, incluso, de ‘antipatriótico’ por un Gobierno que hubiera necesitado más apoyo, aunque quizás no al precio que le exigía a la oposición, una genuflexión ante sus medidas que siempre han adolecido de falta de dirección y de sentido.

Por otro lado, el Gobierno / PSOE no quiere que, ante la ineficiencia de las acciones, un pacto que ‘funcione’ pueda dar idea de que el efluvio proviniente del primer partido de la oposición, el PP, es lo que ha cambiado el rumbo de una crisis fagocitadora. Sería demasiado aceptar, con unas encuestas que ya les coloca apreciablemente por detrás en los resultados, por eso una vez no conseguido una aceptación ciega, y sesgada, de sus postulados por parte de la oposición deja el posible pacto en ‘acuerdos aislados’.

El PSOE no quiere que un pacto asocie la recuperación al PP, y el PP no quiere que su nombre se asocie a medidas impopulares

El PP, por otro lado, tampoco desea que se asocie su nombre y su estrategia a unas medidas que si bien son ‘sopladas’ por unos y otros desde diferentes ámbitos, parecen no haber logrado ni el apoyo suficiente ni el interés en su implantación por parte del Gobierno, dejando una displicencia negligente en su aplicación que, en parte, son causa de los males económicos y sociales, derivados del alto paro, que vivimos. El empleo repetido por parte del Gobierno de la palabra acuerdo, pacto, ‘arrimar el hombro’, etcétera, como argumentos propagandísticos para dejar al PP en offside político, hace que los cantos desde la bancada azul para ‘apretar las filas’ solo puedan ser considerados en esa clave.

El resumen: dos no pactan porque dos no quieren. Unos que no quieren ‘compartir’ un posible éxito con una oposición creciente y una oposición que no quiere ‘compartir’ un fracaso económico y de paro cuando las encuestas les coloca como más que posibles inquilinos de la Moncloa a partir de 2012.

Por eso titulo a este artículo la imposibilidad del pacto, imposibilidad porque los actores políticos, en estas circunstancias en las que nos encontramos, no quieren o no ven rentable dar a esa importante, y necesaria, voluntad de diálogo la característica de viable, para evitar ser contagiado por los errores y deficiencias de gestión, por parte del PP, o, también para evitar que las políticas o doctrinas que tan fácilmente se recetan desde la oposición funcionen dando pistas sobre la viabilidad lineal y directa de un cambio de Gobierno, por parte del PSOE.

Por si esto fuera poco el pacto de Estado requeriría algunos elemenos más que no acaban de cumplirse. Esto es, una clase política con voluntad de Estado, con espíritu que supere el tiempo de récord de la legislatura sino que mire más allá, mucho más allá.

El posible acuerdo ente los partidos políticos, aclamado por todos, estaba y está condenado al fracaso

La nómina de estadistas entre los políticos está en desuso, tras Suárez, algún tiempo de González y de Aznar, en estos momentos está desierta, no solo, como digo, por la falta de voluntad personal sino porque los propios derrotes de la política van en otra dirección aunque la responsabilidad en el momento que vivimos pidiera a gritos otra cosa.

Los partidos políticos son elementos diseñados no solo para ocupar todo el espacio político-económico-mediático provocando anoxia y asfixia a cualquier pensador, sino también para expresar en términos de brega, zapa y lucha crispada cualquier asunto relacionado con la política o la gobernanza. Este frentismo eterno, que supongo que en el día a día y por mor de una gobernabilidad habrá de distenderse y agilizarse, reduce las posibilidades de ‘acuerdo’ mínimo.

Por tercer punto, la falta de historia de pactos, o al menos de pactos que no sean sean susceptibles de denunciados a los diez minutos como traicionados o como eliminados, hablo del Pacto antiterrorista o el Pacto de Toledo, nos deja en unas bancadas políticas que viven una brecha de tamaño oceánico entre ellos. Es cierto que no hace mucho y en el siempre convulso y singular País Vasco como escenario, un acuerdo entre PSE-PSOE y PP ha dado, al menos a mí me lo dio, una de las mayores alegrías políticas posibles en aquellos lugares, una gobernabilidad sin la sombra del nacionalismo excluyente, sin la mácula vergonzante de la presencia de ETA en los ámbitos públicos, con una situación de normalidad y de coherencia que, sinceramente se antoja imposible pero muy deseable en el rompeolas político de las Españas que es Madrid.

En resumen, como a Santiago Nasar en ‘Crónica de una muerte anunciada’ del nobel García Márquez, este posible acuerdo entre los partidos políticos, aclamado por todos, estaba y está condenado al fracaso, a ser minimizado, sino eliminado del discurso, para abocarnos, de nuevo, a las estrategias cortoplacistas, las campañas de medios o de griterío que intente hacernos perder la atención en lo importante: Una crisis que es un quinto caballo del apocalipsis, un Gobierno que no es capaz de cabalgarla y una oposición que no aporta soluciones para su domeño.


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