Miércoles 07 de diciembre de 2016,
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Laos, el país que aprendió a reciclar las bombas

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REPORTAJE / Laos es hoy conocido como el país del mundo donde más bombas han sido arrojadas por habitante

Los campesinos han aprendido a convivir con ellas y ya son parte del paisaje

Los 240 kilómetros que separan Vang Vieng y Phonsavan, en Laos, supusieron para mí algo más que un simple viaje. Hasta ese momento, creía considerarme un viajero, pero fueron en esas seis horas de autobús donde me di cuenta que hasta ese momento había sido un turista más en busca de fotos que enseñar a mi regreso.

Vang Vieng es el típico pueblo de mochileros en busca de tranquilidad, diversión y sobre todo ‘marihuana’. Cientos de turistas se pasan los días tumbados en los ‘salones’ al aire libre de los hostales, viendo una y otra vez los mismos capítulos de la serie ‘Friends’, mientras otros se animan a disfrutar de la única diversión que esta aldea perdida ofrece, el descenso en neumáticos de camión de un río cercano, un trayecto cercano a una hora, dependiendo del tiempo que pares en uno de los chiringuitos que invaden las laderas de su cauce. Una aventura que cuesta la vida a más de un turista todos los años.

A tan solo unos pocos kilómetros de Vang Vieng, se encuentran las ‘peligrosas’ Ruta 13 y Ruta 7, y las ‘Zonas Especiales Saysomboun’, donde entre los años 2003 y 2004 fueron frecuentes los ataques a autobuses y donde al menos doce personas fueron asesinadas en ese año, incluyendo dos ciudadanos suizos que circulaban en sus bicicletas.

Cansado de no hacer nada en Vang Vieng, decidí visitar la zona de la ‘llanura de las jarras’, a pocos kilómetros de Phonsavan, una de las regiones más bombardeadas de la historia, y atravesar una de esas carreteras ‘peligrosas’, la Ruta 7. Fue en ese autobús repleto de gallinas y cerdos, donde la aventura comenzó. Pocos kilómetros después, empecé a mirar a mi alrededor, buscando imágenes que capturar por el objetivo de mi cámara, todo cambió al ver a ese joven que se sentaba en mi misma fila, pero al otro lado del pasillo.

No tendría más de 25 años, aunque no fue su físico lo que me llamó la atención, sino el Kalashnikov que tenía a su derecha. Fueron minutos de pánico, yo era el único turista del autobús y aquella era una zona de guerrilla hmong. Pronto pude respirar, cuando el autobús paró durante unos minutos en uno de los bares de carretera, hasta que ese joven decidió quitarse la chaqueta, y dejar al descubierto, tres granadas de mano y dos pistolas que llevaba alrededor de su cuerpo.

Estuve pensando qué hacer, subir de nuevo al autobús, o ese era el final de mi viaje. Yo intentaba preguntar a la gente local, quién era esa persona, pero nadie me contestaba. Al final subí, y no sé si por los nervios, el miedo, o la razón que fuera, empecé a disfrutar del viaje, aquello sí era una aventura, y al final, no sé qué era más peligroso, si ese chaval con un rifle, dos pistolas y tres granadas, o aquel autobús sin ventanas que se salía en todas las curvas de la carretera. Seis horas después por fin respiré, había llegado a Phonsavan.

Me alojé en el hotel del hijo del portavoz del Pathet Laos, movimiento político comunista que combatió contra los franceses en los años 50 y contra los americanos posteriormente. Era un adinerado hombre que había sabido sacar partido a los contactos que su padre había hecho durante la Guerra de Vietnam. Un hotel que era famoso por su decoración, toda fabricada con los restos de las bombas que la guerra secreta había dejado esparcidas por Laos, no tengo que decir que la cena resultó ‘explosiva’.

A pocos kilómetros del pueblo se encuentra la conocida ‘Llanura de las Jarras’, un área que contiene miles de jarras creadas hace 1500 o 2000 años, esparcidas por el suelo en la llanura de Xieng Khouang, en la principal cadena montañosa de Indochina. En el contexto de la Guerra de Vietnam, la llanura de las jarras se refiere a la llanura completa de Xieng Khouang, en lugar de los sitios culturales en sí mismos.

La primera europea en estudiarlas fue una arqueóloga francesa llamada Madeleine Colani, que las visitó en 1930, quien mantuvo la teoría de que el lugar está relacionado con enterramientos. Colani encontró una cueva en las proximidades que contenía restos humanos, algunos de ellos quemados. Durante la Guerra de Vietnam, esta cueva fue utilizada como fortaleza por el Pathet Lao. El área cercana está rodeada de trincheras y cráteres de bombas, y la tierra plagada de restos de metralla. El pueblo de Xieng Khouang fue destruido durante la batalla de Pathet Lao, lo que originó que en 1970 Phonsavan fuera construido.

En las proximidades de la llanura se encuentras algunos de los poblados hmong más peculiares de todo Asia. Las bombas son parte del paisaje, y los aldeanos han aprendido el peligroso trabajo del ‘reciclaje de explosivos’. Es normal ver casas que utilizan los depósitos de combustible de los B-52 como improvisados pilares, es normal comer en un restaurante con cubiertos fabricados con el metal de las bombas, resulta curioso ver como los niños utilizan las bombas de fragmentación desactivadas como improvisadas pelotas. Es difícil caminar en esta zona sin posar los pies sobre una de las bombas de racimo que invaden el suelo, como yo mismo tuve la oportunidad, por desgracia, de experimentar.

Todo en este lugar es diferente, la vida discurre entre los restos de una guerra, que hizo que Laos sea hoy conocido como el país del mundo donde más bombas han sido arrojadas por habitante. El bombardeo fue superior a todos los ataques sufridos por toda Europa en conjunto durante la Segunda Guerra Mundial. Los Estados Unidos realizaron más de 10.000 misiones durante los nueve años que duró la guerra, arrojando más de un millón de bombas, el equivalente a una tonelada de explosivos por cada hombre, mujer o niño que vivía en el país en aquel momento. Mientras en Estados Unidos, dos millones de dólares al día eran ‘donados’ al conflicto mediante los impuestos de una población que cada vez estaba más en contra de esta guerra.

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Una lluvia letal de todo tipo de bombas fueron arrojadas desde los B-52 que realizaron incursiones sobre Laos en un promedio de cada ocho minutos durante nueve años. En 1973, el bombardeo se detuvo finalmente. Laos es un país lleno de cicatrices y el sufrimiento todavía no se detiene. El treinta por ciento de las bombas arrojadas se encuentran sin explotar. En el plano personal se reportan nuevas víctimas cada día. Desde el cese de los conflictos entre Estados Unidos y Vietnam ha muerto casi tres veces más gente en Laos a causa de las bombas de racimo, que la gente que falleció en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. En Laos hay una terrible escasez de tierra cultivable y eliminar estas bombas es un trabajo que se llevará varias generaciones.

Quienes han tratado de hacer el cálculo aseguran que llevaría varios siglos, quizás mil años, antes de que un programa de desactivación de explosivos sin suficientes fondos, como el de Laos, logre despejar hasta el último explosivo de un territorio que ocupa una extensión la mitad de España.

Mientras tanto, y teniendo en cuenta que una labor tan simple como la agricultura, en esta zona se ha convertido en uno de los trabajos más peligrosos, muchos pobres encuentran en el metal oxidado una oportunidad para fabricar prótesis bajo un programa de COPE, una de las organizaciones locales, una opción muy útil para los cientos de heridos por bombas al año. Curiosamente, el alto precio de la chatarra incentiva el comercio de los restos de bombas, una tarea realizada por gente inexperta y sin medios para impedir ser víctima de una detonación.

Solo unos días antes de mi vista al pueblo hmong, uno de los niños murió a causa de una de las bombas de racimo, según me explicaba mi guía, Sousath, el chaval creyó que había encontrado una pelota en el suelo, y al cogerla explotó. No pudieron enterrarlo inmediatamente, ya que hasta varios días después no encontraron sus brazos en el tejado de una de sus casas. El niño tenía tan solo 7 años de edad.

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Laos es un pequeño Estado pacífico, situado entre sus más reconocidos vecinos de Tailandia, Camboya, Vietnam, Birmania y China. Un país olvidado del que pocas personas han oído hablar, que muy pocas pueden identificar en un mapa, y que hace años sufrió una ‘guerra secreta’ desconocida para la mayoría. Más de treinta años después, sus niños siguen sufriendo las consecuencias de ese sin sentido que fue la Guerra de Vietnam, quizás el mayor fracaso militar de la historia de los Estados Unidos, pero seguro que la mayor derrota para la vida de las personas que viven en este hermoso país. Laos, sin duda la ‘joya del Sudeste Asiático’.

Enlaces de interés:
Llanura de las jarras
Organización COPE
Guía sobre Surasia: Tom Vater


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1 comentario

  1. Anónimo 23/12/2010 en 15:24

    Es increible que siendo Estados Unidos el principal responsable de esa guerra con Vietnan, no ayude a Laos a poder limpiar de esas bombas que tanto daño hacen a esta pobre gente.
    Deberia de darles verguenza haber dejado arruinado a ese pais solo por una tonta guerra que nunca ganaron.

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