Sábado 01 de octubre de 2016,
Bottup.com

Un periodista ciudadano nos narra su experiencia al dejar de fumar: ha ganado mucho más que salud

Muchos psicoterapeutas han escrito sobre la paradoja del cambio. A veces, mientras más empeño se pone en él, más parece alejarse, porque todo intento deliberado de cambio puede despertar una resistencia de igual magnitud

Cuando nos decimos, por ejemplo, que nunca más volveremos a fumar podemos despertar un tipo de ansiedad (o un sentimiento de pérdida anticipada) que nos provoque más ganas de fumar. Hasta que no remite esa resistencia no se produce el cambio y entonces parece que ocurre, que acaece por sí sólo. Desde ese punto de vista la idea es avanzar sin despertar nuestras defensas, a nuestro ritmo, lo más placenteramente posible, consolidando cada paso y confiando en que nuestra naturaleza actuará en nuestro favor y no en nuestra contra. En definitiva, se trata de seguir la máxima sobre la promoción de la salud de ‘hacer más fáciles las opciones más sanas’.

“Aunque siempre se oye hablar del círculo vicioso, también existe -ahora lo sé- una especie de espiral positiva”

Por eso cuando mi médico me recomendó un cambio de hábitos para reforzar mi decisión de dejar de fumar, lo pirmero que hice fue localizar varios circuitos urbanos agradables a la vista y lo más alejados posible de la contaminación. El parque, el río, el barrio histórico peatonal y los jardines adyacentes ofrecían buenas perspectivas.

Comencé por no fumar una hora antes y una hora después de la caminata o del trote al que sometía a mi desacostumbrado cuerpo. Hacía algunos estiramientos antes de empezar y al terminar. Durante el ejercicio respiraba profundamente como si quisiera limpiarme o desintoxicarme. Después comía fruta. Eso me permitió sustituir una de mis comidas habituales, de modo que antes de dejar el tabaco ya había comenzado a adelgazar y a respirar mejor.

Me había propuesto convertir mis cambios de hábitos en un placer. No quería apoyarme en autoimposiciones – desconfío de la dictadira de la razón -, ni en sentimientos de culpa – me desagrada el sufrimiento inútil -. Quería conquistar la meta etapa por etapa, sin prisas y sin recaidas que me hicieran sentir el amargo sabor del fracaso. Programa de baja exigencia y alto disfrute, me repetía cada día.

Uno de los hándicaps mentales que más me costó superar fue el de: ¿qué iba a hacer durante la hora y media de paseo o 50 minutos de trote en soledad? Seguro que me aburro. Al principio llené ese tiempo con música e incluso con un curso de inglés grabado en mi mp4, hasta que descubrí que yo no era tan mala compañía. Me acordé de Machado, de lo importante que es conversar con uno mismo. Me dediqué a repasar cosas sobre las que quería pensar y no encontraba tiempo durante el día, aprendí a escribir mentalmente, recordé detalles y personas que no veía desde hacía algún tiempo.

“No solo dejé de fumar, también cambió mi punto de vista y mi forma de tomarme las cosas de la vida”

Cuando se lleva corriendo o marchando un buen rato la mente funciona de otra manera. Las preocupaciones ordinarias dejan paso a otras figuras y a otros paisajes. Algunos las llaman visualizaciones, yo creo que se trata simplemente de nuestra imaginación que despierta de su letargo.

Otro obstáculo fue encontrar una respuesta satisfactoria a la pregunta de cómo podía estar dedicándole tanto tiempo a aquello con la cantidad de cosas que debía hacer, además de eludir el pinchazo de culpabilidad que acompañaba a la insidiosa pregunta. Verdaderamente tuve que recomponer mis prioridades y con ellas mi escala de valores y mi autoimagen.

Si uno se concede dos horas al día para cuidarse, las cosas pueden cambiar. De hecho, cambiaron más allá de lo que esperaba inicialmente. La repiración, el nuevo ritmo, el placer de la vista durante el paseo, beber con auténtica sed o saborear una fruta con un paladar recuperado, concederme tiempo, acostarme cansado físicamente y no agotado de estrés, premiarme por los pequeños logros que iba consiguiendo y algunas cosas más, terminaron por transformarme.

Otro descubrimiento fue el concepto de círculo virtuoso. Raro es el día que no se oye hablar de algún circulo vicioso en el que estemos metidos, pero también existe – ahora lo sé – una especie de espiral positiva. Las dos horas que dedicaba a mi nueva vida se convirtieron en el epicentro de una fuerza centrípeta que poco a poco fue alcanzando el resto de las horas del día… y de la noche.

No sólo dejé de fumar, también cambió mi punto de vista y mi forma de tomarme las cosas de la vida. No hay nada misterioso en todo ello. Quizá lo único que ocurre es que los superdesarrollados occidentales nos hemos vuelto existencialmente conservadores e ideológicamente deterministas, hemos dejado de creer que nuestra vida nos pertenece y podemos conducirla en la dirección que nos parezca más razonable y placentera. Sólo creemos en la lucha por el triunfo económico, laboral y de status, pero esa búsqueda implica un estilo de vida que deja muchas cosas atrás en su constante huída hacia delante.


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