Viernes 30 de septiembre de 2016,
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El ‘profe’: limpiando autos para evitar la pública

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PERÚ / CRÓNICA / La mañana en que conocí al maestro de escuela pública primaria que, sin quererlo, se niega a sí mismo

Es una mañana fría de agosto en Lima, la mañana de un lunes cualquiera. El pronóstico de que el invierno comenzaría a sentirse en este mes resultó cierto. La lluvia de la madrugada me obliga a llevar el auto al lavado, lo que me permite aprovechar el tiempo para tomar un café, uno de esos que ya se han vuelto adicción en mí y que me han transformado en un inerte visitante de una conocida franquicia norteamericana de cafeterías, la cual sigue inaugurando locales por todo Lima.

El lugar, un centro comercial de la ciudad, que años atrás había sido sede de la feria más representativa de Lima de las décadas de los años ochenta y noventa. Esa feria a la que nadie podía faltar y que ofrecía a sus visitantes electrodomésticos a buenos precios y un parque de diversiones donde muchos miembros de mi generación pasaron gratos momentos.

En el estacionamiento del centro comercial símbolo del crecimiento económico del país me cruzo con el ‘profe’ minutos antes de iniciar su jornada de trabajo

La feria se convirtió en la sede de un supermercado, que a la vez exhibe y vende electrodomésticos. También es el lugar donde se ubica una de las más conocidas marcas de artículos de ferretería, franquicias de comida rápida y un reconocido restaurante de comida peruana. Junto a todo ello, las oficinas de varias entidades financieras, con instalaciones que parecen diseñadas para convencer al cliente de embarcarse en alguna operación crediticia.

Un amplio estacionamiento permite a todo aquel que llegue al centro comercial aparcar cómodamente su vehículo. La casa, obviamente, no se responsabiliza por algún objeto de valor que se deje en el auto. La amplitud del estacionamiento, el número y particularidades de los autos aparcados en el lugar reflejan el avance económico del país, el resurgimiento de la clase media limeña y de una cada vez más presente clase acomodada.

Dicen los entendidos que el progreso económico de un país se mide, entre otros indicadores, por el número de autos nuevos que son adquiridos cada año, por el tipo de marca adquirida y los accesorios que incluyen. Es precisamente en el estacionamiento del centro comercial símbolo del crecimiento económico del país, y que años atrás fue una concurrida feria, que esta mañana me cruzo con el ‘profe’ minutos antes de iniciar su jornada de trabajo. Por reserva no voy a precisar su nombre, pero sí puedo describir su labor: docente, profesor de educación pública primaria, y como tal, servidor del Estado peruano. Él es el ‘profe’.

Quizás el lector se pregunte por qué omití mencionar en la descripción del Centro Comercial la existencia de una escuela y por ello piense también en cómo puede llegar a coexistir una escuela primaria en un centro comercial, junto a la oferta de electrodomésticos, comida rápida y artículos de ferretería.

No, no he omitido dato alguno, no ha pasado desapercibida la escuela, ya que no hay escuela primaria en el lugar en que me encuentro. Entonces, se podría pensar con naturalidad que cuando menciono la presencia del ‘profe’ en el estacionamiento estoy refiriéndome a quien, dedicado a la labor docente, se está dirigiendo antes de ir a su escuela hacia alguno de los locales del centro comercial, a pedir un crédito, o a comprar al supermercado, o incluso por el mismo café del cual soy miserablemente adicto luego de estacionar su auto.

El profesor que debe formar a las futuras generaciones que liderarán el Perú de los próximos años, se encarga de quitar la mugre de los autos de la clase media y la acomodada de Lima

No, el ‘profe’, el docente de educación primaria con quien me cruzo esta mañana en el centro comercial que antes había sido una conocida feria, que hoy alberga un supermercado, una gran marca de artículos de ferretería, locales de comida rápida y una franquicia de cafeterías, no es un cliente, es un trabajador, y no un trabajador de algunos de los locales en mención, sino un trabajador manual, uno dedicado a la tarea de dejar rechinantes de limpios los autos de los visitantes del centro comercial. El ‘profe’ lava autos. El profesor que debe formar a las futuras generaciones que liderarán el Perú de los próximos años, se encarga, trapo en mano, de quitar la mugre que cubre la pintura y los vidrios de los autos de la clase media y la acomodada de Lima.

Le pregunto si está ejerciendo la docencia y me dice que sí, y que lo hace en una escuela primaria del distrito de Ventanilla, lugar donde también vive con su familia. Ventanilla es uno de los lugares que representan el olvido del Estado, donde los servicios públicos están ausentes casi totalmente, donde el agua se debe comprar de camiones cisternas, para luego depositarla en cilindros en los que antes se depositó lubricante para motores. Ventanilla se encuentra a dos horas de viaje en bus del estacionamiento del centro comercial donde el ‘profe’ tiene su segundo centro de trabajo y se halla en medio de un arenal.

Esta mañana el ‘profe’ se encuentra de vacaciones. Me dice que sus alumnos atraviesan el receso de medio año y que éste dura casi dos semanas, tiempo que utiliza para trabajar en el estacionamiento del centro comercial donde años antes funcionaba la feria. Me dice que normalmente solo trabaja los sábados y domingos, días en que no hay clases en la escuela donde es docente, que su mujer está enferma y no puede trabajar, que tiene una pequeña hija que asiste a la escuela primaria privada, porque él trabaja para ello y prefiere lavar autos en sus días libres antes que permitir que su niña asista a la escuela pública estatal.

Escucho al ‘profe’ y no puedo evitar pensar que la calidad de enseñanza en la escuela pública peruana es tan deficiente que ha llevado a uno de sus propios docentes a tener que enviar a su hija a una escuela privada. Mi pensamiento se refuerza cuando ‘el profe’ me dice que prefiere trabajar lavando autos en su tiempo libre, para sumar dinero al exiguo ingreso que recibe como maestro de escuela estatal, y así poder darle una mejor oportunidad educativa a su hija, evitando que ella asista a la misma escuela en la que él es docente y tenga un mejor futuro. Paradojas de la educación pública en el Perú.

Tiene una pequeña hija que asiste a la escuela primaria privada, porque él trabaja para ello y prefiere lavar autos en sus días libres antes que permitir que su niña asista a la escuela pública estatal

El ‘profe’ me cuenta que su mujer le ha pedido que esta semana, la semana de vacaciones de medio año de los colegios del Perú, trabaje solo tres días, hasta el miércoles (hoy es lunes), para que pueda descansar en casa el jueves y el viernes, y así volver al estacionamiento el fin de semana, ya que el lunes siguiente debe retornar a la escuela primaria con sus alumnos. Me dice que le hará caso, pero que utilizará los dos días libres para preparar las clases de sus alumnos. Me comenta también que está pensando en perfeccionarse, en estudiar un curso en el Pedagógico Nacional, que le permitirá estar mejor preparado en la docencia y ascender en la carrera magisterial pública para poder ganar más de los ciento cincuenta soles que recibe netos por su labor docente, ya que su remuneración se ve afectada por los descuentos que le aplican, producto de los créditos que ha tenido que asumir para cubrir sus necesidades y las de su familia. También me dice que una vez pensó estudiar una maestría pero que el dinero no le alcanzaba.

El ‘profe’ es una persona amable, de lenguaje correcto, con modales cuidados. Noto que sus colegas de lavado le llaman ‘profe’ con respeto. Además es alguien que está enterado de lo que sucede en la coyuntura nacional, ya que me explicó, en pocas palabras, su postura sobre el proyecto de ley de carrera pública docente que se debatirá en el Congreso en las próximas semanas y que ha causado polémica en el país por su poca claridad.

Me comenta también que lleva trabajando como lavador de autos seis años y que para trabajar en el estacionamiento del centro comercial debe pagar cincuenta y cinco soles diarios a alguien que identifica como su supervisor, para asegurar así su puesto de trabajo. Antes pagada veinticuatro soles, me dice con cierta molestia, y por ello debe estar atento a la llegada de sus clientes al estacionamiento, para evitar que otros compañeros de trabajo ofrezcan sus servicios de lavado antes que él. En cada lavada puede obtener entre cinco y diez soles. Y si tiene que aplicar cera, puede cobrar por ello hasta quince soles.

Un maestro de escuela primaria en el Perú, que debería dedicarse exclusivamente a educar a sus alumnos, a vivir cómodamente por dicha labor, a capacitarse y adquirir mayores conocimientos, se ve en la necesidad de competir con sus colegas de lavado para lograr ingresos adicionales a los que percibe por su labor docente y poder así brindarle un mejor futuro a su hija, porque el Estado, su empleador, le paga una miseria por educar a las futuras generaciones del país.

Me doy cuenta que lo pagado por mi adicción a una dosis de cafeína sin azúcar es lo que recibe el ‘profe’ por limpiar la mugre de un auto en el centro comercial donde me encuentro

Entro a la cafetería para llevar mi café, me atiende una jovencita que como mucho llega a los veinte años. Me recibe con una sonrisa fingida y con el mecánico saludo contenido en los manuales de la franquicia. Pretende demostrar que le interesa el cómo amanecí, cuando lo más probable es que no sepa de la historia del profesor de escuela primaria que trabaja lavando autos a pocos metros de ella. Le respondo el saludo, finjo una sonrisa, hago mi pedido y espero mi café. Mientras lo hago pienso en el ‘profe’, en la realidad que le tocó afrontar y en la poca atención que el Estado brinda a sus maestros y a la educación en general.

En el Perú ser maestro de escuela pública primaria es una de las labores menos reconocidas y peor pagadas. En el país donde hoy se nota progreso económico y crecimiento, la educación pública, aquella que debe permitir la revolución del conocimiento y ser la herramienta que mejor asegure dicho progreso, resulta relegada a ser el último vagón del ferrocarril, cuando debería ser vista y utilizada como su locomotora.

Pienso en el esfuerzo que desarrolla el ‘profe’ para que su hija estudie la primaria en una escuela privada y no en la escuela pública, negándose inconscientemente a sí mismo y a su labor. Pienso en la realidad que le tocó vivir, una realidad que lo llevó a tener que emplear sus días de descaso para trabajar en el estacionamiento, limpiando la mugre de los autos de los clientes del centro comercial, mientras se dedica, los otros días, a limpiar las mentes de sus alumnos de la presencia de la ignorancia.

Me llaman por mi nombre, mi taza de café está lista, la recibo y mientras la llevo a mi mano me doy cuenta que lo pagado por mi adicción a una dosis de cafeína sin azúcar, es lo que recibe el ‘profe’ por limpiar la mugre de un auto en el estacionamiento del centro comercial donde me encuentro, en ésta mañana fría del invierno de Lima, en un lunes cualquiera.

Imagen: Pachacútec Ventanilla

Según UNICEF, en la provincia de Lima y Callao (a la que corresponde el distrito de Ventanilla) el 78% de los menores se incluyen a tiempo en la educación primaria, el 70% lo hace en la secundaria y el acceso a fuentes mejoradas de agua es del 80% y el acceso a saneamiento del 82%.
El 23% de sus menores vivien en situación de pobreza.
Excluyendo a Lima, el 71% de los menores concluye a tiempo la primaria y el 56% la secundaria.

Según el Índice de Desarrollo Humano elaborado por el PNUD, el Estado gasta el 2,7% del PIB en educación


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