Sábado 03 de diciembre de 2016,
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El valle de los muertos callejeros

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Donde existen enfermedades de todos los colores -dolores, diría uno-, y la muerte les acecha a cada instante: son sus vidas un castigo persistente, pero son felices, y a su manera, repartiéndose sobras de comidas recogidas entre las basuras de contenedores de sus vidas, pues le dan de comer, y acompañando sus viandas con el consabido ‘tetrabik’ de turno

“Vivimos en el valle de los muertos callejeros”, me decía un viejo amigo -indigente hoy-, que fue antes un estupendo médico, y que había ido a dar con sus huesos contra las baldosas de las calles, como consecuencia de un desafortunado desengaño amoroso, que la causó una tremenda depresión, de la que nunca jamás llegó a salir. Y continuó diciéndome: “Aquí, y en el valle de los muertos callejeros, todos somos felices dentro de nuestras vidas sin rumbos fijos. Alguno de mis compañeros fallece, cogido fuertemente a cartones y trastos viejos que se incendian con poco calor, con el calor que puede dar una colilla de tabaco…”.

Me asombro y me pregunto todos los días del año cuántas personas viven -malviven- en el valle de los muertos callejeros, donde existen enfermedades de todos los colores -dolores, diría uno-, y la muerte les acecha a cada instante: son sus vidas un castigo persistente, pero son felices, y a su manera, repartiéndose sobras de comidas recogidas entre las basuras de contenedores de sus vidas, pues les dan de comer, y acompañando sus viandas con el/los consabido/os ‘tetrabik’ de turno: de alcohol, que no de vino, del que tan sólo conservan el color de éste.

En nuestra comida diaria no nos puede faltar el ‘tetrabik’ de turno, pues nos hace olvidar nuestras penas y miserias (que no son pocas)

Él -mi amigo- me comento: “En nuestra comida diaria no nos puede faltar el ‘tetrabik’ de turno, pues nos hace olvidar nuestras penas y miserias (que no son pocas): de esta maravillosa bebida sacamos las fuerzas necesarias para seguir viviendo -nuestras muertes vivientes-, y nuestras mentes son transportadas a ese mundo maravilloso de los sueños -donde todos somos iguales-, de los sueños de ‘Las mil y una noches‘. Maravillosos sueños y noches”.

Terrible mensaje de este mi amigo, desdichado y abandonado por los suyos, que me ha explicado -de una manera explícita y verdadera-, lo que siempre he tenido en mente: no morimos por ser ricos o pobres, sino, y sencillamente, porque estamos vivos y necesariamente tenemos que fenecer.

¡Hoy tengo un mal día! ¡Todo lo veo negro! ¡Me duele el corazón!, solemos decir, como si dicha víscera muscular fuera capaz de detectar dolores. Dentro de estas afirmaciones y otras similares llevamos inserto un mundo de miedos (fobias, muchas veces): miedo al amor, al infarto de miocardio, al cáncer, al SIDA (Síndrome de Inmuno-Deficiencia Adquirida), miedo a perder la cabeza, miedo al sufrimiento, miedo al dolor. Todos estos temores que nos amenazan –en los prolegómenos del siglo XXI– al mismo tiempo, nos conducen inevitablemente al gran miedo que todos llevamos dentro: nuestro miedo a la muerte.

Mas en ‘El valle de los muertos callejeros’ no tienen miedo a la muerte, porque conviven todos los día con ella, y saben perfectamente que ellos -los mendigos, desheredados de la fortuna-, son -a su manera-, una especie de instrumentos desafinados que, aunque en el gran teatro del mundo interpretan sus papeles de forma y manera incompleta porque están sus cerebros destemplados, llevan todos unas gafas invisibles para poder mirarse los unos a los otros con los ojos humildes del ser humano: esos ojos afectuosos que miran y perdonan todo, esos ojos afectuosos que siempre tienen lágrimas para los demás, esos ojos afectuosos que permanecen abiertos durante el día y la noche para expresar perdón y comprensión para los demás.

La sociedad que nos ha tocado vivir tampoco nos ayuda precisamente a superar estas barreras del intelecto. Pensamos y actuamos, como seres humanos que somos. Y es que la panorámica mundial es problemática: guerras fratricidas, violación de mujeres –con resultado final de muerte– y sus derechos, malos tratos psíquicos y físicos a menores, detención ilegal de menores, que desaparecen para siempre, etcétera, etcétera. Bajo este contexto, es lógico que nuestro estado de ánimo se deprima, amén de que nuestra cotidiana vida está llena de preocupaciones, desasosiegos e inquietudes que degeneran en un estado de ansiedad y, que al final, concluyen en la tan temida depresión: el mal psíquico de nuestro siglo XXI.

Uno de estos muertos callejeros que viven en el valle, una vez me susurro al oído -ellos casi siempre hablan bajito-: “Me paso pidiendo limosna todos los días -durante eternas tardes, mañanas, noches-, llorando mi corazón lágrimas de invierno, porque la gente ha perdido su humanidad, y uno se va olvidando de comer porque el estómago se me encoge poco a poco, y muchas veces con pan, un poco de agua y mucho vino -barato y trasnochado-, sueño con la ‘Diosa Fortuna‘), y apago mis penas con el alcohol de ese vino barato  y trasnochado. Porque en los tiempos actuales, el comer es un privilegio de los ricos…”.

[…] Era tarde y tenía mucha prisa. Poca gente circulaba por la calle; sólo un hombre sentado sobre las escaleras de un portal, quien me dijo: “¡Eh!, escuche…”. Paré mis pasos, preguntándole: “¿Le ocurre algo?”. Cruzamos nuestras miradas, mientras sostenía en sus dedos un cigarrillo apagado, diciéndome: “¿Me da fuego?”. Yo no fumo, le contesté.

Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante que sólo solicitaba ‘hablar’… y una cerilla que no se la pude dar. Verdaderamente era alguien que estaba mendigando humanidad

¿Quién sería aquel personaje? Vestía ropas cansadas por el tiempo, sin afeitar, y tendría sobre setenta y siete años. Volviendo sobre lo andado, le dije: “Tome, tome… cien pesetas”. “No pido limosna y nunca la he pedido”, me contestó. Para enmendar mi anterior error, continué diciéndole: “¿Quiere tomar un vino?”. Al instante, respondió: “Poco bebo y cuando lo hago, me lo pago yo”.

Por mi cabeza circulaban mil y una preguntas, y le interpelé: “¿Qué desea entonces?”. Al momento, contestó: “¡Hablar!, hace más de un siglo que no hablo con nadie”. Le sonsaqué si contaba con familia y contestó que tenía tres hijos y cuatro nietos. “Más vale no hablar…; y, con la vejez, pierde uno hasta los buenos amigos”, concluyó diciendo.

He leído poco y me han contado algunas cosas sobre los ancianos. Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante que sólo solicitaba ‘hablar’… y una cerilla que no se la pude dar. Verdaderamente era alguien que estaba mendigando humanidad; bueno…, sí, era realmente un ser que estaba solo.

Me arrepentí después de no haber estado más tiempo con él -ahora que está de moda no arrepentirse de nada (ni los políticos cuando mienten o se equivocan, ni los economistas cuando yerran en sus pronósticos…)-, con su soledad y sus miedos, su aislamiento…, qué será lo que uno tendrá a pocos años vista, si la sociedad en la que estamos inmersos no cambia sus costumbres deshumanizadas.

John Donne, poeta inglés, dejó escrito: “(…) La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Por esta razón, por tantas muertes acaecidas como consecuencias de hambres, guerras, violaciones, terrorismos… los españoles (los ciudadanos del mundo entero) nos hemos acostumbrado a no preguntar nada acerca de las campanas.

Mariano Cabrero es escritor


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Sobre el autor

(...)He nacido en Madrid, 8 de Noviembre de 1938. Estoy casado y con dos hijos. Soy esscritor, poeta y ensayista. Funcionario de La Administración del Estado(escala Ejecutiva), jubilado, pero con unas ansias enormes de seguir escribiendo para aprender de los demás. Informar, tratar de ilustrar y entretener forman parte de mi bagaje cultural, que renuevo a diario. Y en todo momento trato de transmitir tranquilidad y esperanza a la sociedad actual: todo dentro de una ética periodística adecuada a cada momento. Busco como articulista el informar cuanto antes lo que acontece a mi alrededor. Lo demuestro con mis humildes obras( hijos propios salidos de mis sueños): "Periodismo: ¡Difícil profesión!" (1995) y "Mi compromiso con el periodismo" (1998). Intento penetrar en el difícil mundo de la poesía, y lo lleva a cabo con silencios, diálogos con muertos y con la exaltación del amor a la mujer: el ser más maravilloso sobre la tierra. Trato de demostralo con mis libros de poemas : “Reminiscencias de mi juventud, Poemas" (1994), "Miscelánea de muertes, sueñosy recuerdos, poemas" (1995), "La realidad de mis silencios, poemas" (1997) y "La travesía de la vida, poemas" (2001).Siempre escribo para aprender de los demás, de sus críticas, de sus consejos...He tratado de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer –parto de la base de que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto...-.

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