Sábado 03 de diciembre de 2016,
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Elogio de la derecha

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OPINIÓN / Fernando Savater colocó la otra noche al Parlamento español un escalón por encima del resto de parlamentos europeos, arropándose en una idea: aquí no hay representación parlametaria para la extrema derecha. ¿Es esto cierto? ¿Somos tan guays como piensa el señor Savater? ¿Cómo es la derecha española? ¿Savater es quien dice ser?

El pasado martes 27 de abril, Telemadrid emitía una edición más de su programa de debate ‘Madrid opina’. Como primer tema de análisis, Buruaga puso sobre la mesa la presunta crisis institucional que estaría viviendo la judicatura de nuestro país, al hilo de las declaraciones de la presidenta del Tribunal Constitucional, María Emilia Casas, exigiendo respeto a esa institución y a sus magistrados.

Para el filósofo, no sólo no había ningún problema con Falange ni con Franco, sino que nuestro país debía servir de modelo de tolerancia para todos ellos

Al ver que entre los invitados estaba Fernando Savater, le di un momento de tregua al zapping y me concentré vivamente en la intervención del filósofo. Tenía la certeza de que en esta ocasión iba a pillarles el truco. Llevaba muchos años siguiéndole y sabía que algo raro estaba pasando con él de un tiempo para acá. Todos tenemos días malos, todos evolucionamos, cambiamos, pero lo de Savater era otra cosa. Estaba convencido de que algún alienígena había abducido al de Donosti en un momento de descuido, y nos lo había devuelto con el hardware de siempre pero con el software de Amando de Miguel.

En las primeras aproximaciones de Savater al tema de debate todo pareció ir bien, como si Savater siguiera siendo Savater. Pero a medida que fue consumiendo memoria caché y los cálculos de registro se multiplicaron, el avatar de De Miguel se incorporó a la escena con el sigilo y la elengancia con la que se instalan las actualizaciones de Windows. Ni siquiera fue necesario reiniciar el sistema. Un simple apoyo en una vivencia personal de Savater fue suficiente para completar la impostura.

Por lo visto, durante los últimos dias, el filósofo había recibido varias llamadas de periodistas europeos buscando su opinión sobre lo que estaba pasando en España con el poder judicial. Y se quejaba del tono de descuello con que estos periodistas juzgaban nuestras instituciones: “que cómo puede ser lo de Falange”, “que siga el franquismo, …”. Una indignación que acabó culminando con el alegato que condena al que no tiene defensa posible: con el ‘tú más’.

Para el filósofo, en España no sólo no había ningún problema con Falange ni con Franco, sino que nuestro país debía servir de modelo de tolerancia para todos ellos. Hay cosas que siguen tal y como las dejó el caudillo, y el mal seguía estando ahí fuera: los franceses y su Le Pen, los holandeses y su Geert Wilders, los austriacos y su Jörg Haider, … hasta los ingleses y el BNP. Todos tenían algún tipo de partido de extrema derecha con representación parlamentaria, mientras que en España esto no ocurría, sostenía el filósofo.

La falacia del falso Savater era tan gigantesca y tan grotesca, que hacía aguas por todas partes. Y por eso nace este texto: para terminar de hundirla. Por muy español de Donosti que sea Savater, pretender dar lecciones de tolerancia a los ingleses, a los franceses o a los holandeses resulta casi ridículo. No es que haga falta ser de ninguna parte para poder hablar de aquella cosa que se quiera, pero cuando uno se pone la bandera de España a la espalda para enseñorearse de democracia, parlamentarismo, o pluralidad política, las opciones que le quedan a uno son muy escasas.

En España, no hay representación parlamentaria para la extrema derecha por la sencilla razón de que su hueco ya lo ocupa el Partido Popular

Hasta ahora, los falsos Savater siempre elegían a los mismos para sacar a pasear su chulería democrática: los cubanos, los venezolanos, los bolivianos, los ecuatorianos, … Para ellos, Cuba sólo fue verdaderamente democrática con Fulgencio Batista, y añoran sentidamente la libertad que llevó a los suyos Pinochet o Videla. La osadía de Savater, revolviéndose contra el archicentenario Parlamento inglés, es verdaderamente original, desesperada.

Savater fue víctima la otra noche del Síndrome de Pigmalion el escultor: el síndrome del que siente la necesidad de crearse una idílica realidad para deshacerse de la cruda realidad. A Pigmalion le acabó sacando del apuro Afrodita, pero ni El Mundo, ni ABC, ni La Razón, ni La Gaceta, le van a sacar del suyo a Savater. Como tampoco lo harán Libertad Digital, Veo TV, Intereconomía o Telemadrid. Ninguno de ellos puede hacer que la falacia de Savater se encarne en la realidad misma.

Que la presencia de la extrema derecha sea más o menos significativa en los Parlamentos Europeos demuestra, antes que cualquier otra cosa, que tienen un hueco electoral. Es decir, que a su izquierda hay un partido de centro-derecha que no quiere saber nada de ellos.

En España, no hay representación parlamentaria para la extrema derecha por la sencilla razón de que su hueco ya lo ocupa el Partido Popular. Un hueco que lleva explotando sin descanso desde la Alianza Popular de Manuel Fraga. Lo siguió haciendo con la Coalición Democrática de 1979, y con la Coalición Popular en 1982, aunque es de ley recordar a aquel Antonio Hernández Mancha con el que los herederos del franquismo quisieron empezar a ser, por un momento, lo que eran los partidos conservadores de la Europa desarrollada. Un mal sueño del que rápidamente se recuperaron con José María Aznar. Sólo hay que recordar, una vez más, sus artículos en ‘La Nueva Rioja’ casi cuatro años después de haber enterrado a Franco, cuestionando la Constitución y arremetiendo contra los que pretendían borrar los restos de Franco y José Antonio de las calles y plazas de toda España. Una oposición sin máscara a la recien estrenada democracia que, por lo que a mí respecta, goza de cierta simpatía.

La nostalgia de Aznar por el antiguo régimen contrastaba vivamente con una inmensa mayoría de franquistas y derechones (políticos, hombres de negocio, ciudadanos, …) que se habían cambiado la chaqueta deprisa y corriendo para salir a la calle vestidos de demócratas de toda la vida de un día para otro. Y aunque ellos hicieron todo lo posible por dar el pego, lo cierto es que no supieron acomodarse dentro una prenda que les venía grande, y que deja entrever en los cuellos y en las mangas el azul de sus camisas.

Los revolcones políticos ya no se dan con tanques: ahora se emplea la cartera y/o el espacio radioeléctrico

Restos de esos cambiazos los podemos encontrar aún hoy día ocupando puestos de altísima responsabilidad política y financiera. Ignacio Escolar hacía un pequeño repaso de muchos de estos nombres en un artículo suyo publicado en el diario ‘Público’ hace muy poco: Rodolfo Martín Villa, José Manuel Romay Beccaría, Manuel Fraga Iribarne, etc. Las hemerotecas están a rebosar de huellas totalitarias en la vida pública española, muchas de ellas extraordinariamente recientes. En junio de 2009, hace menos de un año, el Pleno del Ayuntamiento de Madrid acordó por unanimidad de sus tres grupos políticos (PP, PSOE e IU), retirar todos los honores que la Dictadura concedió a Franco y a su familia. Una iniciativa de Izquierda Unida que el Partido Popular apoyó, con fisuras. Dos ediles de este grupo, Fernando Martínez Vidal e Íñigo Herníquez de Luna (ambos muy afines a Esperanza Aguirre), se ausentaron del Pleno municipal justo cuando se iba a debatir la retirada de los honores al dictador. Si alguien piensa que Franco ha vuelto, se equivoca. El franquismo nunca se ha ido.

El discurso y el tono del Partido Popular y el de sus medios afines recuerdan vivamente a la extrema derecha. La gestión que el Gobierno de Aznar hizo del 11 M dejó bien a las claras que ni las formas ni los fondos habían cambiado mucho: la manipulación, la mentira, la chapuza, la intoxicación, etc. Todo recordaba a otros tiempos. La llegada al poder de Esperanza Aguirre a la Comunidad de Madrid en 2005 fue uno de los episodios más bochornosos de nuestra democracia, con el entonces Fiscal General del Estado, Jesús Cardenal, obstaculizando y frenando las diligencias de la fiscalía Anti-Corrupción sobre la trama abierta en Madrid.

¿Cómo va a haber en España representación Parlamentaria de la extrema derecha? No la necesitan. El Partido Popular es la derecha y la extrema derecha, fluctuando entre ambas unas veces por exigencias del guión y otras porque se lo pide el cuerpo. Es una bomba sin explotar abandonada en el solar peninsular, cuya integridad no aguantaría una nueva derrota electoral. Los revolcones políticos ya no se dan con tanques: ahora se emplea la cartera y/o el espacio radioeléctrico. José María Aznar y Esperanza Aguirre han llevado de la manita a la TDT toda la radicalidad y la agresividad del Partido Popular, sin que nadie de lado más moderado mueva un dedo por frenar tanta bilis.

Si el PP no gana las próximas elecciones pueden ocurrir dos cosas: que los artificieros del Partido Popular neutralicen los detonadores y desmonten en dos piezas el artefacto (uno a la izquierda del otro), o que explote violentamente sin previo aviso. Si pudiera, apostaría por lo segundo.

Hoy por hoy, el Partido Popular se parece más a Le Pen que a Sarkozy, más a Berlusconi que a Angela Merkel. Los 50.000 folios del caso Gürtel, la trama de espías en la Asamblea de Madrid, la ponzoña descubierta en el PP de Baleares con Jaume Matas a la cabeza, el acoso al que han sometido a los magistrados y policías que han investigado estos casos de corrupción, y el instigamiento a los ciudadanos para que se rebelen contra medidas muy concretas del Gobierno, emparentan íntimamente al Partido Popular con lo peor de aquí y de allí.


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