Viernes 09 de diciembre de 2016,
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Elogio de la sanidad pública

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La historia de Rosita narra las vicisitudes de un ciudadano cualquiera cuando el gobierno decide que la sanidad es un negocio: de la sanidad pública a la concertada

Una noche de marzo, Rosa (Rosita para sus amigos), fue internada de urgencia en el Hospital Dr. Negrín (hospital público de Las Palmas de Gran Canaria) aquejada de un infarto de miocardio. Durante sus días en ese centro hospitalario, pasó por la unidad de medicina intensiva y la planta de cardiología. En su estancia de más de un mes en ese hospital, Rosita se sintió atendida y querida, dando muestras todo el personal de una gran profesionalidad, a la que se unía el respeto, el cariño y el trato amable y cercano con el enfermo.

En la Clínica San Roque para ella y para su familia y amigos comenzó el espanto de conocer las míseras e indignas condiciones a las que muchos canarios son enviados

Un mes más tarde, una tarde gris del mes de abril, a Rosita le dicen que se ha convertido en una enferma crónica y que, siguiendo los protocolos que tiene establecidos el Servicio Canario de Salud, iba a ser trasladada a una clínica privada, concertada con la Consejería de Sanidad. Ella y su familia pensaron que si esa era la mejor opción para que otros enfermos pudieran seguir beneficiándose de la sanidad pública, lo aceptarían de buen grado, en la creencia de que la clínica privada concertada le iba a ofrecer unas condiciones dignas y un trato humano. La clínica a la que sería enviada fue la Clínica San Roque (clínica privada de Las Palmas de Gran Canaria).

Su estancia en este centro hospitalario comenzó en Urgencias, donde fue retenida durante más de cuatro horas a la espera de habitación, a pesar de que venía con todos los informes y pruebas desde el Hospital Dr. Negrín, y con las pertinentes recomendaciones de tratamiento. De allí, sería trasladada a la habitación 322 y para ella y, sobre todo para su familia y amigos, comenzó el espanto de conocer las míseras e indignas condiciones a las que muchos canarios, cuando han dado lo mejor de sus vidas, son enviados.

Era una habitación pequeña y estrecha, con tres pacientes, todos ellos de diferentes patologías. A Rosita le daba en todo su rostro una claraboya, por donde se colaba el sol y el viento; a Rosita la pusieron en una cama a la que ya no le respondían los mecanismos para ajustarla a las posiciones que su dolencia necesitaba; a Rosita le retiraron el oxígeno prescrito sin que se notificaran razones médicas para ello. Durante el tiempo que allí estuvo debió soportar ruidos infernales procedentes de motores cercanos que hacían imposible conciliar el sueño y el descanso. Desde esa cama Rosita podía ver que un piso más arriba había una especie de habitación techada con planchas. “Es otra de las habitaciones concertadas”, alguien le dijo. “Parece que me gustaba más el otro hospital” decía, a la vez que pedía disculpas a las personas que estaban con ella por la lata que estaba dando.

En la Clínica San Roque, la Unidad de Cuidados Intensivos no estaba concertada, en caso de urgencia el paciente debía volver a ser trasladado al hospital público

Pasadas 40 horas desde su entrada en la Clínica San Roque, Rosita sufrió un nuevo ataque cardíaco. Durante cerca de dos horas, Rosita se movía y desesperaba, pedía un calmante que nunca apareció y si se aliviaba, por momentos hasta nos sonreía. Pensábamos que de un momento a otro sería atendida. Pero no. Está visto que la justicia y la dignidad están a mucha distancia de los más débiles. “Esta señora debe volver al Negrín”. “¿No tienen Unidad de Cuidados Intensivos?”, preguntarion sus familiares. “Sí que la tenemos, pero no está concertada”, dijo el doctor, que seguramente en ese instante pensaba más en el beneficio empresarial que en atender dignamente a un ser humano.

Efectivamente y, afortunadamente, Rosita fue trasladada de nuevo al Negrín. Allí fue cuidada y mimada, tratada con respeto por auxiliares, médicos y enfermeras. Con la dignidad de un ser humano, y arropada por el cariño de los suyos, días más tarde, Rosita falleció.

Me atrevo a sacar a la luz esta pequeña historia para denunciar la vista gorda y la dejadez que hace el Gobierno canario de los conciertos que firma. Pensamos que concertar significa entrar a un hospital en igualdad de condiciones, sin ser discriminado y ofreciéndote una habitación igual que si la hubieses pagado. Los que vimos las condiciones de la Clinica San Roque, que más bien parecen cuartos trasteros de la muerte, sentiríamos alivio incluso si fuéramos tratados en cualquier pasillo de la sanidad pública, no solo por la profesionalidad de los trabajadores, que también, sino por los valores humanos que de ellos emanan.

Desde aquí nuestra exigencia al Gobierno canario de invertir en la sanidad pública y que no contribuya a llenar los bolsillos de personajes a los que no les interesa la salud de los canarios. Rosita ya no está con nosotros, pero otros humildes trabajadores y trabajadoras agradecerían ser tratados humanamente, y que, llegado el caso de afrontar el último viaje, se les ayudase a morir dignamente.

Esta historia ocurrió hace algún tiempo. Hoy leo en periódicos locales que en un hospital del mismo grupo, Grupo San Roque, y tras una operación a un ciudadano chino, los cirujanos de esa clínica han dejado olvidadas dos pinzas. Como complemento a mi historia desarrollo un pequeño Storify, sobre esa noticia y lo difícil que resulta conocer el nombre del centro privado donde se desarrolló la negligencia.

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