Martes 23 de mayo de 2017,
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Emigración e interculturalidad

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OPINIÓN / Acercamiento al modelo de la interculturalidad como propuesta de diálogo de convivencia y de respeto por el otro

El conflicto de la emigración en el mundo es relevante por sus mismas características y sus consecuencias, que sin ir muy lejos, están determinadas por las mismas políticas de regulación que los estados de acogida ofrecen, y a los modelos que se han venido imponiendo como procesos de integración. Algunos se aproximan a la inclusión, y otros con tendencia a la combinación de elementos de asimilación y de segregación limitada o multicultural. Yo me acercaré al modelo de la interculturalidad como propuesta de diálogo de convivencia, y de respeto por el otro.

Hay una superimposición de monoculturalismo, es decir, se crean políticas que tienden a que los grupos sociales extranjeros asimilen los códigos y las prácticas del grupo nacional mayoritario

Para hablar del fenómeno de la emigración retomaré los conceptos sobre multiculturalismo, relativismo cultural, y la globalización como consecuencia de la vulneración de los derechos humanos en los países empobrecidos.

En las últimas décadas, en respuesta a las grandes migraciones internacionales, Europa ha revaluado sus modelos desde los estados que la integran, reconociendo que la defensa y la promoción de los derechos y libertades es la condición fundamental en el proceso de integración, favoreciendo así, la diversidad cultural. Aunque, el modelo que más prima, es el multiculturalismo en países europeos como Francia, entre otros, y que consiste en promover sociedades cerradas. Hay una superimposición de monoculturalismo. Es decir, se crean políticas que tienden a que los grupos sociales extranjeros asimilen los códigos y las prácticas del grupo nacional mayoritario. Aquí ya hablaríamos de un conflicto, porque no habría reconocimiento del diferente por su sistema social cultural de origen. Una postura que supone una amenaza real para el tema de la universalización de los derechos humanos. Estaríamos hablando también del relativismo cultural que le da el valor a la diversidad cultural. ¿Sí? Pero a la vez la limita imponiéndole y tratando de adaptarle los derechos humanos como valores exclusivos a otras culturas del mundo. Aquí entraría la complejidad de los derechos humanos en su aplicación y en el juego de intereses al que se ven ‘sometidos’. No pueden estar pensados como fuerzas absolutas, es decir, derechos absolutos que entren en conflicto.

Entonces no podemos hablar de tolerancia bajo este modelo, porque la tolerancia no tiene lugar en una sociedad democrática. Cuando las sociedades de acogida hablan del término ‘tolerancia’, el trasfondo verdadero implica ‘resistir’, ‘aguantar’, ‘sufrir’, ‘permitir algo que me parece mal del otro’. Ya se habla de un modelo multiculturalista. De hecho, las consecuencias de estos fenómenos no han sido muy halagadoras, producto de ello ‘la guetorización’ de grupos excluidos y segregados por décadas en algunos países, negándoles la posiblidad de integrarse, y vulnerándoles los derechos humanos.

Nos tendríamos que plantear si el gran problema es la emigración, o la estructura económica en la que situamos a las personas extranjeras pobres que llegan

El relativismo cultural implica entonces una violencia de la cultura, en el marco del sistema capitalista occidental (globalización). Es un modelo que impone su hegemonía al servicio del régimen establecido y una total vulneración de los derechos humanos. Las normas y los valores son siempre relativos a una cultura determinada, por lo tanto la universalización de los derechos humanos sería contraproducente a las culturas porque no hay cultura superior a otra. Las culturas son incomparables. Es aquí donde se contraponen las diferentes culturas desde su visión política, social y religiosa.

Por eso, el tema de la inmigración es tan complejo en cuestión de derechos humanos, porque siempre van haber implicaciones de carácter normativo y político. Entonces el panorama para los grupos inmigrantes se desarrolla en sociedades liberales e inmersas en una globalización, sustentada por sostener un sistema económico ejerciendo control e imponiendo condiciones a los estados soberanos, así como en admitir ciertas libertades y límites desde la lógica de la desigualdad y la desvalorización de lo diferente, haciéndonos ver la emigración como un problema no como progreso. En esta percepción acomodada es en la que los grandes medios de información nos someten a escuchar, leer y ver ante situaciones críticas como el tema cultural y religioso que se da entre sociedades de acogida y de origen. Y nos tendríamos que plantear si el gran problema es la emigración, o la estructura económica en la que situamos a las personas extranjeras pobres que llegan.

No podemos desconocer que el fenómeno de la globalización se ha hecho alarde de progresos, de grandes cambios y de traspasar fronteras, pero a la hora de medir resultados parece ser que ha sido funesto para la soberanía de los estados más pobres del mundo, haciendo a los ricos más ricos a costa de sus mismas políticas de dependencia sociales, y económicas. Lo plantea Joseph Stiglitz en el capítulo primero de su libro ‘El Malestar de la Globalización’. Avocando así a los países a grandes éxodos de emigración y desplazamientos, casi que forzosos, y vulnerando la estabilidad y la seguridad de las personas, exponiéndolas al desarraigo y a mantenerles en continuo y respetuoso sometimiento.

El multiculturalismo tiene la tendencia a segregar, a excluir y a formar ‘guetos’ utilizando como elemento la escolarización

“Esta clase desarraigada, distribuida entre cientos de países, manipulable como ninguna otra clase de trabajadores, es exportable al modo que lo son las mercancías. Tienen valor de mercado, esto es, un valor que fluctúa según las preferencias del consumo y ello determina el sentido de su movilidad, que es cada vez más selectiva en función de las necesidades de los países que importan mano de obra.” (José María Rosales).

Ya sabemos que el relativismo cultural tiene implicaciones de carácter normativo y político, y es una amenaza real para el tema de la universalización de los derechos humanos, sobre todo cuando se argumenta que “los derechos humanos son normas internacionales que cubren a todo el mundo (a los países, valen en cualquier parte). Hay que evitar una globalización de los derechos humanos, no pueden basarse en los valores exclusivos de otras culturas, los derechos humanos requieren justificaciones sólidas para que se puedan aplicar en cualquier parte, no caer en el etnocentrismo ‘me siento autorizado a imponerlo a otro’.”

Y el multiculturalismo tiene la tendencia a segregar, a excluir y a formar ‘guetos’ utilizando como elemento la escolarización. Lo veo como una opción política que tienen los estados de control para regular la emigración y no integrarla, y sacar así el mayor provecho de ella, como ‘un mercado’. El fenómeno emigratorio lo replantea todo, desde la perspectiva de acentos ideológicos políticos hata los intereses de los estados. Si queremos darle una salida más justa al conflicto de la emigración en temas de respeto por sus derechos humanos, los estados de origen y de acogida deben tener voluntad política y llegar a concertaciones más humanas y de respeto en la regularización de normas, propendiendo por modelos de integración no racistas.

Es verdad que para algunos países de acogida el tema de la emigración los ‘ha cogido por sorpresa’ y han tenido que entrar a reglamentar políticas. Y ya no sólo en el campo estatal, sino en los procesos de adapatación en que se han visto sus comunidades involucradas. Un arduo proceso para los estados de acogida por la complejidad y los problemas que trae consigo la emigración. Pero habrán menos conflictos, y la población emigrante no estaría tan expuesta a la explotación, y tan desamparada e indefensa ante modelos ‘reductores’ y ‘humillantes’.

Es un logro importante que hoy se hable de interculturalidad como una propuesta de modelo interesante

Es un logro importante que hoy se hable de interculturalidad como una propuesta de modelo interesante, en cuanto a que se habla de integración mutua entre culturas, en la que las diferencias culturales se consideren un valuarte y no un factor de división. Que los estados entren en la defensa y en la promoción de los derechos humanos y libertades de los emigrados ya sería un espacio democrático y de paz, que permitiría a los inmigrantes integrarse en estas sociedades libres. Amartya Sen también lo dice: “ha sido esa defensa de las libertades y la puesta en práctica de políticas democráticas, el factor que más ha contribuido a la integración de la comunidades étnicas en la India”. (Sen, 2006, 51-55- y 165-169).


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2 Comentarios

  1. Anónimo 07/07/2011 en 6:01

    El tema de la interculturalidad en el primer mundo es necesaria y urgente, la perspectiva que plantea el artículo de asumirse en tano diálogo, convivencia y respeto por el otro es intereante.

  2. Anónimo 06/07/2011 en 21:32

    Excelente artículo, el que hoy podamos hablar de intercultularidad, ojalá nos alcance para acoger a nuestros hermanos de otras naciones,y podamos considerar la paz y la armonía como lo natural,que valga el antagonismo como proceso constructivo, no como motivo beligerante para hacer la guerra.

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