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En vez de arrimarse, transformar

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REPORTAJE / Hoy, por primera vez, han cegado mis ojos y enmudecido mi corazón. Hoy por primera vez me he enfrentado a los mismos problemas que padecen los invidentes

Tengo dieciocho años y mucha curiosidad. Hoy, después de acabar con el juego, he dado gracias a Dios porque todo fuera un experimento, y también por alumbrar el camino de aquellos cuyo candil se apagó sin su consentimiento.

21 de Marzo 2010, 10:00h a.m.:

Me levanto de la cama y, encima de la mesita, un pañuelo completamente opaco espera impacientemente mis ojos

Me levanto de la cama y, encima de la mesita, un pañuelo completamente opaco espera impacientemente mis ojos. Lo coloco con suavidad y lo anudo fuertemente. La noche se apodera de mi visión y sonrío para mis adentros. Pienso en todas las horas que me quedan con él puesto alrededor de mi cara y tiemblo, pero no dudo en ningún momento en seguir con ello.

11:30 a.m.:
Enciendo la televisión sin atinar a poner el canal que quiero ver, así que me conformo con el primero que pongo mientras vierto sobre el bol, y gran parte de la mesa, los cereales. Con la leche trato de tener más cuidado… no debe ser muy divertido limpiar a oscuras líquidos (aún más si sumamos mi tendencia a la torpeza).

Mientras mastico las bolitas de maíz, pienso. Empiezo a pensar en nada, pero pronto se amontonan las preguntas en mi cabeza. No entiendo cómo hacen cada día para desayunar sin armar tanto jaleo, cuando yo lo hago rutinariamente casi sin darme cuenta. También me doy cuenta de que no he valorado en ningún momento la posibilidad de haber visto durante dieciocho años las imágenes del televisor. Me pregunto si todo el mundo es tan desagradecido como yo.

13:00h a.m.:
Me siento en el borde de la cama suspirando, empieza a ser agotador. Apenas habré atinado a encuadrar las sábanas. Rozo levemente con las yemas de los dedos la tela del pañuelo negro, mientras pienso en mi amigo y en todo lo que habrá tenido que pasar para superar estas minucias que a mí se me antojan catástrofes. Entonces me encantaría poder multiplicar mis ojos por clonación o algo así y darle unos. Quiero que me vea el rostro y me pueda leer sin necesidad de la ayuda de un programa informático.

Pienso en mi amigo y en todo lo que habrá tenido que pasar para superar estas minucias que a mí se me antojan catástrofes

Me tumbo sobre el colchón y dejo pasar el tiempo con la presión en las sienes obligándome a pensar más de la cuenta. Deslizo las manos por la pared. Es rugosa y comienzo a distinguir bastantes formas que en ella están dibujadas, pero no tardo mucho en cesar mi actividad. Me acabo de dar cuenta de que mis manos… bueno, nunca había agradecido tanto haberlas tenido.

15:00h p.m.:
Lloro. Se me empieza a hacer cuesta arriba la tarde. He comido con un poco más de seguridad, porque el desayuno ya me había enseñado bastantes trucos para no tropezar. Pero son las tres y aún no he podido encender el ordenador como cada tarde. Bueno, encender si lo puedo encender, pero no puedo hacer nada en él. Después se me había pasado la idea loca de leer algún libro, pero cuando lo tenía en las manos se me ha caído de entre ellas. “Tonta de mí, estoy ciega”, me repito varias veces. Y entonces empiezo a llorar, esta situación me está empezando a superar y no sé cómo terminar de afrontarla, pero no pienso desistir. Lo único que se me ocurre es salir a pasear y probar cómo es esta vida fuera de casa.

18:00h p.m.:
Le pregunto a mi hermana si le apetece acompañarme a pasear para no ir sola por la calle, pero me contesta: “¿Así? ¿Vas a salir así a la calle?”.

En ese momento, justo en ese momento, me siento un estorbo en el mundo. Y por supuesto, me pregunto cómo la sociedad puede ser tan cobarde y repugnante. Me arrepiento y reniego de mi estirpe. Pero, de todas formas, pienso para mis adentros, voy a salir a la calle.

He aprendido a cruzar la calle a través de la lejanía o cernanía de los rugidos de los motores, e incluso he escuchado el silencio del paseo

Grabadora en mano, y la otra de guía, voy contando lo que siento y percibo por otros sentidos. Caigo en la cuenta de que a lo largo del día he utilizado mucho el tacto, y he aprendido a reconocer el camino de vuelta a casa gracias a él.

Por supuesto, he desarrollado el oído bastante. He aprendido a cruzar la calle a través de la lejanía o cercanía de los rugidos de los motores, e incluso he escuchado el silencio del paseo que antes no era capaz de percibir con la monotonía de las prisas y los agobios.

Y quizá resulte una tontería, pero ya sé diferenciar a las personas por su olor… algo que antes ni se me ocurría utilizar como método de distinción.

Me siento en un banco cansada, muy fatigada. Las dudas, reproches y el pañuelo me oprimen el cerebro sin consideración. Recojo las piernas y meto la cabeza en el hueco, mientras suspiro y me pregunto por qué no se podrá solucionar definitivamente. En ese instante me asusto, escucho a una mujer susurrar: “atiende los jóvenes de hoy, qué gracia le verá a salir a la calle así”.

Rechino los dientes y me muerdo la lengua. “Señora, le veo menos gracia a lo que estoy viviendo hoy, a lo que estoy aprendiendo. Vergüenza debería tener usted de generalizarnos a todos en el mismo conjunto”. Por supuesto lo pienso, no lo digo. Pero en ese instante pasa por mi cabeza una frase que debí leer o escuchar en algún lugar… “En vez de arrimarse, transformar’”.

No me queda otra. Me armo de valor y comienzo a andar nuevamente a tientas, buscando sin saber muy bien dónde a la mujer. Al fin percibo un agobiante olor a colonia. Y repito las mismas palabras en alto, fuerte y contundente. La señora me debió mirar extrañada, o alucinada. Sólo sentí y recibí como respuesta una especie de sollozo y una pequeña palmadita en la espalda.

23:00h p.m.:

Valen más que nosotros. Cada día se enfrentan al mundo solos, con todas las barreras posibles y con una personalidad increíble

Me adentro entre las sábanas y el colchón. Antes de quitarme el pañuelo trato de recapitular un poco el día. Las anotaciones de la grabadora me parecen poco. Pero el sueño viene en mi busca pronto y trato de no oponer resistencia. Sujeto el pañuelo con una mano y con la otra comienzo a deshacer el nudo. En ese momento pasan por mi cabeza mil cosas, mil ideas, mil pensamientos, mil denuncias.

Apago la luz y termino de deslizar el pañuelo. Al fin consigo hacerme a la oscuridad, me duelen los ojos y los siento un tanto entumecidos. Pero ha valido la pena darme cuenta (¡por fin!) de quién soy.

Experiencia real:
Viví casi asustada, y muy arrepentida aquel día. Sentí vergüenza de haberme escondido durante tanto tiempo, y de haber tardado tanto en ‘transformarme’. Ese día aprendí lo que nadie quiere enseñarnos. Valen más que nosotros. Cada día se enfrentan al mundo solos, con todas las barreras posibles, y con una personalidad increíble. Pero ahí están todos, superándose cada día, uno tras otro, trescientos sesenta y cinco días al año, sesenta y seis si es bisiesto.

Me di cuenta que hasta aquel día me bastaba con decir y pensar que había que integrarlos, con sentir pena. Ese día sentí que mi corazón latía con verdaderos motivos. Hasta ese día no entendí que no les hace falta nuestra compasión, sino la oportunidad, les hace falta que nos convirtamos en sus espejos, les hace falta nuestra mano. La mía ya la tienen, hoy está redactando este artículo para que los demás quieran tendérsela también.

Así que, en vez de arrimarse, transformar.

Dedicado a Luis, por hacerme abrir los ojos de una vez. ¡Gracias!

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Sobre el autor

1 comentario

  1. Anónimo 24/03/2010 en 17:47

    Muy bello lo que escribes, viviste una gran experiencia y fuiste capaz de hacerlo y asi entender lo q no todos podemos entender. Que grandes son aquella personas invidentes, Dios les bendiga y les acompañe siempre!
    Me siento una pobre estúpida, cuantas veces he renegado del mundo, de mis limitantes, de mi condición, de mis necesidades, y no he sabido agradecer lo que Dios me ha dado. Tan pobres de espíritu que somos en esos momentos, queremos tenerlo todo, y Dios nos ha dado tanto.
    Me hiciste emocionar con tu relato y pensar mucho, gracias!
    Patmen

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