Martes 25 de marzo de 2014,
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Estado, libertad y represión

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Nelson Mandela

Nelson Mandela

Con la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que nuestro Gobierno prepara, el recién fallecido Nelson Mandela sería calificado hoy como un criminal.

Cuando se destruyen los vínculos sociales que permiten la convivencia, el miedo lo preside todo. En tal caso, ¿cómo impone el Estado su autoridad? Mediante el miedo al castigo, a través de la coerción y el uso de la violencia institucionalizada

Sí, queridos lectores, como lo leen. Los que ahora lloran su muerte con lágrimas de cocodrilo y enaltecen su figura con retórica pomposa y vacía, no son capaces de reconocer públicamente que, si hoy Nelson Mandela, un héroe de la dignidad, fuera un ciudadano español, y se levantara contra las injusticias de nuestro sistema igual que lo hizo en su día contra el Apartheid, en aplicación del anteproyecto de Ley que el Gobierno ha aprobado habría que considerarlo también a él como un vulgar criminal, antipatriota y -a lo peor- un peligroso antisistema.

Todo un contrasentido, ¿verdad? Tanto como que alguien con tan escasa capacidad intelectual como Mariano Rajoy sea presidente del Gobierno. O quizás no tanto, si se piensa bien.

Vivimos en un Estado hobbesiano, aunque muchos ni siquiera lo sepan. La Historia de la Filosofía, que dentro de poco va a desaparecer de los planes de estudio de la enseñanza media también por decisión de este mismo Gobierno, sirve, por ejemplo, para enseñarnos este tipo de cosas.

Cuando se destruyen los vínculos sociales que permiten la convivencia (lo que está ocurriendo ahora con la destrucción de las garantías de protección del Estado), emerge algo muy parecido a ese estado de naturaleza al que se refirió el filósofo inglés Hobbes, en el que el miedo lo preside todo. En tal caso, ¿cómo impone el Estado su autoridad? Mediante el miedo al castigo, a través de la coerción y el uso de la violencia institucionalizada. Por eso ahora el Gobierno español acaba de aprobar una ley a la que, solamente con enorme carga de hipocresía, puede llamarse de “seguridad ciudadana”, siendo como es a todas luces una ley pensada únicamente para reprimir con mano dura cualquier atisbo de protesta en un contexto económico de creciente miseria como éste en el que nos hallamos.

Los neoliberales apelan a la libertad entendida como ausencia de interferencias por parte del Estado, pero no dudan en echar mano del aparato represivo de éste cuando ello les parece necesario para silenciar con dureza toda forma de disidencia

En la dinámica que describió Hobbes, el miedo, y solamente el miedo, es el que está en el origen del poder del Estado y es el que permite, además, su continuidad. No deja de ser sintomático que el individuo occidental, liberal, consumista, despreocupado y feliz, se encuentre ahora con el muro infranqueable que le plantea un Estado autoritario, paternalista, burocratizado, cada vez más desconectado de sus necesidades, sin el cual, en cambio, no podría mantenerse un orden económico depredador basado en la competencia ilimitada y la supuesta libertad absoluta. Para que este orden no lleve a la sociedad a la guerra total, es preciso que el Estado intervenga, pero que lo haga a través de la represión constante, única forma de mantener dicho orden.

Todo ser humano tiene necesidad de formaciones sociales basadas en la cooperación. Si no es el Estado, entonces es la comunidad, es la asociación, es la familia… La necesidad de tener el apoyo de un grupo es elemental para la propia seguridad. Los neoliberales apelan a la libertad entendida como ausencia de interferencias por parte del Estado, pero paradójicamente no dudan en echar mano del aparato represivo de éste cuando ello les parece necesario para silenciar con dureza toda forma de disidencia. En consecuencia, no es que no quieran un Estado porque amen la libertad por encima de todo. Quieren un Estado, por supuesto. Pero lo quieren castigador y tiránico, al servicio de los intereses de las oligarquías, no democrático y social al servicio de la realización de una verdadera justicia.

Los neoliberales niegan al Estado legitimidad para interferir en la esfera económica, para posteriormente reconocerle esa misma legitimidad a otras instancias, de menor tamaño pero de parecido o mayor poder coercitivo, como las grandes corporaciones privadas encargadas de presionar para que se aprueben legislaciones favorables a sus propios intereses. Estas corporaciones interfieren en la esfera privada de los individuos exactamente de la misma forma que lo hace el Estado, pero con una diferencia fundamental: donde un Estado justo podría reconocer el derecho a la libertad de todos sobre la base de la igual dignidad de las personas, en el orden que los reaccionarios desean el derecho a la libertad se eleva sobre la base de la arbitrariedad. No hay criterios objetivos de preferencia para la convivencia, ni siquiera unos mínimos derechos humanos, los cuales habrán de ser pisoteados una y otra vez mientras supongan un obstáculo para lo único que de veras importa: el éxito en la obtención del beneficio.

Llegamos a la aceptación de la ley del más fuerte como verdadera ley moral. Este es el orden moral que quieren para sí y para los demás los partidarios del neoliberalismo

Como, de todas formas, la destrucción total del Estado no es posible ni deseable por el riesgo de guerra civil y mundial que ello acarrearía, lo que pasa es que se sigue defendiendo la necesidad de su existencia, pero convertido en un Estado autoritario en manos de la clase dirigente (la que posee el poder económico); un nuevo Leviatán que impondrá el terror por decreto para disuadir a todos los que osen contravenir sus leyes, leyes elaboradas para proteger los intereses de las grandes empresas energéticas, los grandes bancos, las constructoras, etc., que son quienes tienen la sartén por el mango.

Policías uniformados portando pistolas y porras son los encargados de velar por la democracia a falta de justicia social. La palabra es sustituida por la violencia. La persuasión deja paso a la mordaza. Llegamos a la aceptación de la ley del más fuerte como verdadera ley moral. Este es el orden moral que quieren para sí y para los demás los partidarios del neoliberalismo. Pero un Estado así, que sería violentísimo como decía Spinoza, no puede “perseverar en el ser” por mucho tiempo: está llamado a destruirse a sí mismo más pronto que tarde.

La propia contradicción existente en el capitalismo entre la maximización inmediata de las ganancias y el mantenimiento en el tiempo del sistema de explotación ha llevado al capitalismo a esta crisis. Dejando al mercado que actúe solo, sin regulaciones, se permite que el capitalismo en su desenfrenado proceso de incrementar utilidades termine socavando los recursos que permiten continuar a lo largo del tiempo el proceso de explotación.

Al mismo tiempo, las políticas neoliberales emprendidas desde comienzos de los años 70 han conseguido desplazar el centro de gravedad de los procesos de toma de decisiones desde los Parlamentos hasta los mercados. ¿Cómo lo han conseguido? Promoviendo la desregulación de las actividades económicas, el desarme fiscal del Estado, la privatización de bienes públicos y la constitución de enormes corporaciones transnacionales. Esto es lo que Ignacio Ramonet denominó en su día “dictadura de los mercados”: la dictadura del gran capital y de la clase que lo posee.

De sobra es sabido que los españoles son históricamente resignados, pero no sé si tanto como para aguantar que les quiten el pan, la libertad y encima les digan que todo ello es por su bien, para protegerles. ¿Para protegerles de qué, exactamente?

Es evidente que el Estado tiene que garantizar tanto los derechos civiles como los de participación política, pero eso no puede hacerlo de modo efectivo si no garantiza, además, los económicos y sociales. Garantizar el derecho a la integridad física implica que esté prohibido matar a alguien con una pistola pero también implica que a nadie se le niegue el acceso a la ración de comida diaria para sobrevivir, por ejemplo. Defender la libertad de las personas es, también, asegurar que las condiciones materiales de existencia van a ser dignas para todos, es decir, que ningún ciudadano va a verse privado del mínimo de subsistencia necesario para acometer un proyecto de vida. Solamente construyendo esas condiciones se construye una sociedad verdaderamente segura. Si los Estados no cumplen con esta obligación suya, están compeliendo a las personas a hacer uso de medios violentos para reivindicar, por justicia, lo que por medios pacíficos no se les reconoce -el respeto a sus fundamentales derechos-, como advierte explícitamente el tercer “considerando” de la solemne Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Decía Julio Anguita en una reciente entrevista que “estamos en un estado de excepción desde el punto de vista económico, social, político, moral e ideológico que puede conllevar una quiebra del propio Estado”.

La democracia española está herida de gravedad y requiere una intervención urgente. Sumidos como estamos en la corrupción generalizada, en el desempleo masivo, con unos índices de pobreza que van en aumento, con una deuda pública impagable y un Gobierno empeñado en sacrificar el bien común en el altar del Dios Mercado, las tragaderas del pueblo español tendrían que ser muy grandes para que todo esto no estalle en forma de continuadas protestas. De sobra es sabido que los españoles son históricamente resignados (la influencia del estoicismo en nuestra cultura católica es proverbial), pero no sé si tanto como para aguantar que les quiten el pan, la libertad y encima les digan que todo ello es por su bien, para protegerles. ¿Para protegerles de qué, exactamente? ¿De la odiosa manía de querer comer todos los días o de la mala costumbre de pensar por sí mismos?

La libertad necesita, y necesitará siempre, derribar cuantas injustas barreras pretendan levantar para detenerla

El admirable Mandela dijo una vez: “Deja que reine la libertad. El sol nunca se pone sobre tan glorioso logro humano”.

Podrán encerrar a las personas en la cárcel por rebelarse contra este sistema, pero nunca podrán acallar la libertad. Y esa libertad necesita, y necesitará siempre, derribar cuantas injustas barreras pretendan levantar para detenerla.

Imagen: PresidenciaRD

Editado por la Redacción: destacados e imagen

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