Domingo 25 de septiembre de 2016,
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Estambul, una ciudad entre dos mundos

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Mezquita azul

Mezquita azul

OPINIÓN / Cruzando el Estrecho de Dardanelos se llega al mar de Mármara. Su fin es el Bósforo, ese estrecho canal que une y desune dos mundos, dos continentes. La riqueza de Europa con la austeridad de Asia, la prosperidad consumada con las ansias de una vida mejor

De repente, tan pronto te adentras en Estambul, tus ojos se ven inmersos en un mundo de fantasía, de laberintos de minaretes mostrando el esplendor de sus mezquitas. Un mundo de cuentos de niñez que te hacen retroceder en el tiempo. No obstante, apenas pisar el puerto y adentrarte en sus calles, la realidad se hace presente. Los cuentos, cuentos son, y las mil y una noches se convierten en los mil y un días, días llenos de necesidades y supervivencia. Sus gentes viven el trasiego cotidiano de encontrarse a sí mismos, dejando su tiempo a merced del trabajo y el esfuerzo diario, como en cualquier ciudad del mundo.

La vida del viajero es diferente, su mundo se convierte en una búsqueda de la belleza, en una admiración de lo no cotidiano que hace de cada instante una experiencia única

La vida del viajero es diferente, su mundo se convierte en una búsqueda de la belleza, en una admiración de lo no cotidiano que hace de cada instante una experiencia única. En muchas ocasiones la belleza no sólo está en las cosas, sino en la pasión y la benevolencia con que las miras. A veces, la belleza puede ser muy subjetiva, pero sin embargo este no es el caso, pues Estambul es una ciudad preciosa. El olor a especias de sus mercados se funde con el ir y venir de sus tranvías mientras la torre de Gálata se erige como vigía improvisado de los puentes sobre el Cuerno de Oro, un precioso canal que desemboca en el majestuoso Bósforo. Sus palacios rivalizan en belleza, pero el Topkapi sobresale entre todos ellos. Sus salas, sus tesoros y jardines sobre el mar le confieren una majestuosidad incomparable.

A muy poca distancia se erige la impresionante Santa Sofía, que fue iglesia y mezquita, y que con su magnífica cúpula fue y sigue siendo motivo de admiración. Y mirando de reojo a esta se eleva la increíble Mezquita Azul, que con sus seis minaretes y sus cúpulas escalonadas le confieren tal belleza, que resulta imposible no admirarla repetidamente.

Resulta embriagador también perderse en sus mercados. Los vistosos colores de las especias se entremezclan con su peculiar olor transportándote a tiempos pasados, y en ellos puedes comprobar que el juego del regateo es un arte y que los alimentos no están apresados por esos plásticos transparentes que los envasan al vacío. El murmullo es constante y tus ojos perplejos van mirando asombrados a un lado y a otro, como si de un partido de tenis se tratara. Es la maravilla de lo nuevo, de lo desconocido, y por qué no decirlo, de lo auténtico. Estambul no es una ciudad limpia al estilo occidental, y al menos cuando yo la visité, me sorprendió cómo la gente arrojaba la basura formando grandes montones en la calle que eran recogidos manualmente ‘a pala’ por los servicios de limpieza. Sus gentes conviven en armonía con viejas tradiciones del pasado mezcladas con los últimos avances tecnológicos, por lo que es curioso ver un móvil de última generación en manos de un individuo con chilaba y barba a la antigua usanza. La conjunción de oriente y occidente es tan palpable, que la frontera imaginaria que significa el Bósforo se diluye al contactar con sus gentes.

La conjunción de oriente y occidente es tan palpable, que la frontera imaginaria que significa el Bósforo se diluye al contactar con sus gentes

Resultaría agotador contar cada rincón, cada detalle, pero sería imperdonable si no hablara del singular y cautivador Gran Bazar. Sus calles se convierten en un laberinto de tiendas y gentes. Todo se puede encontrar, desde joyas a maletas, desde juegos de té a chaquetas de piel. Sus precios suelen ser módicos, pero no importa, no tendría sentido adquirir algo sin regatear, sin experimentar esa sensación pícara que une al comprador y al vendedor.

Sería muy osado por mi parte describir cómo son sus gentes, pues los visitantes ocasionales se suelen fijar más en la forma que en el fondo. Con una estancia de días tan sólo puedes quedarte con el entorno inmediato que captan tus sentidos, y casi nunca tienes el tiempo suficiente para profundizar en su gente. No obstante, sí que capté esa mezcla de culturas. Como ya he dicho, es esa sensación de que no es sólo la ciudad la que está entre dos mundos, sino también sus gentes. Turquía es un país laico con un hondo sentir religioso. Su gobierno, al menos públicamente, trata de mantener esa separación entre religión y Estado que a menudo no sueles apreciar entre sus habitantes. Supongo que están en ese largo proceso que las sociedades occidentales vivieron hace muchos años, esa necesaria separación definitiva entre el poder civil y el religioso para conseguir así sociedades más libres y avanzadas.

Sí, Estambul está entre dos mundos, y supongo que de sus habitantes dependerá mantener ese equilibrio tan complicado que supone para cualquier sociedad avanzar, pero, no obstante, sin perder todos sus orígenes, puesto que sin duda Estambul es hoy en día todo un regalo para los sentidos.

Víctor J. Maicas es escritor

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Sobre el autor

Viajero incansable y escritor, mis novelas publicadas son “La playa de Rebeca”, “La República dependiente de Mavisaj”,“Año 2112. El mundo de Godal” y "Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad". Son, principalmente, novelas comprometidas y de crítica social. Además, he escrito artículos para la prensa escrita así como también para diferentes publicaciones digitales. En la actualidad soy miembro del Consell de Cultura de la ugt-pv y socio o colaborador de diferentes ONG’s

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