Domingo 04 de diciembre de 2016,
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Estampida mortal en Camboya

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Al menos 378 muertos y más de 700 heridos

El Gobierno apunta al pánico debido a rumores, algunos testigos hablan de cables cortados y electrocuciones

Me resulta extraño sentir tanto silencio y tristeza en un país donde las sonrisas contagian el ambiente a todas horas. En cada esquina de cada calle la misma conversación se escucha una y otra vez, mientras miles de familias se apresuran a construir improvisados altares en las puertas de sus hogares. Todos, incluso el cielo, lloran en silencio porque desde ayer Camboya está huérfana de al menos 378 seres humanos que solo querían pasar un ‘buen rato’ en una parte del mundo donde ser feliz siempre trae malas consecuencias.

Me quedé atrapado en la mitad del puente rodeado de casi mil personas durante dos horas, [mi hermana] estaba a un metro de mí, intenté ayudarla pero no pude, un cable la electrocutó y luego fue aplastada por la gente asustada

Mientras los familiares se apresuran a identificar los cadáveres foto en mano, y la televisión nacional Bayon TV muestra imágenes dantescas de cómo están arrancando con tenazas los dientes de oro a las víctimas en los hospitales, las autoridades siguen en la confusión total acerca de las causas de lo acontecido. Aunque circulan varias teorías acerca del origen, empieza a cobrar fuerza la incompetencia policial como causa principal del triste suceso. Khieu Kanharith, Ministro de Información, sugería que “los rumores previos sobre la inestabilidad del puente causaron el pánico, lo que provocó que muchos corrieran hacia la salida”, recordemos que este puente es de muy reciente construcción. “Hemos creado un subcomité de investigación para aclarar las causas del suceso. Además estamos llamando a todos los testigos para que nos cuenten lo que vieron”, Khieu afirmaba posteriormente. Mientras el Primer Ministro, Hun Sen, afirmaba que donará cinco millones de riels (unos 1.000 euros) a las familias de las víctimas y un millón a las familias de los heridos en compensación por la pérdida de sus seres queridos.

La versión oficial difiere bastante, como suele ocurrir en este tipo de tragedias, de los comentarios de algunos testigos, como Cheng Sony, quien afirmaba al Phnom Penh Post, “muchas personas se concentraban en ese momento en el puente, cuando éste comenzó a temblar y varios cables eléctricos se cortaron. Cuando la gente los tocaba, eran electrocutados”. Por supuesto, el Gobierno se ha apresurado a desmentir esta teoría y algunos doctores que examinaron los cuerpos han afirmado no encontrar evidencias de esto, noticia que difiere de lo ayer publicado en este mismo diario, donde un doctor sin identificar afirmaba que la mayoría de las víctimas presentaban símbolos claros de haber muerto electrocutados o por asfixia.

Sea cual sea la teoría, que veo difícil que al final se aclare en un país donde el deporte nacional es la corrupción policial, al menos 378 seres humanos han perdido la vida y más de 700 han sufrido heridas de diferente consideración. Las escenas en los diversos hospitales de Phnom Penh son terribles. En el hospital Calmette, cientos de personas buscan a sus familiares con la esperanza de encontrarlos vivos entre la multitud de heridos que llenan los pasillos. Otros cuentan los trágicos momentos vividos en ese maldito puente.

“Me quedé atrapado en la mitad del puente rodeado de casi mil personas durante dos horas”, cuenta Loeung, una joven cuya hermana de 24 años murió aplastada por la multitud, “estaba a un metro de mí, intenté ayudarla pero no pude, un cable la electrocutó y luego fue aplastada por la gente asustada”.

“No podíamos correr porque estaba lleno de gente, incluso había demasiada personas para que pudiéramos respirar, por eso mucha gente murió”, afirma Chan Chhai Reoun, estudiante de derecho, “perdí el conocimiento, cuando desperté me encontré en un remolque rodeado de cadáveres”. Dos de los tres amigos con los que disfrutaba de la ‘fiesta del agua’, murieron.

Un suceso que ha puesto de manifiesto la incompetencia policial, más acostumbrada a llenarse los bolsillos con multas de tráfico inexistentes o chantajes a negocios que a resolver con eficacia situaciones donde la vida de cientos de sus compatriotas pende de un hilo. La mala organización de una ciudad de dos millones de personas, que durante los tres días que dura este festival duplica el número de habitantes, es la causa principal de este triste suceso. Es incomprensible a los ojos de un occidental acostumbrado a la ‘casi’ perfección en eventos de esta magnitud, como un país como Camboya, donde casi todas las organizaciones mundiales de ‘bla bla bla’ tienen sedes y donde se prevé construir el segundo rascacielos más alto del mundo, puede no organizar con mucha mayor eficacia esta emigración temporal masiva de los campesinos hacia las ciudades de Siem Reap y Phnom Penh. Es incomprensible como si se habían preparado dos puentes para el acceso a Diamond Island, uno de entrada y a 200 metros uno de salida, la policía no impidiera el paso a aquellos que lo cruzaran en sentido contrario. Es incomprensible, muchas cosas son incomprensibles, aunque esto sigue siendo Camboya, el país de la sin razón.

Aunque mucho más incomprensible para un occidental que vive en Camboya, es el poco ruido que hacen noticias como ésta en aquellos países que siempre miran hacia el lado que más interesa. Camboya es esa hermana pobre, a la que el descubrimiento de petróleo puso en el mapa mundial hace menos de diez años. Este país no cuenta en los titulares de los noticieros occidentales al menos que haya ‘sangre’. Ayer al menos 378 vidas de seres de ojos medio achinados y que no paran de reír no fueron más importantes que las historias de Paquita y Manolita poniendo los cuernos a diestro a siniestro.

Ayer Camboya volvió a hacer ruido, y hoy muchos occidentales miran a esta parte del mundo sin saber ni incluso situar el país en el mapa. La muerte de personas pobres es la excusa de muchas personas que hoy se sienten solidarios porque unos pobrecitos camboyanos han muerto en una fiesta. Esta noche, se acostarán, pensando en el partido de Champions League del Real Madrid, y en los goles de Cristiano Ronaldo. Mañana, para muchos, Camboya solo volverá a ser la primera palabra de esa rima donde el que la escucha debe tocarte el miembro viril.

Desastres como éste pasaron, pasan y pasarán mientras la sociedad de este planeta siga poniendo ‘parches’ a un problema mucho mayor. Casi siempre son los países más necesitados los que sufren tragedias como la de ayer en Camboya, y el mundo sigue empeñado en hacer ‘oídos sordos’ a esta realidad, que no solo se ve en Camboya, sino en todos aquellos países olvidados donde vivir es ya un milagro. Sirva como ejemplo, Haití.

Mientras, en Camboya el cielo sigue llorando, y las velas de los improvisados altares ya se han extinguido, como la vida de esas 378 personas. Descansad en paz, hermanos.

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