Sábado 10 de diciembre de 2016,
Bottup.com

¿Eutanasia? Muerte y vida dignas

1 punto2 puntos3 puntos4 puntos5 puntos6 puntos7 puntos8 puntos9 puntos10 puntos (Valora el artículo)
Image
Si queremos una vida digna debemos evitar que se nos imponga una muerte indigna

¿Acaso pertenece la vida al estado, a la religión, a los políticos o la
administración sanitaria?

Opinión

Cualquier reflexión sobre “una muerte digna” -salvo que
hagamos trampas- implica una reflexión sobre la propia vida, sobre la propia
muerte y sobre nuestra concepción de la dignidad. También sobre las de nuestros
seres más queridos, ya que podemos vernos obligados a tomar determinadas
decisiones que les atañen. Por hacer trampas entendemos no comprometernos
personalmente con las preguntas, bien mediante el uso puramente formal de
argumentos racionales o bien mediante la adscripción incondicional a sistemas
de pensamiento (ideologías o religiones) que resuelvan el problema por
nosotros.

Cuando no
se sabe qué hacer en una situación que es nueva, dolorosa y en la que nunca se
ha querido pensar es posible sentirse indefenso y tender a delegar las
decisiones; o sea, se puede ser muy manipulable.

Hablar sobre la muerte nunca resulta fácil y mucho menos
decidir. Su concepto está envuelto en una malla de tabúes y prejuicios que entorpecen
el diálogo. Sabemos qué hacer con nuestros muertos y con sus deudos, pero no
cómo hablar sobre la muerte. A veces, sólo pensar en ella ya produce un temor
irracional. Un ejemplo de ello es lo que en Andalucía llamamos “repeluco”, esa
combinación de miedo y aversión que nos defiende de pensar o hablar sobre el
tema que lo provoca.

Si tenemos la suerte de que la muerte no se presente
prematuramente en nuestras vidas, “el repeluco” puede mantener su idea lejos de
nosotros durante un tiempo. No pensamos, no nos preocupamos, no decidimos, no
nos formamos una opinión, pero a cambio nos hacemos muy vulnerables. Cuando no
se sabe qué hacer en una situación que es nueva, dolorosa y en la que nunca se
ha querido pensar es posible sentirse indefenso y tender a delegar las
decisiones; o sea, se puede ser muy manipulable.

En otra época éramos candidatos a ser manipulados por la
administración religiosa (el alma pertenecía a Dios), aunque hoy es más
probable que lo seamos por la administración sanitaria (¿a quién pertenece el
cuerpo cuando ingresamos en un hospital?). Probablemente morir hoy no sea igual
en Navarra que en Andalucía, en un hospital público que en uno privado. Por
ello hay que insistir en nuestra responsabilidad individual, sólo sin la cual
podemos ser manipulados.

Otra cosa es cumplir la ley. Que nos veamos obligados
a acatar leyes y costumbres que no compartimos no significa que nos manipulen,
más bien que estamos en minoría. Pero las costumbres pueden cambiar y las leyes,
en las sociedades democráticas, también por deseo expreso de la mayoría.

 

Aunque no pensemos en la muerte, un día, como otro
cualquiera, nos visita y luego ya no deja de rondarnos. La afirmación puede
parecer tétrica, pero vida y muerte forman un binomio indisoluble por más que lo
queramos separar y olvidar. En esas visitas siempre se lleva a alguien querido
proporcionándonos la experiencia concreta de la muerte próxima y del duelo.
Cada cual vive ese proceso a su manera, pero casi todos hemos sufrido el dolor
de la separación definitiva como una amputación, hemos experimentado ese punto
en que la vida todavía se resiste a la pérdida, en el que llora aferrándose a
ella como si sufriendo pudiera retenerla, el periodo posterior en que la pena
se remansa depositándose en fibras más íntimas del corazón -o del alma, diría,
si no fuese agnóstico- y aquel en el que la ausencia se filtra a nuestro
interior dándonos la sensación de que comenzamos a dejar de ser de dentro a
fuera. El duelo nos transforma y suele enseñarnos algunas cosas sobre la vida,
quizá nos prepara para la propia muerte, aunque sobre ella es difícil saber
nada de antemano.

 

Concluido el proceso, podemos o podríamos hablar de la
muerte sin tantos prejuicios, si nos quedaran ganas.

 

Por último hay que enmarcar estas reflexiones en el contexto
de la dignidad, ya que, en su ausencia, la vida y la muerte humanas carecen de
sentido. La dignidad es lo más básico que tiene el ser humano, es el derecho
más elemental de la humanidad. No deberíamos olvidar que implica la inviolabilidad
del cuerpo, lo que excluye intervenir sobre él sin consentimiento, y de la
mente, que excluye la manipulación. Para tocar a un señor había que pedirle
permiso, no así a un siervo o a un esclavo. ¿Qué clase de democracia deseamos:
de siervos o de señores?

 

No deberíamos olvidar que la dignidad  implica la inviolabilidad
del cuerpo, lo que excluye intervenir sobre él sin consentimiento, y de la
mente, que excluye la manipulación

La dignidad se adquiere por el hecho mismo de nacer humano, pero
además podemos cultivarla y acrecentarla, también luchar por ella sin intentan
arrebatárnosla, algo que desgraciadamente también puede ocurrir en el último
tramo de nuestra vida o de la de nuestros seres queridos. ¿Cómo? Educando a los
niños y a las niñas en el respeto por ellos mismos, que implica cumplir con lo
que uno cree, con lo que uno dice -“la palabra dada”- y con lo que uno hace -“asumir
las consecuencias de los propios actos”-, eso los hace más fuertes y más dignos.
Pero no se trata sólo de enseñarles a ser buenos chicos y buenas chicas,
cumplidores y obedientes, también hay que educarlos en la rebelión y en la
resistencia justas, en impedir activamente que nadie atente contra su dignidad.
Esas cosas son las que ayudan a vivir una vida digna y a afrontar la muerte con
dignidad.

 

Si queremos una vida digna debemos evitar que se nos imponga
una muerte indigna. ¿Quién puede decidir sobre un asunto así si no es uno
mismo? ¿Acaso pertenece la vida al estado, a la religión, a los políticos o la
administración sanitaria? La ley tiene que limitarse a garantizar que cada uno
-cuando hay voluntad expresa- y su familia -cuando no la haya- decida la forma
más adecuada, más digna, de irse de este mundo y de acompañar esa partida, con
todo el asesoramiento médico, psicológico, religioso que se quiera, pero sin
sustituir a los protagonistas. Para unos consistirá en arrepentirse de sus
culpas en la intimidad o ante un sacerdote soportando estoicamente el dolor,
mientras que para otros será intentar despedirse plácidamente ahorrando
sufrimientos a uno mismo y a los demás. Ante esas decisiones sólo cabe guardar
silencio y respeto.

¿Te gustó este artículo? Compártelo

4 Comentarios

  1. Anónimo 31/01/2009 en 19:20

    Ámbito privado
    Estupendo artículo, me resitúa respecto al tema. Efectivamente es una cuestión de ámbito privado pero tanta opinión de los grupos de poder y de los opinadores impenitentes, mediáticos y no mediáticos, consiguen sacarme de mi sitio y que yo empiece a opinar también sobre cómo deben morir los demás. Y no hay más que lo que dice Alfonso. Es una cuestión de dignidad y de dignidad f

  2. Anónimo 30/01/2009 en 19:52

    Si la única muerte digna es el suicidio voluntario y no la muerte natural, y no queremos que el Estado nos convenza y obligue al suicidio, no hay que esperar la vejez o cuando perdamos facultades o nos encontremos deprimidos, pues entonces será el Estado quien nos “suicide”.

    No hay ningún problema para suicidarse en plenas condiciones, el problema es que cuando no estamos en plenas condiciones la libertad está limitada por las circunstancias y el Estado puede pensar que sería más barato que nos suicidásemos.

    En todo caso, la futura “Interrupción voluntaria de la ancianidad” será obligatoria cuando uno cueste más de lo que genera con su consumo, ya que no trabaja.

    Al final, solo los ricos llegarán a viejos. Cuando te jubiles, estés deprimido y necesites una prótesis de cadera te recomendaran que por tu dignidad, lo mejor, es la interrupción voluntaria de la ancianidad pues, tu vida no tiene sentido ni vale la pena y, además, cuesta mucho a la sociedad.

    • Anónimo 30/01/2009 en 21:44

      Qué chungo lo que dices, pero por desgracia no puedo dejar de sentir que quizá llegue el día en que lo que cuentas deje de parecer ciencia ficción… :S

  3. Anónimo 30/01/2009 en 13:18

    Dignidad
    Excelente artículo. Estoy de acuerdo en que la dignidad es la clave de todo esto. El problema, como bien apuntas, es que el tabú impide afrontar la muerte con dignidad, porque no pensamos en ella y es mucho más cómodo (como en tantos otros aspectos vitales) dejar que un sistema de pensamiento de serie, como la religión católica o incluso el ateismo desde el punto de vista marxista, decidan por nosotros. Por desgracia, la mayor parte de la gente opta por esto y claro, cuando surge alguien que prefiere construir su propia dignidad, es atacado simplemente por puro miedo.
    Saludos

Participa con tu comentario