Martes 15 de abril de 2014,
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Existir en una razón anticapitalista: orígenes de su dialéctica

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‘Anti-capitalism for sale’, ilustración de Cody Simms

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Si se trata de inyectar una dosis de moralidad al capitalismo, valdría la pena hacerlo también en la política


 


1ª PARTE




Desde los confines de la Edad Media se inicia lentamente la germinación de un nuevo método, aún sin nombre. Podríamos citar, probablemente, la justificación del capitalismo a inicios del siglo XVIII. El filósofo y médico holandés, Bernard de Mandeville (1670-1733) en su libro ‘La fábula de las abejas’(1714), desarrolla una pequeña teoría donde explica que si separamos los vicios de algunos individuos, quedándose solamente con un enjambre de abejas perfecto, el panal se empobrecerá y perecerá. Según la formulación de Mandeville, el egoísmo, la ambición y la vanidad son dinámicas dentro de una estructura económica que permiten una prosperidad colectiva.



La falla del sistema bancario radica en su doble moral: la primera la aplican rigurosamente al ciudadano y la segunda fluctúa nebulosamente al servicio del potentado

Es, probablemente, la primera piedra del fundamento capitalista. Mandeville intuye que, “los vicios particulares [contribuyen] a la felicidad pública”. ¿Especulación, corrupción, opacidad, destrucción del ecosistema? Hoy, los vicios de unos hacen sufrir a una buena parte de la sociedad en el mundo.



Décadas después, en plena efervescencia del siglo de Lumières, otro filósofo toma el relevo de los postulados de Mandeville. El escocés Adam Smith (1723-1790) entrega en su obra ‘La riqueza de las naciones’ (1776), un perfeccionamiento a lo iniciado por Mandeville. “Buscando, ante todo, su interés personal, [el individuo] trabaja a veces de una manera más eficaz que por el interés de la sociedad, como si [el individuo] hubiera realmente tenido por objetivo de trabajar. Yo nunca he visto que aquellos que aspiran, en sus empresas de comercio, a trabajar por el bien general, hayan hecho muchas causas positivas”<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–>, postuló. Smith agrega que estás acciones son conducidas por “una mano invisible para cumplir este fin”. Al propagarse la revolución industrial en el siglo XIX, está frase se acentúa como máxima para explicar así la providencia de la economía de mercado.



Moralizar un espectro



Si se trata de inyectar una dosis de moralidad al capitalismo, valdría la pena hacerlo también en la política. En ellos emerge una violenta explotación social, la gula del poder en detrimento de la vida humana, la indiferencia total del ecosistema y un desquiciado amor por el dinero.




Utilicemos este ejemplo: si para el “político” la corrupción es un método para acrecentar sus lucros de poder en la clandestinidad (violentando la vida de las personas), el modus operandi del “treader” bursátil dirige sus acciones hacia un mismo método, puesto que en su objetivo está superar las ganancias económicas (sin conocer las repercusiones sociales de su actuar) en la especulación financiera. “Sí, la violación es ilegal. La especulación es entonces una violación social”, explica el ensayista canadiense, John Ralston Saul<!–[if !supportFootnotes]–>[2]<!–[endif]–>.





Al aventurarnos un poco más en este planteamiento de la “moral”, desembocamos irremediablemente con un nuevo cotejo: se trata ahora del alto funcionario político como el magnate especulador. Ellos depositan sus riquezas en cuentas bancarias situadas, a veces, en paraísos fiscales, lejos de todo control y sin ningún problema moral. Peor aún, “el vicio particular”, como dice Mandeville, conlleva en algunos casos a buscar complicadas combinaciones que les permitan pagar lo más mínimo de impuestos, sino es que lo eluden totalmente. El costo lo paga así el resto de la sociedad mundial.


La participación del hombre no ha de ser concebida como simple objeto, sino como el verdadero sujeto del sistema económico mundial


Los impuestos, en casi todos los países en el mundo, son asegurados por las clases medias y bajas, mientras que para las altas esferas sociales son reducidas. Es así que el ciudadano común está obligado a enfrentarse al fastidioso control burocrático de los bancos, donde la moral y sus reglas son imposiciones radicales a cuenta habientes lambda. La falla del sistema bancario como financiero radica ahí, en su doble moral: ya que la primera es aplicada con rigor al ciudadano común, mientras que la segunda fluctúa nebulosamente al servicio de grandes potentados económicos que buscan, dentro del sistema financiero, un hueco donde puedan continuar perennizando sus ganancias.


Desde sus inicios, el capitalismo supo aplicar este doble lenguaje: producción-progreso, inversión-ganancia, consumo-satisfacción. Los éxitos del capitalismo van siempre acompañados de catastróficas consecuencias desde hace ya algunos siglos: casos como el de Thérèse Humbert (1856-1918) en el siglo XIX, hasta el estruendoso fraude multimillonario de Bernard Madoff en 2008.

Si para el político la corrupción es un método para lucrarse clandestinamente desde el poder, el modus operandi del financiero es el mismo
 

La actualidad de 2009 nos lo muestra: en Japón, el empresario Kazutsugi Nami desfalcó a cerca de 40 mil personas por una suma superior a mil millones de euros gracias a la creación de una moneda virtual (el “Enten”, combinación de dos ideogramas: “Yen” y “Paraíso”) además de la promesa de jugosas ganancias en sus inversiones. Más rendimientos, mayores ganancias, bonos millonarios… el precio sin precio del sistema capitalista. Todo depende de la definición que tengamos de la corrupción; “No eran pobres, lo sabe usted; no tenían entonces que ser honestos”, Joseph Conrad<!–[if !supportFootnotes]–>[3]<!–[endif]–>.




Practicar esta inmoralidad-redituable rebasa toda lógica de un intento de moral económica en el mundo. Maduremos la idea propuesta por el filósofo francés, Bernard Stiegler, sobre la instauración en el seno del capitalismo de un nuevo concepto, en donde la participación del hombre no sea concebida como simple objeto, sino como el verdadero sujeto del sistema económico mundial.




Primera parte. La segunda, próximamente.


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<!–[endif]–>

<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> Libro IV, Sistemas de economía política. Capítulo II.




<!–[if !supportFootnotes]–>[2]<!–[endif]–> John Ralston Saul, “Mort de la Globalisation”, edición Payot (2006), Pág. 272.





<!–[if !supportFootnotes]–>[3]<!–[endif]–> La Flecha de Oro (1919). Joseph Conrad (Ucrania, 1857-Inglaterra 1924).




Ilustración (cc): Cody Simms

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