Sábado 05 de abril de 2014,
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Gambia: un país desconocido

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Una de las calles de la ciudad de Brikama

Una de las calles de la ciudad de Brikama

FOTORREPORTAJE / El país de África occidental, el más pequeño del continente y origen del comercio de esclavos en siglos pasados, sorprende a lo largo de su recorrido por el río que le da su nombre

Probablemente mucha gente necesitará ayuda para poder encontrar en el mapa a este pequeño país situado en el corazón de África, pero les aseguro que si lo visitan jamás olvidarán las sensaciones que éste les hará sentir.

Tal y como me comentó uno de sus habitantes, Gambia es una democracia al estilo africano, es decir, un país en el que se celebran elecciones cada cinco años y donde siempre suele ganar el mismo (supongo que este es el tipo de democracia que a muchos líderes occidentales del primer mundo les interesa mantener).

Gambia es un país, como la mayoría del continente africano, azotado por el paro y la precariedad, pero yo distinguiría dos zonas muy diferentes: la rural y la urbana

Además, y según me comentaba otro lugareño, el presidente controla prácticamente toda la riqueza. Desde complejos turísticos a transportes, pasando por el negocio alimentario de la carne e incluso del pan y, por supuesto, la mayor parte de las gasolineras del país. Según me decía, la oposición suele ser detenida y encarcelada cuando intenta hacer algún acto reivindicativo y de protesta, y claro, para eso, cuenta con el total control y apoyo tanto de la policía como del ejército. Pero aún así, cada vez que se producen unos comicios intenta ‘convencer’ a las gentes de los poblados de que su mejor elección será votarle a él (si en dichos poblados no gana su candidatura, ya se pueden despedir de cualquier ayuda gubernamental).

Gambia es un país, como la mayoría del continente africano, azotado por el paro y la precariedad, pero yo distinguiría dos zonas muy diferentes: la rural y la urbana.

En las ciudades es en donde se puede apreciar claramente la falta de oportunidades de estas gentes que, bajo el yugo del paro, la miseria y la desprotección social por parte del Estado, optan por arriesgar sus vidas subiéndose a un cayuco en busca de un futuro más digno y esperanzado.

En el medio rural, en cambio, esa precariedad tan latente no se aprecia puesto que siguen viviendo como hace años, es decir, cultivando la tierra para su propio consumo y vendiendo los pocos excedentes de sus cosechas para conseguir algunos bienes de consumo. Eso sí, la gran mayoría de los poblados no cuentan con electricidad y es gracias a las ONG que muchos de estos poblados cuenten con un pozo común para así no tener que desplazarse diariamente muchos kilómetros en busca de tan preciado e imprescindible líquido elemento.

Así pues, como comprenderán, la vida cotidiana de estas gentes del campo consiste en aprovisionarse de agua cada día y, también, en ir diariamente al mercado para conseguir los alimentos con los que pasar la jornada (la ausencia de luz eléctrica provoca que los alimentos se tengan que consumir diariamente al no poder conservarse en frigoríficos).

Sus gentes siempre les recibirán con un trato cordial y ofreciéndoles, lógicamente, sus servicios para intentar ganarse unas monedas

Por lo tanto, es la agricultura y la pesca la base principal de su economía, aunque en los últimos años el turismo está tomando cada vez más fuerza. Una actividad que, bien llevada y controlada, puede reportar a los habitantes de este país una inyección económica que sin duda necesitan.

Y en este sentido, y para todos aquellos que les guste visitar lugares sin sobreexplotar, les recomiendo sin duda este destino, pues ni sus paisajes ni el calor y la amabilidad de sus gentes les defraudarán lo más mínimo.

Sus gentes siempre les recibirán con un trato cordial y ofreciéndoles, lógicamente, sus servicios para intentar ganarse unas monedas, pero si ellos advierten que lo que les ofrecen no tiene para ustedes algún mínimo interés, son ellos mismos los que muy amablemente le responderán con un sincero “no pasa nada”, frase que parece que haya aprendido todo aquel que se dedica a ofrecer sus productos a los escasos turistas que visitan el país.

En cuanto a los paisajes, podrán contemplar desde manglares vírgenes a poblados incrustados en plena naturaleza, pero si lo que desean es ver el día a día de estas gentes, no tienen más que visitar sus mercados en donde el color y la vistosidad de lo que allí observarán colmará, sin lugar a dudas, todas sus expectativas. Eso sí, en algunos mercados comoel de Serekunda, el cual les recomiendo visitar, han de tener presente que muchos alimentos parece que sean de color negro por el efecto de las moscas, las cuales estoy convencido que en dicho lugar superan a los humanos en una proporción de al menos cien a uno (pero tranquilos, en este caso concreto estos insectos prefieren posarse sobre los alimentos y no sobre la piel humana, hecho que lógicamente puedo corroborar). ¡Ah!, y a pesar de que vuelvo a repetir que es muy recomendable su visita, deberían abstenerse todos aquellos que cuentan con un olfato excesivamente delicado.

Por cierto, acerca de la autenticidad y no sobreexplotación turística de Gambia les diré simplemente que cuando visité el interior de este país, en las instalaciones hoteleras en donde me alojé algunas noches éramos tan sólo cinco huéspedes por al menos veinte empleados que pude llegar a contar. Y en cuanto a la calidad de las mismas no tienen nada que temer pues, al menos en las que yo me hospedé, no tienen nada que envidiar a las del viejo continente.

En cuanto a los paisajes, podrán contemplar desde manglares vírgenes a poblados incrustados en plena naturaleza, pero si lo que desean es ver el día a día de estas gentes, no tienen más que visitar sus mercados

Y ya para terminar, me gustaría resaltar algo que difícilmente encontrarán en el llamado primer mundo, y es la expresiva y maravillosa sonrisa de sus niños. En este sentido, y por poner un ejemplo, recuerdo que esto sólo me llamó la atención hace muchos años cuando llevé a mi hija por primera vez a Euro Disney, pero claro, aquello por desgracia tan sólo era consecuencia de una fantasía artificial que acababa tan pronto se salía de aquel complejo de cuento de hadas. Pero la sonrisa de los niños que vi en Gambia pertenece a la vida real. No obstante, hay que aclarar que esto lo vi en los niños del mundo rural, pues por desgracia algunos de los que viven en las ciudades ya se dedican, a pesar de su corta edad, a vender mangos, cacahuetes o cualquier otra cosa que pueda aliviar la precaria economía de sus familias.

Pero como les decía, los niños del campo viven al menos con sus necesidades básicas cubiertas, hecho que les hace disfrutar de una infancia serena y tranquila junto a otros niños de su edad. No tienen lujosos juguetes, ni consolas, ni videojuegos, pero en cambio disfrutan del mejor de los regalos: jugar entre ellos y disfrutar de la amistad del resto de niños. Una botella vacía, una lata o un simple globo era suficiente para reunir a docenas de niños en un mismo juego. También recuerdo sus incansables risas mientras intentaban aferrarse a mi brazo para, supongo, experimentar qué se sentía al tocar la carne tan blanca de aquel tipo que acababa de llegar a su poblado. Mientras unos me pedían que les hiciese una foto, los otros se dedicaban a jugar con una armonía y naturalidad entre ellos que raras veces he visto últimamente en nuestra industrializada sociedad. Corrían, saltaban e incluso en ocasiones los más pequeños se peleaban entre ellos, pero en un abrir y cerrar de ojos, alguno de los niños más mayores ponía paz de inmediato y de nuevo volvían los juegos entre risas y carcajadas.

Me gustaría resaltar algo que difícilmente encontrarán en el llamado primer mundo, y es la expresiva y maravillosa sonrisa de sus niños

No, no quiero decir con esto que los niños del primer mundo no sean felices. Pero sí les puedo asegurar que muy probablemente sea una felicidad contenida, como enlatada. Nuestros niños disfrutan de una seguridad y comodidades que aquellos no tienen, pero sin embargo las risas espontáneas y expresivas que vi en los niños gambianos nada tienen que ver con esa especie de risa enlatada que cualquier niño del primer mundo puede sentir en la soledad de su habitación, frente a una máquina. No, viendo jugar a unos y otros, estoy convencido que no se puede comparar en absoluto la amistad de una máquina con la de otro ser humano, y para eso, no hay más que ver la vivacidad en la expresión de unos y otros.

Así pues, si se deciden a visitar Gambia fíjense en las esperanzadas y expresivas sonrisas de los niños y niñas de este país, al menos de los que viven en el ambiente rural. Lo malo, claro está, es que la mayor parte de ellos, cuando crezcan y abandonen la inocencia de la infancia, estarán abocados muy probablemente a un futuro incierto de necesidad y precariedad provocada, casi con toda seguridad, por detestables y avariciosos mandatarios a los que los países del llamado primer mundo parece que apoyen sin ningún tipo de rubor.

Víctor J. Maicas es escritor

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Editado por la Redacción: subtítulo

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Sobre el autor

Viajero incansable y escritor, mis novelas publicadas son “La playa de Rebeca”, “La República dependiente de Mavisaj”,“Año 2112. El mundo de Godal” y "Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad". Son, principalmente, novelas comprometidas y de crítica social. Además, he escrito artículos para la prensa escrita así como también para diferentes publicaciones digitales. En la actualidad soy miembro del Consell de Cultura de la ugt-pv y socio o colaborador de diferentes ONG’s

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